22 de junio 2026 - 19:22

Marcelo Katz, director de "Vaca Muerta": "El teatro puede abrir preguntas que ningún titular puede abrir"

“Vaca Muerta”, de Marcelo Katz y Checho Castrillón, se presenta los sábados a las 19 en el Teatro Del Pueblo. La obra se sumerge en las lógicas del poder, el extractivismo y la devastación contemporánea, entre ceremonias oficiales, directorios petroleros, corrupción, guerras y delirios de grandeza.

Vaca muerta recurre a la figura del bufón en este mundo que se devora a sí mismo. 

"Vaca muerta" recurre a la figura del bufón en este mundo que se devora a sí mismo. 

“Vivimos en una época saturada de información. El teatro ofrece algo distinto: la posibilidad de compartir una experiencia humana en tiempo real. Y cuando esa experiencia es potente, puede abrir preguntas que ninguna red social ni ningún titular pueden abrir. No creo que estemos condenados a la destrucción pero sí creo que tenemos una enorme capacidad para repetir errores. Y en Argentina, por eso escuchamos un monólogo de Tato y parece que fue de anoche”, dice Marcelo Katz, autor y director junto a Checho Castrillón de “Vaca Muerta”, que se presenta los sábados a las 19 en el Teatro Del Pueblo, Lavalle 3636.

Con actuaciones de Carolina Hardoy, Charly Arzulian, Florencia Boasso, Luciana Maquez, Micaela Pane y Sandra Rojas, la obra se sumerge en las lógicas del poder, el extractivismo y la devastación contemporánea. Entre ceremonias oficiales, directorios petroleros, corrupción, guerras y delirios de grandeza, “Vaca Muerta” avanza hacia un paisaje devastado. Conversamos con Katz.

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Periodista: ¿Cómo juega la figura del bufón en este mundo que se devora a sí mismo?

Marcelo Katz: El bufón tiene una ventaja extraordinaria: puede decir aquello que los demás no pueden decir. Habita los márgenes, y desde ahí observa los mecanismos del poder con una libertad que otros personajes no tienen. Nos interesa porque no habla desde una superioridad moral. El bufón se ríe de los poderosos, pero también de sí mismo. En Vaca Muerta los bufones son criaturas desmesuradas, ridículas y feroces. Son una caricatura que nos espeja y nos devuelve algo reconocible: nos estamos haciendo daño.

P.: ¿Qué hay de esta sociedad que festeja mientras se derrumba? ¿Qué podés decir del universo deformado que buscan reflejar?

M.K.: La obra parte de una sensación de disociación enfermiza, entre el poder y la gente común: la capacidad de celebrar incluso aquello que nos está destruyendo. Vivimos rodeados de discursos triunfalistas, promesas de salvación y relatos de progreso mientras se profundizan desigualdades, violencias y deterioros de todo tipo. El universo de la obra es grotesco porque la realidad muchas veces ya es grotesca. Nosotros simplemente llevamos algunas lógicas hasta sus últimas consecuencias. El bufón toma las manchas que nos salpican como sociedad, les pone la lupa y las vuelve visibles. Nos interesa que el público se ría mucho, reconozca el aparato dañino de la pseudo democracia en la que vivimos, y también nos interesa que por momentos también reconozca algo de sí mismo en esa fiesta delirante.

P.: ¿Por qué quisieron meterse con el yacimiento Vaca Muerta y los negocios turbios, la ambición y los delirios de progreso? ¿Se lo puede vincular con la última ley de glaciares por la que lucharon tanto las organizaciones medioambientales?

M.K.: Vaca Muerta nos interesó menos como lugar geográfico que como símbolo. Es una especie de promesa argentina permanente: la idea de que hay una riqueza extraordinaria que finalmente nos va a salvar. A lo largo de nuestra historia hemos tenido muchas versiones de ese relato. Alguien o algo que nos va a salvar. Y ahí vamos, barranca abajo con nuestros antiguos salvadores nadando en guita. Vaca Muerta no busca intervenir sobre una ley específica ni convertirse en un tratado ambientalista. Pero sí dialoga con preguntas que atraviesan estos debates: qué estamos dispuestos a sacrificar en nombre del crecimiento, quién se beneficia realmente de ciertas decisiones y cómo se construyen los relatos de progreso. Nos interesó ese territorio donde se mezclan dinero, poder, recursos naturales, patriotismo, oportunismo y fantasías de grandeza. Ahí aparece un material profundamente argentino, y profundamente teatral.

P.: Se valen del lenguaje centrado en la teatralidad física intensa. ¿Qué aporta lo desfachatado y el desborde del relato?

M.K.: El bufón es un lenguaje excesivo. Funciona muy bien para hablar del poder, el desastre ecológico, la codicia o la violencia, porque ahí el realismo se queda corto. Hay algo de esos mecanismos que se entiende mejor a través de la bestialidad, del cuerpo deforme, del grito y del ridículo. Además, el desborde genera una experiencia muy física para el espectador. No buscamos que la obra sea solamente comprendida intelectualmente. Queremos que se sienta. Que produzca risa, incomodidad, sorpresa. El cuerpo tiene una capacidad de percepción y recepción que a veces olvidamos.

P.: Dicen que no hay bajada de línea partidaria y que prima la risa como campo de batalla, pero sabemos que todo discurso tiene sus subjetividades ¿qué podés decir?

M.K: Por supuesto que hay una mirada. Todo acto artístico la tiene. Lo que intentamos evitar es la simplificación. No creemos que los problemas argentinos hayan comenzado con este Gobierno ni con el anterior ni con el anterior. La obra mira una forma de ejercer el poder que atraviesa distintas épocas y distintos signos políticos. Una lógica donde la ambición, la construcción de enemigos, la concentración de privilegios y la fascinación por el dinero suelen ocupar más espacio que el bien común. Dicho esto, es imposible que una obra estrenada hoy no dialogue con el presente. Venimos de décadas de desencuentros y de mala política, pero sentimos que estamos atravesando un momento especialmente dañino. Hay una naturalización de la agresión, una desvalorización de la empatía, del diálogo, de la cultura, de la educación, de la ciencia, de la producción y del pensamiento crítico que nos inquieta profundamente. Y si bien ya conocíamos la lógica de la provocación permanente y de la construcción de enemigos, hoy aparecen de una forma más explícita, más celebrada y más extrema. En ese sentido, algunas zonas de Vaca Muerta inevitablemente dialogan con el presente. De todos modos, la obra no busca decirle al público qué pensar ni ofrecer respuestas cerradas. El bufón trabaja mejor con preguntas que con consignas. La risa es nuestra herramienta porque baja defensas. A veces uno puede pensar cosas muy incómodas justamente en el momento en que se está riendo.

P.: Solés combinar teatro físico, proyecciones, música, en este caso clásica, coreografías y una fuerte construcción visual. ¿Cómo buscás la experiencia rítmica y disruptiva para despabilar al espectador?

M.K.: Me interesa mucho trabajar el teatro como una experiencia sensorial integral. No pienso la puesta solamente desde el texto. Pienso en ritmos, contrastes, imágenes, silencios, música, movimiento y composición visual. En Vaca Muerta conviven la música clásica, la estética del bufón, las proyecciones y el trabajo corporal porque todos esos elementos ayudan a construir un universo que está permanentemente mutando. Me gusta que el espectador no se acomode demasiado, que tenga que reconfigurar su mirada varias veces durante la función. La interrupción y la sorpresa son formas de mantener viva la atención.

P.: ¿Sentís que el público sigue buscando asistir a obras incómodas para seguir pensando en que se tiende a la destrucción y la guerra como forma natural de existencia?

M.K.: Creo que sí. De hecho, pienso que las necesita más que nunca. Vivimos en una época saturada de información, opiniones y consignas. El teatro ofrece algo distinto: la posibilidad de compartir una experiencia humana en tiempo real. Y cuando esa experiencia es potente, puede abrir preguntas que ninguna red social ni ningún titular pueden abrir. No creo que el ser humano esté condenado a la destrucción como destino inevitable. Pero sí creo que tiene una enorme capacidad para repetir sus errores, y en Argentina, lo vemos muy clarito una y otra vez. Por eso escuchamos un monólogo de Tato y parece que fue de anoche. El teatro no cambia el mundo, pero puede ayudarnos a mirar esos mecanismos desde otro lugar. Si logramos que alguien ría, que alegrón! Y si además, ve algo distinto, o sale pensando, alegrón alegrísimo.

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