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4 de septiembre 2007 - 00:00

Un penoso recuerdo de la familia Vainikoff

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Luis Vainikoff, hijo del legendario distribuidor y dueño del cine Cosmos Argentino Lamas Vainikoff, fundador de Artkino (la distribuidora argentina que hizo conocer en el país, entre otros, a Eisenstein y Bergman), tiene una dolorosa relación con la historia del «Petiso Orejudo». Una de las hermanas de su padre, llamada Reina Bonita, fue una de las primeras víctimas del criminal. Así recuerda ante este diario la historia:

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Periodista: ¿Cómo se hablaba en su familia de este caso?

Luis Vainikoff: Usted no me lo va a creer, pero yo me enteré hace no más de 10 ó 15 años, cuando mi padre ya había pasado los 80. Fue un tema que se habló recién cuando éramos todos grandes. Y surgió de casualidad, cuando un historiador de asuntos policiales que iba a editar un libro sobre el Petiso Orejudo llamó a casa para entrevistar a mi padre, a ver qué le podía contar. Le costó muchísimo aceptar esa entrevista. Ni siquiera se animaba a hablar de ese tema. Nosotros nos enteramos, y mi hermana empezó a hacerle preguntas. Hasta entonces, lo único que sabíamos era que teníamos una tía enterrada en el cementerio de Liniers, nada más.

P.: Pero su padre habló.

L.V.: Sí, recién entonces, y pudo ir con mi hermana a ver la tumba, que todavía está. Mi padre era menor que ella. Eran diez hermanos, incluyendo dos mellizos que murieron en una peste de viruela, y Reina Bonita, la nena que el Petiso Orejudo quemó viva. Luego de eso, al poco tiempo murieron mis abuelos, uno detrás de otro, y entonces los parientes se hicieron cargo de los siete hermanos restantes. A papá lo llevaron a Entre Ríos. Recién muchos años después los hermanos se empezaron a ver de nuevo, cuando ya eran todos grandes. Nosotros íbamos también a esas reuniones familiares, y nunca escuchamos siquiera la menor mención a ese hecho. Era un tema que lo tenían apartado totalmente. Es más. Mi padre nunca se mostró siquiera obsesionado por protegernos de los peligros de la calle, ni tampoco nos insistía que cuidáramos a nuestros hijos, como hacen otros abuelos. Nosotros crecimos sin miedo.

P.: ¿Hubo algo más después del libro?

L.V.:
Se hizo una obra teatral sobre Godino.

El músico de esa obra es un primo, Sergio Vainikoff, que vendría a ser sobrino nieto de la finadita. Al director de «El niño de barro» lo conozco. Se quedó impresionado al enterarse de nuestro apellido, porque justo venía de Ushuaia, había visitado el penal, y estaba leyendo esa historia. ¿Qué vamos a hacer? La vida sigue, por encima de todo. El abuelo se vino de Rusia con su hermano y un bebé en 1890, sin saber una palabra de español, y aquí hizo de todo para tener y mantener su familia, que, ya le dije, era de diez hijos. Para mantenerlos, probó muchos oficios, y tuvo suerte en el último, como zapatero inventor de la media suela. Por lo menos puso unos avisos, presentándose como el inventor de la media suela, y le fue bien. Cuando se cansaba de poner medias suelas, se tomaba el tren, se bajaba en Villa Soldati, en Villa Lugano, donde fuera, y se compraba un terrenito. En uno de esos es donde tenemos ahora nuestro depósito de películas.

P.S.

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