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23 de febrero 2007 - 00:00

Veronese aborda con humor mitos y clichés del teatro

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Buenos intérpretes animan una obra en la que Daniel Veronese vuelve a reflexionar sobre los riesgos de la actividad creadora y cómo entregarse a ella sin sacrificar privacidad y salud mental, entre otras cosas.
«Teatro para pájaros» Libro y Dir.: D. Veronese. Int.: D. Gentile, L. López Moyano, L. Delgado, L. Saggese, M. Figó y P. Barrientos. Ilum.: G. Córdova. (Teatro del Pueblo.)

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Las preocupaciones que obsesionan a los protagonistas de «Teatro para pájaros» tienen que ver con esa creencia, tal vez errónea, acerca de que la pulsión creadora es un regalo del cielo que con sólo poseerla lo convierte todo en oro. Truman Capote lo expresó de manera implacable en su prólogo de «Música para camaleones»: «Cuando Dios le entrega a uno un don, también le da un látigo; y el látigo es únicamente para flagelarse».

Las protagonistas de la nueva pieza de Veronese son tres parejas ligadas al ambiente teatral que comparten una noche algo desquiciada en el departamento de una de ellas. El grupo incluye a dos hermanos y a la ex mujer del dueño de casa, ahora casada con otro de los amigos presentes. Abundan las discusiones en torno al teatro, la vida y el amor; las peripecias sentimentales; alguna que otra fantasía robada al cine italiano y varias experiencias descabelladas (el portero muerto en la vereda, la mujer que se perdió en la selva misionera durante tres días) que le dan a la trama un acelerado vaivén entre presente y pasado, realidad y ficción, como ese extraño suceso ocurrido en San Pablo, que va circulando por toda la obra, en forma de sueño, relato y de guión dramático hasta rebotar en el aquí y ahora de su verdadera protagonista.

«Teatro para pájaros» exige cierta concentración para poder captar todas sus vueltas de tuerca y autorreferencias; pero se disfruta a un ritmo de comedia alocada en donde todo está expuesto con gran vitalidad y sentido del humor.

También hay lugar para la emoción, como cuando Gloria, una actriz muy torturada que cita todo el tiempo a la poeta Emily Dickinson (muy buen trabajo de Laura López Moyano) polemiza con un irritante productor teatral, a cargo de Leonardo Saggese. Todas las situaciones son muy creíbles y abordan con humor los mitos, ideales y clichés que dominan el circuito teatral. Por otra parte, se hace aún más evidentela fuerte identificación del dramaturgo y director con ciertos postulados chejovianos. Primero adaptó «Tres hermanas» («Un hombre que se ahoga»), luego «Tío Vania» («Espía a una mujer que se mata»). No es que ahora haya reescrito «La gaviota», pero se podría aventurar que algunos temas de ese gran texto de Chejov revolotean sobre este «Teatro para pájaros». Salvando las diferencias de época, estilo y procedimientos teatrales, ambos autores reflexionan sobre los riesgos de la actividad creadora y se preguntan cómo entregarse a ella sin sacrificar la vida privada, la salud mental y la capacidad de amar.

Veronese, además de plantear una ética del artista, insiste en la importancia de no hacer concesiones, ni caer en las trampas del éxito y el fracaso. Todo dicho con humor, mucho juego actoral y una intriga bastante tramposa. Cada intérprete le aporta a su personaje un alto grado de desesperación y eso ayuda a que arraiguen en la memoria del espectador con mucha más fuerza que las situaciones que los involucran.

A nivel actoral, Paola Barrientos es la que más sorprende por sus múltiples recursos. Nadie diría que está actuando cuando compone a la verborrágica Teresa; mientras que Diego Gentile, su marido en la ficción, le brinda un particular encanto a ese buenazo, torpe y conciliador, quele tocó en suerte. También el resto de los intérpretes se lucen en sus roles. Por eso cuesta creer que en sucesivas funciones van a intercambiar personajes, como prometió Veronese.

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