La relación de la protagonista con su hijo (ya adulto) está impregnada de altas dosis de cinismo y crueldad. Lo que en realidad la sostiene es una mutua dependencia de la que ambos disfrutan de manera algo perversa. Aún mediando entre ellos la donación de un órgano (de la que se están recuperando) son incapaces de sentir la más mínima piedad y respeto por el otro. La madre maldice ese trasplante porque sospecha que su hijo (el donante) se valdrá de ese hecho para someterla a su poder. Y el hijo le responde con la misma moneda. La ferocidad de ambos transgrede todos los límites y esto hace que sus discusiones terminen resultando ridículas.
Esta supuesta lucha a muerte entre madre e hijo se ve atenuada por la presencia de una doctora, de aspecto muy extraño, cuyas reflexiones y parlamentos dan cuenta de un grado de delirio aún mayor que el de sus pacientes. Más que doctora parece una simple enfermera oficiando de acompañante terapéutica, pero ella también carga con una historia familiar bastante tumultosa que evoca, de a ratos perdidos, descuidando la atención de sus tareas. Lo único que le interesa es espiar por la ventana los escarceos sexuales de un grupo de desconocidos, actividad que comparte con la dueña de casa. El absurdo sobrevuela todas las situaciones subrayando la comicidad de estos personajes que parecen flotar en el espacio sin una historia precisa que articule los diversos recuerdos y conflictos que exponen en sus diálogos.
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