9 de marzo 2006 - 00:00

Woody Allen explora con genio el drama pasional

Jonathan Rhys Meyers y Scarlett Johansson en «Match Point»: sorpresivo Woody Allen conun drama pasional, policial y operístico.
Jonathan Rhys Meyers y Scarlett Johansson en «Match Point»: sorpresivo Woody Allen con un drama pasional, policial y operístico.
«Match Point» (id., Gran Bretaña-EE.UU., 2005; habl. en inglés). Dir.: W. Allen. Int.: J. Rhys Meyers, S. Johansson, M. Goode, E. Mortimer, P. Wilton y otros.

A los setenta años, Woody Allen abrió con «Match Point» una nueva exploración en su cine. Se mudó de Nueva York a Londres, cambió el jazz por la ópera, se abstuvo de incluir un solo chiste, se evitó como actor y tampoco incluyó una réplica de su habitual personaje, y hasta modificó su técnica narrativa al punto de volverla, casi, irreconocible.

Sin embargo, la estrategia formal no es más que un ardid: en el fondo de «Match Point» sobrevive, como siempre, esa misma mirada triste y sabia de un artista que eligió el humor como defensa ante la angustia, y cuya enorme admiración por el drama, más una autoconciencia de sus límites quizá demasiado represiva, lo llevaron a intentarlo sólo en contadas ocasiones, y no con la mayor fortuna («Interiores», «La otra mujer», «Septiembre»). En esa dirección, «Match Point» es el mejor de sus dramas, sostenido además por una base policial y hasta con algunos matices hitchcockianos (lo que ayudará a sumarle un público mucho más amplio que el incondicional de sus seguidores, quienes le perdonaron inclusive algunas de sus últimas películas, como «La vida y nada más»).

El nuevo film, desde su presentación en Cannes el año pasado, suele recibir, entre otros elogios, uno dudosamente halagüeño: se ha dicho que «no parece una película de Woody Allen», como si ahora, una vez que se atrevió a romper con el cascarón neurótico de Manhattan, se le diera la bienvenida a la auténtica casa del cine, como si se le agradeciera haber sentado cabeza y dejado de lado las habituales referencias al judaísmo y el psicoanálisis en la marea de sus obsesivas réplicas brillantes (agradecimiento que pasa por alto el hecho de que ninguna película suya es igual a la anterior). Hay algo de cierto en esto: «Match Point» es la obra menos atada a su estilo, donde más despega de sus costumbres, pero sin que por ello contradiga su propio mundo. Al contrario. La película, algo más de dos horas de tenso drama de suspenso, amor, celos y sangre, podrá ser vista con enorme placer por público menos acostumbrado a su estilo, y por sus seguidores como una magnífica variación de su obra maestra «Crímenes y pecados», a la que más se asemeja.

Cuanto menos se conozca del argumento de «Match Point» antes de verla, mucho mejor; básicamente, es la historia de un arribista, Chris (Jonathan Rhys Meyers), irlandés de clase baja que llegó a ser figura del tenis -aunque nunca número uno-, y que más tarde, ya establecido en Londres, trabaja como instructor de aficionados en un club exclusivo.

Su empleo lo lleva a conocer a Tom (Matthew Goode), hijo de una familia de clase alta, y a través de él a su hermana Chloe (Emily Mortimer), que se enamora pronto del descastado. Chris le corresponde, pero parece más enamorado de la idea de llegar a pertenecer a la aristocracia que de la muchacha, cuya única obsesión es ser madre lo antes posible. En una de las primeras fiestas en la casa de campo, Chris se cruza con la novia de Tom, la vanidosa norteamericana Nola (Scarlett Johansson), otra descastada como él: punto de partida del drama, en un crescendo que no cesa y que Allen, con un pulso narrativo realmente infrecuente en su obra, mantiene en alto toda la película.

Una pelota de tenis, en la escena inicial, se eleva después de haber rozado la red y queda congelada en el aire, equidistante de ambos campos:
«La gente se resiste a aceptar cuánto en la vida depende de tener suerte. Da miedo darse cuenta de que hay infinidad de cosas que no podemos controlar. Por una fracción de segundo, no se sabe si la pelota va a caer de este lado o del otro. Con un poco de suerte, cae de aquel lado y ganas, o bien cae de este lado, y pierdes».

Allen
, viejo embustero, ha dicho que el azar es el tema de «Match Point», pero tal vez ni él lo crea. Por el contrario, el tema parece ser la imposibilidad de que ese golpe de fortuna, o de desgracia, sea capaz de torcer un destino, o de modificar radicalmente la forma de prisión que cada uno se eligió o le fue predestinada. Si Woody Allen creyera realmente en el azar, sería un optimista. Nada más lejos de él.

Como en
«Crímenes y pecados», el autor que sobrevuela esta película, y más explícitamente aun, es Dostoievsky, de una forma más amarga y agnóstica. En aquel film estaba presente la mirada de Dios; en éste, no hay otra mirada externa que la de la policía (torpe y ciega, como en Hitchcock), dejando al hombre librado a su propia culpa, forjándose la cárcel que eligió.

Finalmente, la ópera: así como no hay chistes, tampoco está ahora la zumbona alegría del viejo jazz.
Enrico Caruso y otros, directamente levantados de los discos de pasta y con todos sus ruidos, le imprimen a las escenas más sensibles del film el inapelable dramatismo de Verdi (en especial, el de «Otelo» y «Macbeth»), la ligereza lírica de Donizetti («Una furtiva lacrima»), y la malsana melancolía de «Mi par d'udir ancora», que utiliza dos veces en la película: la más hermosa y triste de las arias de Georges Bizet que a Woody Allen, al igual que los cielos encapotados de Londres, ha de haberlo hecho sentir tan a gusto.

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