Memoria activa 2001 (parte 28)

Después de la crisis de 2001, la "reanimación de la vida cívica a través de movilizaciones populares y ciudadanas", significó "politización en un sentido social", afirmando la voluntad popular como fuente de decisión.

La expansión de la democracia, que destaca Heidrich como característica de la sociedad civil durante el período de Duhalde, y su nuevo impulso compuesto por una gran competencia política y la “reanimación de la vida cívica a través de movilizaciones populares y ciudadanas”, significó “politización en un sentido social”, afirmando la voluntad popular como fuente de decisión (Cheresky, 2007, pág. 19). Implicó también la incorporación de nuevos agentes en la vida política, más cercanos a la ciudadanía y en algunos casos a los grupos antes excluidos. Como destaca Cheresky, una parte central de la nueva etapa fue el abandono -sobre todo, en su dimensión discursiva y hasta estética- del “estereotipo elitista de los mandatarios y representantes”(Cheresky, 2007, pág. 20).

El poder había cambiado de manos, o eso parecía, y había que enfatizar ese punto. La nueva tendencia era una ola de reversión de las políticas neoliberales de los noventa, de las que el gobierno de De la Rúa había sido el capítulo final, en todos los sentidos. Y con este final venía aparejada la necesidad de llevar a cabo políticas de justicia social, aumentando a tal efecto la intervención estatal. Aunque existen diferencias en las formas que toma el proceso, en cómo se lleva a cabo y en los grupos sociales que tienen mayor presencia, dentro de los países latinoamericanos, lo común fue “la extensión de la ciudadanía” (Cheresky, 2007, pág. 21). La evolución de la democracia en América Latina, sin embargo, estuvo abierta a posibilidades y hay que tener en cuenta que posee grandes debilidades, institucionales y sociales, enfrentando el “desafío de ampliar su base de sustentación: el marco republicano que asegure el ejercicio de los derechos, y el acceso a bienes sociales que constituyen el umbral de la condición ciudadana”.

Aunque ha habido reformas significativas y se han interpretado, muchas veces, éstas reformas y a sus protagonistas como parte de un giro a la izquierda esto último es un tema abierto a debate. La identificación con la izquierda presenta discusiones porque implica asignarles un determinado significado a una palabra plagada de connotaciones. Otra discusión es la del populismo, aunque algunos autores consideran que lo ocurrido en América del Sur del siglo XXI es un conjunto de acontecimientos inéditos, que como tales merecen nuevos conceptos; en todo caso, lo común en su origen fue una serie de cambios, de resistencias a las reformas neoliberales, que se convirtieron en fuente de legitimidad del poder, y en el “principal canal de la repolitización” (Cheresky, 2007, pág. 24). Este proceso generó alternativas, ganó importancia electoral y dinamizó la escena política, haciendo progresar a la democracia. Emergió una “conciencia pública” que fue parte de la “desconfianza y malestar ciudadano con el poder permanente”, lo que da cuenta del carácter mixto del régimen político y de las “bases permanentes de conflictividad”, generadas en torno y especialmente por la coexistencia de lógicas de “igualdad y de privilegio” (Cheresky, 2007, pág. 31).

Concretamente, en Argentina tras la crisis política y económica del 2001 fue un estallido social cuya discontinuidad institucional fue un punto de inflexión política. El malestar se expresó en forma potente, y parecía dirigirse al conjunto de la “clase política” (“que se vayan todos”). La crisis de legitimidad terminó de resolverse con la popularidad de Néstor Kirchner desde su llegada accidentada a la presidencia, y se vio revalidada por las elecciones de 2005, en las que el kirchnerismo se impone cómodamente en casi todo el país; ese triunfo le permitirá a Kirchner “emanciparse” de las condiciones iniciales de su llegada, que fue el apoyo tutelado de Duhalde, y comenzó una nueva etapa de liderazgo presidencial en Argentina, en los términos descritos de Pérez Liñán.

Para todos esos gobiernos, sin embargo, la gobernabilidad ha sido un desafío y un dilema. Para afirmarse, los gobiernos deben poder ofrecer resultados. Crecimiento económico y resultados sociales. Las “coyunturas críticas” han proporcionado, en algunos casos, “la oportunidad de sobrepasar vetos y obstáculos” (Novaro, 2002, pág. 1). Las crisis dan una posibilidad, aunque no aseguran la inexistencia de trabas y barreras, ni que lo conseguido cuente con lo necesario para lograr la gobernabilidad. La Alianza UCR – Frepaso fue un ejemplo de fracaso “en conformar un núcleo de gobernabilidad para sostenerse en el poder” (Novaro, 2002, pág. 2), incluso en una coyuntura como la mencionada, que brindaba oportunidades. ¿Por qué Menem y Kirchner pudieron, y De la Rúa fracasó?

Según los autores que se centran en las dinámicas de coalición, el problema fue que eran fuerzas bien diferenciadas. El Frepaso, coalición a su vez, compuesta por más de un centro político, de tono progresista y moderno, “de rechazo a la estructura política tradicional, con las limitaciones propias de grupos desestructurados y más informales”; y la Unión Cívica Radical, partido tradicional, “estructurado y bien institucionalizado” que había constituido, especialmente luego del pacto de Olivos, nuevos liderazgos, impulsando también un tono progresista, aunque le era más difícil, por sus características institucionales, fijar una línea en torno a ello; sin embargo, ambos observaban y eran capaces de canalizar al electorado en torno a la crítica del Gobierno de turno, y ambos recibían “el mismo voto opositor” (Novaro, 2002, pág. 10), lo que más adelante sería la razón y la oportunidad de unión. Con la intención de abarcar una mayor proporción del electorado, se concretó en 1997.

Durante la campaña presidencial, la Alianza continuó con la estrategia de diferenciación respecto del menemismo en el problema de la corrupción; y aunque se presentaron también otros temas, hubo obstáculos importantes a la hora de definir un perfil estimulando un muy difuso y genérico centrismo, tiñendo la campaña de un “tono insustancial y desapasionado” (Novaro, 2002, pág. 17).

En lo que refiere a De la Rúa, avanzó con sus “preferencias programáticas”, tomó mayor peso y obtuvo una gran “autonomía presidencial”, pero no construyó lazos “más sólidos con la estructura partidaria y la coalición”, sembrando, a pesar de la mediación de Carlos “Chacho” Álvarez, algunos de los conflictos más graves que tendría con sus “bases de apoyo” (Novaro, 2002, pág. 18), las que iban a ser sumamente necesarias una vez que tuviera que enfrentar las dificultades del país, que iban más allá de lo que él y sus aliados esperaban. “El lapso que va de la elección a la puesta en marcha de la gestión, estuvo signado por la reelaboración bajo presión de las tenues iniciativas de cambio y por una compleja búsqueda de acomodamiento”, lo que circunscribió al gobierno a la falta de “dinamismo”, “y que a poco de andar se agudizaran los conflictos nunca del todo resueltos”. “Gobernar como coalición…, resolver una fórmula de acuerdo con el peronismo…, incorporar nuevos aliados, y su propia interna, sería ya demasiado” (Novaro, 2002, pág. 19).

Así las cosas, para el 2000, con un debate respecto al modelo económico menos moderado, con alternativas más extremas en el haber, y conflictos entre el Ejecutivo, la coalición y dentro de ésta, se aceleró aún más la desconfianza. A lo que se agregó que “las crecientes demandas sociales que, combinadas con la persistencia de los desequilibrios fiscales”, que reforzaron ideas de moderación y falta de respuestas más profundas. La “moderación y la prudencia resultaron ineficaz para frenar el agravamiento de la situación, y en la fuga constante de adhesiones” (Novaro, 2002, pág. 26). El colapso, tal como se explicó en los artículos anteriores, provendría de la propia desarticulación de la coalición.

En este marco, tras la caída de De la Rúa y la transición comandada por Eduardo Duhalde, el kirchnerismo surgió como resultante de todas estas experiencias aprendidas. Uno de los enfoques de investigación de la presidencia de De la Rúa es el kirchnerismo como dinámica de diferenciación. Ello afectó, naturalmente, a las relaciones futuras entre política y tecnocracia: el “gobierno de los economistas” había caído en descrédito social. Continuará mañana.

(*) Profesor de Posgrado UBA y Maestrías en universidades privadas. Máster en Política Económica Internacional, Doctor en Ciencia Política, autor de 6 libros. @Pablo

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