11 de enero 2024 - 00:00

Hayao Miyazaki, maestro de la animación, con otra obra maestra

El niño y la garza. Otro prodigio artístico del cineasta japonés.
El niño y la garza. Otro prodigio artístico del cineasta japonés.

“Sería una desventura que el arte cinematográfico pereciera bajo un exceso de interpretaciones y de análisis”, alertaba Jorge Luis Borges en un pequeño texto escrito para el Festival de Cine de Mar del Plata 1960 (viejos, hermosos tiempos), donde proponía algo simplemente hermoso: “Gocemos el puro espectáculo cinematográfico y dejemos que éste se desenvuelva, en lo posible, con la frescura y con la orgánica y sagrada inocencia de un sueño”.

Conviene tener en cuenta este amable consejo, si se quiere gozar sin distracciones de “El niño y la garza”, la nueva y fascinante película del maestro Hayao Miyazaki. Casi todo es un prodigio de rica fantasía, hermosos colores y cuidada animación, donde se combinan recursos actuales y modos antiguos (aún predomina el dibujo a mano), ilustrando las aventuras y desventuras de un niño entre dos mundos, con una música que a veces, con solo un par de notas en el piano, llega a perturbar. Y aparece todo lo propio, lo típico del cine de Miyazaki, incluyendo centenares de criaturitas simpáticas, redonditas, una combinación de imaginerías japonesas e inglesas, viejitas caricaturescas, con lunares, desproporcionadas, conocedoras, y un viaje de crecimiento por lugares maravillosos –y peligrosos.

En algunos movimientos, y en unos pocos momentos, se nota, eso sí, la presencia de nuevos animadores, todavía sin la mano de los viejos maestros. Ya no está, por ejemplo, Nizó Yamamoto, el paisajista que pintaba las nubes de un modo único, artista tan imprescindible como Gabriel Figueroa, que filmaba como nadie las nubes de las películas del Indio Fernández. Y Miyazaki también se está despidiendo, pero, como ya se despidió otras veces, su público espera que todavía no se vaya. No importa la edad.

Quizás “El niño y la garza” no sea su última obra, su testamento, pero es el envoltorio de una linda metáfora sobre la vida humana, algo que se completa con la canción de los títulos finales. La película comienza de modo realista. Son los primeros años de la guerra y a lo lejos se incendia el hospital donde está la madre del niño protagonista. Vemos un callado desfile de tullidos, viudas y huérfanos, y otro de tanques. El padre es ingeniero aeronáutico de una fábrica militarizada, trasladada al campo. Allí está su cuñada, convertida en su nueva pareja, que espera un bebé. Y es en el campo, con sus bosques y misterios, donde empiezan a manifestarse las cosas más extrañas. Pronto se impone lo fantástico, impulsado por una garza que tanto puede ser majestuosa como ridícula, cuando queda a mitad de camino entre animal y humano. Y tanto puede ser perversa como buena, igual que alguna gente. Es en esa aventura por una especie de mundo paralelo, donde el niño irá encontrando las formas alternas de entender la familia, las pérdidas, las obligaciones, los cambios. De eso trata “El niño y la garza”, y aunque uno no entienda todo lo que pasa, no hay que analizarla demasiado. Como “El viaje de Chihiro”, se la disfruta como un sueño, sin necesidad de entenderla del todo como una enseñanza (pero quizás algunos niños la entiendan más rápido que sus padres).

“El niño y la garza” (Kimitachi wa do ikiru ka, Japón., 2023). Dir.: H. Miyazaki. Animación.

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