Néstor Kirchner quiere anunciar en su discurso del 1 de marzo al Congreso el inicio de vuelos entre Buenos Aires y Malvinas de compañías aéreas argentinas. La inclusión en su mensaje se mantiene en secreto en el gobierno. El Presidente quiere mostrar con ese golpe de efecto un triunfo de la política exterior de su gobierno. Triunfo que no pudo conseguir Carlos Menem con su estrategia de seducción. Habrá 4 vuelos, de los cuales dos comenzarán cuando se inaugure en las islas el monumento a los caídos en combate.
Esto lo acordaron el martes pasado Rafael Bielsa y el vicecanciller británico, Bill Rammell, una forma de descomprimir la complicada relación de las dos naciones, especial-mente desde la llegada de la administración Kirchner. Ahora resta satisfacer condiciones no menores. Por un lado, el respaldo o no de los kelpers a este acuerdo que, a pesar de las expresiones del canciller argentino -«no me interesa la opinión de esos 3.000 súbditos británicos»-, gravitan a la hora de las decisiones. Se supone que los fondos generados por el futuro negocio les despertará la tentación a los isleños, quienes hoy padecen objeciones desde Londres por los enormes subsidios que reciben. Aun así, esta gente (¿los del Sur deben de ser todos así?) estaba para la pelea y había amenazado a la Argentina con conceder futuros permisos de pesca por 25 años -cuando hoy sólo lo hace por 365 días- como represalia por el impedimento argentino de noviembre.
Otra cuestión a resolver es la forma en que ingresarán en Malvinas los ministros argentinos -al menos, ellos- que visiten las islas con ocasión del estreno del monumento (aún sin fecha). Bielsa y José Pampuro ya han dicho que no aceptarán que los británicos les sellen el pasaporte en el aeropuerto y quizás, como alternativa, ingresen con una tarjeta blanca como si estuvieran de «tránsito». La lectura final del pacto será, para la Argentina, una conquista diplomática (o soberana) y, para Gran Bretaña, una concesión humanitaria para los familiares de los caídos en las islas en 1982. En rigor, ambos esconden otra realidad: se afanan por el incesante fluido turístico de la zona, ventaja económica hoy en desarrollo por el ida y vuelta de charters aéreos y cruceros. En suma, se trata de un negocio.
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