Crianza en CABA: pantallas, agotamiento y falta de apoyo, los principales problemas que enfrentan las familias

Un estudio del Gobierno porteño y la Universidad Austral analizó cómo viven la crianza las familias con chicos de 0 a 5 años. Los dispositivos aparecen como un recurso para “sobrevivir” a la rutina, pero también como una fuente de culpa, ansiedad y conflictos. La desigualdad en las redes de apoyo profundiza las diferencias.

Uno de los principales hallazgos está relacionado con el uso de dispositivos tecnológicos, fuente de contradicciones, preocupaciones y sentimientos de culpa en todos los niveles socioeconómicos.

Uno de los principales hallazgos está relacionado con el uso de dispositivos tecnológicos, fuente de contradicciones, preocupaciones y sentimientos de culpa en todos los niveles socioeconómicos.

Criar a un hijo pequeño se convirtió en una tarea atravesada por múltiples tensiones: trabajo, tareas domésticas, falta de tiempo, cansancio y dificultades para establecer límites. A ese escenario se sumó en los últimos años un nuevo desafío: cómo administrar el uso de celulares, tablets y otras pantallas durante la primera infancia.

Un estudio realizado por el Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires y la Universidad Austral buscó conocer cómo viven esas situaciones las familias porteñas y encontró que, detrás de la discusión sobre las pantallas, aparece un problema más amplio: la dificultad para sostener la crianza cotidiana cuando el tiempo, el descanso y las redes de apoyo son insuficientes.

La investigación, denominada Estrategias y recursos en las prácticas de cuidado y crianza de niños y niñas en la primera infancia: un estudio cualitativo en la Ciudad de Buenos Aires, se realizó entre agosto de 2025 y marzo de 2026 y se basó en 10 grupos focales con 78 personas responsables del cuidado de niños de entre 0 y 5 años. El estudio tuvo un enfoque cualitativo y analizó las experiencias de familias pertenecientes a distintos estratos socioeconómicos.

Pantallas: entre la culpa y la necesidad

El uso de dispositivos tecnológicos aparece como uno de los principales focos de tensión. El informe detectó que las familias tienen posiciones diversas: algunas intentan restringir las pantallas por preocupación por sus efectos, mientras que otras las utilizan como una herramienta concreta para resolver situaciones cotidianas.

La contradicción es permanente. Los padres conocen las recomendaciones sobre limitar el uso de dispositivos, pero al mismo tiempo necesitan encontrar una forma de cocinar, limpiar, trabajar o simplemente disponer de unos minutos de descanso.

Debo confesar que yo de a ratitos pongo YouTube; es mi salvación”, contó una de las madres que participó de la investigación.

El informe señala que esta tensión genera sentimientos de culpa y puede intensificar el estrés, particularmente entre quienes concentran la responsabilidad cotidiana del cuidado.

Además, las familias no perciben todas las pantallas de la misma manera. La televisión aparece en distintos testimonios asociada a momentos compartidos y a recuerdos positivos de la infancia. El celular y la tablet, en cambio, son vinculados con un consumo más individual y fragmentado.

Los videos cortos generan especial preocupación. Algunos participantes los relacionaron con ansiedad, dificultades para sostener la espera y alteraciones en las rutinas. También surgió el temor por los contenidos a los que pueden acceder los chicos a partir de las recomendaciones automáticas de los algoritmos.

Así, el debate que aparece en los grupos focales no es solamente “pantallas sí” o “pantallas no”. También involucra qué dispositivo se utiliza, qué contenidos se consumen y qué lugar ocupan en la vida cotidiana.

La red de apoyo marca la diferencia

Si bien las pantallas atraviesan a las familias de todos los sectores, el estudio encontró una diferencia mucho más marcada en otro aspecto: quién ayuda a cuidar a los chicos.

Los abuelos aparecen como una de las principales fuentes de apoyo. En los testimonios son valorados por su disponibilidad para cuidar a los nietos, llevarlos de un lugar a otro o cubrir momentos en los que los padres necesitan trabajar.

Pero esa red está lejos de ser igual para todas las familias. En el estrato socioeconómico bajo, casi la mitad de las personas participantes manifestó no tener a nadie más que las ayude con el cuidado, mientras que un número similar cuenta solamente con una persona adicional. En el estrato medio pleno, en cambio, las familias cuentan habitualmente con dos, tres o más personas que colaboran.

La diferencia tiene consecuencias concretas. Cuando existe una red familiar amplia, el cuidado puede repartirse entre padres, abuelos, niñeras u otras personas. Cuando esa red no existe, buena parte de la responsabilidad queda concentrada en uno de los adultos, principalmente en la madre.

Las madres dedican casi el doble de tiempo al cuidado

La desigual distribución de las tareas también aparece reflejada en los datos de uso del tiempo incluidos en el informe. Según información del Observatorio de Desarrollo Humano basada en la Encuesta de Usos del Tiempo de la Ciudad, las mujeres que viven en hogares con niños, niñas y adolescentes de 0 a 5 años dedican en promedio 6 horas y 50 minutos diarios al cuidado, mientras que los varones destinan 3 horas y 32 minutos.

La diferencia no se limita a las tareas concretas. Las madres aparecen también como las principales responsables de organizar las rutinas, establecer normas y ocuparse del bienestar emocional de los hijos.

Por eso, el informe plantea que la sobrecarga no puede explicarse solamente como un problema individual de administración del tiempo, sino que está relacionada con una distribución desigual de las responsabilidades dentro de los hogares.

Cansancio y “colapso del autocuidado”

El cansancio aparece como uno de los grandes denominadores comunes entre las familias. La falta de descanso, la sobrecarga de tareas y la dificultad para disponer de tiempo personal generan agotamiento en todos los estratos socioeconómicos. El estudio identifica este fenómeno como un “colapso del autocuidado”.

Sin embargo, también existen diferencias según el nivel socioeconómico. En los sectores de mayores recursos, el autocuidado puede incluir actividad física, terapia, encuentros con amigos o momentos de ocio. En los sectores más vulnerables puede reducirse a necesidades básicas: dormir, bañarse sin interrupciones o simplemente tener unos minutos de tranquilidad.

En varios testimonios, además, aparece la importancia de poder hablar con otra persona sobre las dificultades de la crianza. Las maestras y otras figuras cercanas pueden convertirse en espacios de contención para madres que tienen pocas oportunidades de compartir sus preocupaciones.

Cuando cuidar también condiciona el trabajo

La falta de redes tiene además consecuencias sobre la organización laboral de las familias. El estudio registra casos de madres que trabajan desde sus propias casas —en comercios o emprendimientos instalados en la vivienda— para poder mantener a sus hijos cerca. También aparecen situaciones en las que los chicos acompañan a sus madres al lugar de trabajo.

De esta manera, las condiciones económicas terminan influyendo sobre las estrategias de crianza. En un hogar con recursos y una red amplia, una pantalla puede ser utilizada ocasionalmente para entretener a un chico. En una familia sin ayuda, puede convertirse en una herramienta necesaria para que el adulto pueda trabajar o realizar tareas básicas.

Qué reclaman las familias al Estado

El informe también detectó una brecha entre los recursos públicos disponibles y el conocimiento que tienen las familias sobre ellos. Los participantes señalaron que buena parte de la oferta vinculada con la primera infancia —espacios de juego, acompañamiento y dispositivos comunitarios— resulta poco visible o llega principalmente a través del “boca a boca”, redes sociales y contactos personales.

Entre las propuestas surgidas aparecen talleres de orientación familiar, espacios de cuidado en hospitales y centros de salud, mayor difusión de herramientas sobre desarrollo infantil y puesta de límites y juegotecas supervisadas.

Las prioridades también cambian según el nivel socioeconómico. En los sectores medios plenos aparecen pedidos de capacitación para regular las pantallas y una mayor participación de los padres varones. En los sectores medios bajos se destacan las dificultades para acceder a servicios de salud, mientras que en los hogares de menores recursos aparecen como prioridades el fortalecimiento de los dispositivos de primera infancia, las actividades culturales y recreativas y la seguridad de plazas y parques.

La respuesta de la Ciudad

El Gobierno porteño ya implementó distintas medidas vinculadas con el uso de dispositivos. Entre ellas se encuentran las Aulas Libres de Celulares, que restringen el uso de teléfonos inteligentes y otros dispositivos digitales personales durante el horario de clases, y las Salas Libres de Pantallas en espacios de primera infancia para chicos de 0 a 3 años.

También funciona el Compromiso Familiar por chicos sin celulares, dentro de la plataforma Escuela en Familia, mediante el cual las familias pueden establecer acuerdos comunes sobre el uso de dispositivos.

A esto se suman las 18 Juegotecas Barriales, destinadas al juego y la socialización, además de iniciativas de prevención de apuestas online y consumos problemáticos.

Durante la presentación del estudio, el ministro de Desarrollo Humano y Hábitat porteño, Gabriel Mraida, destacó que el objetivo es desarrollar políticas basadas en evidencia y conocer las preocupaciones que existen dentro de los hogares.

“Trabajamos en la Ciudad de hoy, mirando siempre la Ciudad del futuro: eso es lo que permite el crecimiento de cada familia y de la Ciudad en su conjunto. Tenemos la responsabilidad de atender la emergencia. Y, al mismo tiempo, la responsabilidad de escuchar las conversaciones y las preocupaciones de las familias. Eso es lo que venimos haciendo con el uso de pantallas: dar respuestas basadas en evidencia, entender qué está pasando puertas adentro de cada casa para acompañar a cada familia en sus necesidades específicas", afirmó Mraida.

Desde la Universidad Austral, Dolores Dimier de Vicente, decana del Instituto de Ciencias para la Familia, señaló que varias de los participantes solicitaron mayor formación sobre los efectos de los dispositivos, las pautas para regular su uso y herramientas concretas para aplicar esas recomendaciones.

“Varias de las personas participantes señalaron la necesidad de recibir mayor formación y orientación sobre los efectos del uso de dispositivos, las pautas que conviene aplicar y el modo concreto de hacerlo", explicó y agregó: "También destacaron el valor de la orientación familiar para llevar esas pautas a la práctica y plantearon que la legislación acompañe la regulación de los dispositivos en el ámbito escolar. Cuando hablaron de fortalecer las redes, se refirieron también a la necesidad de construir consensos entre grupos de pares”.

El estudio deja así una conclusión que va más allá del debate sobre el celular. La crianza no depende solamente de las decisiones individuales de madres y padres. También está condicionada por el tiempo disponible, el trabajo, los recursos económicos, las redes familiares y las políticas públicas.

En ese contexto, la pantalla puede ser una fuente de preocupación. Pero también puede convertirse en el recurso al que recurren las familias cuando ya no queda ningún otro adulto disponible para ayudar.

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