El fallecimiento de Bernardo Neustadt: murió un argentino que no estaba del lado de los argentinos kirchneristas

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Hombre de batallas cotidianas; 83 años de batallas cotidianas. Renovadas, continuas. Así murió como escribía el periodista Bernardo Neustadt, breve y plácidamente, con frases cortas -con la obvia intencionalidad de imponerlas-, casi sin despedirse porque hace muchos años que se despedía (recordar la época en que rogaba un permiso celestial para que lo dejaran ver la llegada del siglo XXI). A pesar de tanta preparación, tal vez no imaginó partir ese sábado, en el aniversario de su profesión, jornada ideal para alguien como él de la TV y la radio que asocia, para cierta historia, nombre con fecha o fecha con nombre. Se fue crítico, vital, aunque sin arrogarse jamás más argentinidad que otros, aunque hubo momentos de antaño en que el éxito pudo nublarlo. Vale la cita porque hay ejemplos ahora de esa pretenciosa usurpación. Aun a quienes lo conocían, Neustadt sorprendía por esa pasión para decir a través del periodismo. Siempre tuvo algo que decir, propio o ajeno, equivocado o no, en una actividad en la que tan poco se dice. O, lo que se dice y publica no merece un recordatorio. Ni tiempo se permitía para el humor, la distracción, tampoco el ocio -aunque hace menos de una década prometía volverse hedonista-, casi vivía con una enfermedad perpetua: la de hurgar en otros información, ideas, convocando en ese menester a multitud de desayunos, almuerzos, entrevistas y, por supuesto, tenaces llamadas telefónicas. Siempre preguntando, cosechando para sus batallas cotidianas solo con la palabra, oral o escrita. Para, luego, florecer instantáneo, fanáticamente instantáneo, sin preocuparse de que esa actitud le construiría un archivo personal cargado de contradicciones. Esas mismas que le han permitido regodearse a todos aquellos que viven de lo que otros hacen, parásitos frente a los que suelen consumar actos. Y no es solamente un negocio para ellos: es su forma onanista de vida.

Testigo y partícipe de los últimos 60 años, Neustadt a su modo comparte con Jacobo Timerman, Julio Ramos y Héctor Ricardo García una combinación de periodismo y sentido empresario. O viceversa. Más sanguíneo, innovador, aceptando las vanguardias en su trabajo, se comprometió tan personalmente con lo que pensaba que hace pocos días debió suspender (no por su deseo) la presentación de un libro porque lo amenazaron junto a los organizadores del evento. A los 83 años seguía provocando la discusión, lo que demostró en las columnas publicadas desde hace dos años en este diario -adonde volvió mientras padecía en un desierto de postergación por el solo hecho de decir que el Estado era un mal administrador-, desafiante, más a cargo de sí mismo sobre el sentido de la libertad. Partió sin ver ganar a Racing, su otra obsesión dolorosa, contento por haber aprendido y cambiado con los años, sin ira siquiera frente a los que tanto lo copiaron sin pagar el derecho de autor. Por el contrario, hasta se cargaron de odio por haberlo hecho.

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