Jerrold M. Post, «The Psychological Assessment of Political Leaders.» With profiles of Bill Clinton and Saddam Hussein. Ann Arbor: Michigan University Press, 2003; 488 p.
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El editor de esta compilación de artículos y autor de algunos de ellos llama la atención tanto como el libro. Es el psiquiatra Jerrold Post, en cuya tarjeta de presentación figura hoy el sobrio título de director del Programa de Psicología Política de la George Washington University. Sin embargo, Post tiene antecedentes más sugestivos: fue durante 21 años el titular del Centro para el Análisis de la Personalidad y de la Conducta Política de la CIA, que él mismo fundó.
El trabajo de Post y sus colaboradores está pensado para distintos públicos. Su primera sección interesará más a los expertos en Ciencias Políticas y Relaciones Internacionales. Allí se exponen, con ayuda de Stephen Walker y David Winker, las principales cuestiones, discusiones metodológicas, hitos bibliográficos, límites y alcances del campo de saber en el que este ex analista de inteligencia se ha destacado: el de las relaciones entre la psicología y la política. Dos capítulos organizan este apartado inicial: la historia de la investigación académica sobre el análisis psicológico del liderazgo político y un informe sobre los servicios que esa disciplina puede prestar a la tarea de gobierno.
Tal vez el apartado más curioso para el público no especializado sea el tercero y último. Allí varios autores (Mark Shafer, Stanley Renshon, David Winter, Walter Weintraub, Margaret Hermann, Philip Tetlock, Peter Suedfeld y Michael Young), bajo la batuta de Post, realizan dos «aplicaciones» del conocimiento que antes sistematizaron. La primera es una radiografía de la personalidad de William Jefferson Clinton en relación con sus decisiones, motivaciones y discurso. El segundo «caso» sobre el que posan su lupa estos psiquiatras y cientistas políticos para desentrañar los mismos interrogantes es nada menos que Saddam Hussein.
La segunda sección del libro intermedia entre las otras dos. Tal vez no tenga para el psicólogo o el analista político el interés profesional de la primera. Y acaso carezca del encanto que tiene para los legos la inmersión en el laberinto de personalidades muy atractivas y complejas, como las de Clinton y Saddam. Ese apartado, sin embargo, posee otro interés, seguramente más instrumental: ofrece una tipología con la cual clasificar a grandes rasgos los distintos tipos de personalidad en relación con el ejercicio del poder y la conducción del entorno.
Como toda tipología, la de Post simplifica, borra peculiaridades y, por lo tanto, ofrece una visión sinóptica de las figuras políticas. Pero esas limitaciones son las que, precisamente, le permiten al autor capturar algunos rasgos o tendencias que suelen presentarse reiteradamente ante quienes observan el comportamiento de los políticos.
Este académico y experto de la CIA cubre de acotaciones y advertencias el camino que lleva hacia su caracterización psicológica de los liderazgos. Primero, aclara que el modo en que influye en el proceso político una determinada estructura de personalidad depende sobre todo del sistema que le sirve de contexto: «Hay una profunda diferencia sobre cuánto la personalidad afectará la conducta política entre un líder funcionando en un sistema de liderazgo colectivo y un dictador funcionando en un sistema cerrado», advierte Post, por ejemplo. Hay otros factores que obligan a ajustar la clasificación: van desde el nivel de inteligencia hasta la cantidad de horas de trabajo, el consumo de alcohol o drogas, o la misma edad, que va caricaturizando a los personajes a medida que pasa el tiempo (pp. 78 y 79). También aclara Post que los grandes desórdenes de personalidad, como las personalidades evasivas, dependientes o esquizoides, no son consistentes con el mantenimiento del liderazgo político. Finalmente, se cuida de indicar que ningún hombre político cumple con sólo uno de los identikit que él construye en su libro pero que siempre existe uno que es preponderante.
Una vez salvadas estas peculiaridades, Post abre el abanico de su clasificación, en el que expone los tres grandes tipos en que suelen distribuirse los líderes políticos: los narcisistas, los obsesivo-compulsivos y los paranoicos. El autor relaciona estas tres personalidades con las creencias cognitivas, el estilo para procesar información, las propensiones de organización y las preferencias políticas de los líderes.
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