En primera persona: cómo fue el Operativo Cóndor y la recuperación simbólica de Malvinas

Información General

Hace 55 años un grupo de jóvenes peronistas secuestró un avión de pasajeros y lo aterrizó en la capital isleña. Mano a mano con Ámbito, Norberto Karasiewicz, uno de sus protagonistas, relata esa experiencia histórica.

Buenos Aires se vestía de gala. Corría septiembre de 1966 y una visita real acaparaba la atención: Felipe de Edimburgo llegaba al país por tercera vez. El Príncipe Consorte británico no lo hacía en misión oficial, sino como presidente de la Federación Ecuestre Internacional, para participar del Campeonato Mundial de Hipismo. Era, en efecto, un lujo para el dictador Juan Carlos Onganía, quien hace apenas tres meses había derrocado a Arturo Illia, instaurando un nuevo gobierno de facto.

Lejos del jolgorio y la pomposidad impostada, de las marchas militares y los uniformes, Dardo Cabo y otros 17 jóvenes surcaban el cielo patagónico en el vuelo AR-648 de Aerolíneas Argentinas. Ese miércoles 28 los diarios hablaban de una "nueva ofensiva de paz" en Vietnam. A primera hora de la mañana, Cabo y los suyos irrumpieron a punta de pistola en la cabina del DC-4 con una orden clara: poner rumbo uno cero cinco. El destino, las Islas Malvinas. Atrás quedaban Santa Cruz, el continente y un régimen que amanecía sin sospechar la bienvenida plebeya que un puñado de militantes había planificado minuciosamente para el enviado de la Corona. El Operativo Cóndor estaba en marcha.

55 años después de esa hazaña realizada por la reafirmación de los derechos sobre Malvinas y las Islas del Atlántico Sur -reconocidos por la ONU en 1965-, y en el marco de la lucha de la resistencia peronista contra la proscripción, Norberto Karasiewicz, uno de los cóndores, atiende el llamado de Ámbito desde su casa en Vicente López. "Cualquier cosa que sea por la causa Malvinas, cuenten conmigo", dice, antes de meterse de lleno en esa epopeya que fue reivindicada por el Estado en 2012.

1.jpg
Dardo Cabo y María Cristina Verrier.

Dardo Cabo y María Cristina Verrier.

Reunir a los muchachos

En 1966, Karasiewicz era un joven obrero de la UOM. Con apenas veinte años, vivía en Villa Pueyrredón y participaba activamente de la resistencia peronista, nacida bajo las bombas del golpe de 1955. Edelmiro Navarro, compañero de militancia y del operativo, fue quien lo acercó a Dardo Cabo, ideólogo del plan. Enseguida pusieron manos a la obra. "Nos llevó bastante tiempo hasta reunir a los muchachos. Hicimos como un retiro espiritual, por si alguno quería desistir. Ahí nos repartimos las tareas e hicimos inteligencia previa sobre el lugar donde aterrizar y las distintas alternativas", cuenta.

Pese al temor por tamaña empresa, el metalúrgico no dudaba: "Estábamos tan pero tan seguros de lo que íbamos a hacer, que solamente pensábamos en el rol de cada uno. Yo me encomendé a Dios y a la Virgen y les pedí que me protegieran. Eso me dio un escudo para hacer lo que debía". La mayoría del grupo integraba el Movimiento Nueva Argentina (MNA), que provenía del nacionalismo católico referenciado en Perón. En la repartida de tareas, Karasiewicz fue ungido con un papel clave: tomar prisioneros.

Los cóndores abordaron el avión en Aeroparque como pasajeros normales que viajaban a Río Gallegos. Sus bolsos, a diferencia del resto, no llevaban ropa sino armas; pistolas y fusiles que estaban descargados, pero que igual sirvieron. Una vez ubicados, descubrieron algo: junto a ellos viajaba el contralmirante José María Guzmán, gobernador de facto del territorio de Tierra del Fuego, Antártida e Islas del Atlántico Sur. El vuelo todavía no había despegado y las sorpresas ya estaban a la orden del día.

Fue con los primeros rayos del sol cayendo a plomo sobre la Bahía de San Julián que Cabo y Alejandro Giovenco, su lugarteniente, le "acercaron" a la tripulación la nueva hoja de ruta. Ya no había retorno: tanto Cabo como su novia -la periodista María Cristina Verrier-, Karasiewicz y el resto del comando habían secuestrado un avión de pasajeros y torcido su rumbo. A lo lejos, las figuras de la Isla Soledad y de la Gran Malvina se recortaban bajo el manto de neblina.

Operativo Cóndor.jpg

Contacto en Malvinas

"El avión tuvo que dar varias vueltas porque no encontraba el lugar para aterrizar. Las nubes estaban bajas. Después de un rato, encontró un hueco y se mandó. Aterrizó perfecto. Al ver un DC-4 de Aerolíneas, que no era usual, los pobladores se empezaron a acercar con curiosidad. Cuando bajamos, sin ningún tipo de inconvenientes, tomamos prisioneras a las personas que teníamos que tomar, para neutralizar un posterior ataque de ellos. Eso nos permitió cumplir con todas las fases y no tener una batalla", explica Karasiewicz. La nave quedó apostada en una rudimentaria pista de carreras de caballos.

Por aquel entonces, Malvinas no fungía como el puesto de avanzada de la OTAN que es hoy, post guerra. Apenas era un enclave colonial menor, que contaba con una guarnición ordinaria de soldados británicos y mercenarios. Una vez en tierra, los cóndores desplegaron las siete banderas argentinas que habían llevado, cantaron el Himno Nacional y rebautizaron a la capital isleña como Puerto Rivero, en homenaje a Antonio Rivero, el gaucho que en 1833, apenas consumada la ocupación, lideró un levantamiento contra las autoridades reales. También le ofrecieron el mando al contralmirante Guzmán, quien declinó el convite tratándolos de "locos" y "terroristas", según narra el entrevistado.

Usando el avión como búnker, el Operativo Cóndor emitió un comunicado con la ayuda de otro de los pasajeros estrella: el periodista Héctor Ricardo García. Cabo lo había seducido con la excusa de que algo importante iba a pasar. Era un manjar para aquel hombre de noticias. El mensaje fue captado por el radioaficionado Anthony Hardy y retransmitido a Tierra del Fuego, Santa Cruz y Chubut. Pronto Buenos Aires y el resto del mundo sabrían lo que ocurría en las Islas. Para Karasiewicz, la presencia del fundador de Crónica y la celeridad para difundir los hechos fueron clave para evitar que el onganiato los fusilara. Se habían garantizado la cobertura mediática.

Tras desplegar los emblemas patrios y lanzar una proclama en reafirmación de la soberanía, los objetivos estaban cumplidos y sin bajas. El siguiente paso no era menor: había que salir con vida. Para ello, acudieron al párroco local, el holandés Rodolfo Roer, quien ofició como mediador con los británicos. Cosmo Haskard, el gobernador inglés, no estaba en las islas al momento de los hechos, por eso el poder lo ejercía Leslie Charles Gleadell, el tesorero de Malvinas.

Operativo Cóndor.jpg

"Al otro día, ya se había puesto muy tenso el problema. El comandante del avión y Roer nos pidieron que no tensemos más la situación, que el mundo ya sabía del operativo, que no había por qué derramar ningún tipo de sangre. Le entregamos las armas al comandante del avión y no al gobernador, al que no reconocimos, porque se había ido con los ingleses, y, después de 36 horas, liberamos a los rehenes. Uno era el jefe de los Boinas Verdes, un capitán belga que había estado en Biafra y en el Congo. También estaban el alcalde y el jefe de Policía", relata el militante.

Pero lejos de amainar, la situación escaló: "Les dijimos que no íbamos a agredir a nadie, que habíamos cumplido la misión y que se quedaran tranquilos. Enseguida montaron todas las ametralladoras antiaéreas alrededor del avión, pusieron reflectores. Montaron un operativo con los pobladores, porque todos están armados allá. Nos pidieron la rendición por los altavoces y amenazaban con bombardear el avión".

Regreso, persecución y redención

Finalmente, luego de varios intentos, la negociación llegó a buen puerto. Los pasajeros habían sido liberados y alojados en casas particulares. Los cóndores, en tanto, consiguieron un salvoconducto hacia la iglesia. Desde allí serían trasladados al buque ARA Buen Suceso (hundido años más tarde en el Conflicto del Atlántico Sur), que había partido desde el continente para buscarlos. En la nave viajaban un juez, policías y casi 300 infantes de Marina. "Guzmán tampoco dio la orden para que el buque entrara y desembarcara a los infantes. Eso también nos dio bronca; era un cobarde. Nos trasladaron a una lancha carbonera, pero el clima impidió que podamos subir. Fuimos a la iglesia y, cuando mejoró el tiempo, volvimos a la lancha y ahí llegamos", dice Karasiewicz.

Agotados, lograron trepar por una soga a la cubierta sin que ninguno cayera al agua helada. Los marinos los recibieron como héroes. Al correrse el rumor del regreso, una multitud clamorosa, entre vecinos, curiosos y periodistas, se apelotonó en el puerto fueguino. Por eso, las autoridades militares ordenaron que el buque atracara en la madrugada, hecho que ocurrió el día 3 de octubre. Tras su llegada, la dictadura envió al grupo al viejo penal Ushuaia, ya devenido en Museo, donde empezaron una huelga de hambre, hasta que los trasladaron a la Jefatura de Policía.

"Después de dos motines y peleas con la Policía, a siete compañeros nos trasladaron a Río Grande, en un lugar que fue acondicionado. El juez ordenó la libertad de 15, porque Dardo Cabo, Alejandro Giovenco y Juan Carlos Rodríguez tenían condena por la resistencia durante el Plan Conintes y la tuvieron que cumplir. Los demás salimos. Volvimos a Buenos Aires y nos reintegramos a las organizaciones. Tuvimos descanso, sí, pero enseguida estábamos todos en la lucha de nuevo". En efecto, Cabo, Giovenco y Rodríguez cumplieron su sentencia y fueron liberados tres años más tarde. La Justicia no encontró delito en el accionar del operativo.

1.jpg
Ofrenda: una de las banderas del Operativo Cóndor yace en Corrientes, en el santuario de la Virgen de Itatí, de la cual Dardo Cabo era devoto. En la foto, Carlos

Ofrenda: una de las banderas del Operativo Cóndor yace en Corrientes, en el santuario de la Virgen de Itatí, de la cual Dardo Cabo era devoto. En la foto, Carlos "Camau" Espínola, Cristina de Kirchner y el por entonces gobernador Ricardo Colombi

Sin embargo, sus destinos fueron trágicos. Cabo fue asesinado por la dictadura en 1976; Giovenco, que integraba el grupo de choque CNU, murió en 1974, cuando estalló por accidente una bomba que llevaba, y Rodríguez y Pedro Tursi, otro de los cóndores, fueron abatidos en un tiroteo.

En 2012, Cristina de Kirchner, por entonces presidenta, recibió las siete banderas desplegadas en Malvinas de mano de María Cristina Verrier, esposa de Dardo Cabo y la única integrante mujer del comando. En una vieja carta leída en el acto, Cabo destacaba "no haberlas rendido nunca ni entregado al enemigo".

Operativo Cóndor.jpg
Fernando Aguirre, Fernando Lizardo y Norberto Karasiewicz, tres de los cóndores, durante un homenaje en el Museo Malvinas.

Fernando Aguirre, Fernando Lizardo y Norberto Karasiewicz, tres de los cóndores, durante un homenaje en el Museo Malvinas.

Hoy, a sus 75 años, Karasiewicz reivindica aquella cruzada y su posterior reconocimiento por parte del Estado: "Personalmente, nunca me callo. El único que lo hizo una cuestión de Estado y puso las bolas fue Néstor Kirchner. Yo le debo la lealtad eterna al gran patriota que fue él, después del general Perón. Por eso Cristina Fernández hizo lo que hizo, por eso le entregamos las banderas y por eso una está en el mausoleo de Néstor Kirchner".

Entre actos, homenajes y el recuerdo de los que ya no están, el Cóndor todavía sueña con ver a las Malvinas integradas al territorio nacional: “Nuestro destino está marcado ya, estamos en la causa Malvinas. Si es necesario, vamos a volver y a morir por la causa Malvinas”.

Dejá tu comentario