Por qué algunas personas tienen miedo de decepcionar a alguien.
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Para algunas personas, el miedo a decepcionar a otras personas es una realidad cotidiana. Esto les dificulta vivir una vida normal y establecer vínculos sanos, ya que se puede sentir imposible poner límites y priorizar el bienestar personal por sobre la ilusión de la otra persona.
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Según un experto en salud mental, este miedo se origina en una etapa muy temporada de esa persona: la infancia. En el podcast de Lewis Howes, Gabor Maté, psiquiatra y escritor, se entabló una charla extendida al respecto, ya que es el área de especialidad del profesional invitado.
En el podcast “The School of Greatness”, el conductor Lewis Howes invitó a Gabor Maté, un reconocido psiquiatra canadiense para el episodio llamado “Sana tu trauma y liberate finalmente”. Howes comenta situaciones de su vida personal que el experto interpreta y usa como ejemplo para explicar el origen del miedo a decepcionar.
Howes cuenta que mantuvo una relación, incluso cuando sabía que no era la correcta para él, por el simple hecho de no querer decepcionar a la otra persona. El psiquiatra le explicó: “ese es tu yo de 1 año hablando, el que asumió la responsabilidad por el sufrimiento de tus padres”. De esta manera, la teoría de Maté es que ahora el conductor no quiere decepcionar a nadie, porque lo siente como su responsabilidad.
El invitado continúa, afirmando que son conductas, mandatos y sensaciones que se adoptan a una muy temprana edad y a veces sin palabras de por medio. Sólo se instalan en el inconsciente y se vive siguiendo eso hasta que el cuerpo ya no soporta y se rebela, en algunas ocasiones, a través de una crisis.
Factores para reconocer el trauma infantil
“La personalidad es el conjunto de rasgos que asumimos para poder sobrevivir a nuestras infancias, junto a otros rasgos genuinos”. Maté uso estas palabras para diferenciar la esencia de la personalidad, aclarando que esta no es necesariamente quién es la persona, más bien es cómo actúa.
El psiquiatra sostiene que el trauma infantil no siempre está asociado a hechos extremos o visibles, sino a experiencias emocionales no resueltas que dejan huella en la adultez. A partir de sus reflexiones, se pueden identificar distintos factores que ayudan a reconocerlo:
Respuestas automáticas de dureza hacia uno mismo: las frases internas como “no seas débil”, “aguantate” o “no te quejes” no suelen surgir en la adultez, sino que son el resultado de un aprendizaje temprano. Aparecen cuando, durante la infancia, expresar emociones no era seguro, estaba desvalorizado o era castigado de forma explícita o implícita.
Dificultad para conectar con la paz, el disfrute o la belleza: cuando conceptos como calma, amor propio o disfrute generan incomodidad, ironía o rechazo, puede indicar que el sistema nervioso se desarrolló en modo supervivencia. En estos casos, el cuerpo aprendió a estar en alerta constante, incluso cuando ya no existe una amenaza real.
Miedo intenso a mirar hacia adentro: el trauma no es únicamente lo que ocurrió, sino lo que quedó sin procesar. Evitar el silencio, la introspección o el contacto emocional profundo suele ser una forma de protección frente a un dolor interno que resulta demasiado abrumador o amenazante.
Normalización del sufrimiento : crecer creyendo que “la vida es así”, que sufrir es lo normal o que pedir ayuda es exagerar es una señal frecuente de trauma infantil. Esto ocurre cuando el malestar fue constante durante la infancia y terminó integrándose como parte del paisaje emocional cotidiano.
Reacciones corporales desproporcionadas ante situaciones de crisis: ansiedad intensa, bloqueos, disociación o la sensación de “quebrarse” frente a conflictos actuales pueden estar vinculados a heridas antiguas. Según Maté, el cuerpo suele recordar antes que la mente y reacciona ante estímulos que reactivan experiencias pasadas.
Tendencia a minimizar la propia experiencia: pensamientos como “otros la pasaron peor” o “lo mío no fue tan grave” funcionan como mecanismos de negación. Para el psiquiatra, comparar traumas impide reconocer el impacto real que esas vivencias tuvieron en la identidad y en la regulación emocional.
Condicionamiento cultural: una cultura que prioriza la productividad, el aguante y la fortaleza emocional por sobre el bienestar refuerza la desconexión con el propio dolor. Este condicionamiento dificulta identificar el trauma y legitimar el malestar interno.
Repetición de patrones de sufrimiento: cuando una persona siente que atraviesa los mismos dolores una y otra vez suele haber una herida infantil no integrada que busca ser reconocida y elaborada.
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