El incendio del rompehielos Almirante Irízar ya cobró la primera víctima política. Esta semana pidió su pase a retiro el capitán de navío Alejandro Lozada. El marino ocupaba el cargo de comandante conjunto antártico y era superior directo de Guillermo Nelson Tarapow, capitán del rompehielos. El alejamiento del alto oficial se vincularía con el confuso episodio de la desobediencia cometida por Tarapow, quien se negó a cumplir la orden de evacuación dada por Lozada. Como manda la tradición naval, el capitán de buque permanece en el puente de su nave hasta las últimas consecuencias, pero una vez sorteado el accidente -dice la otra parte de la tradición- debe asumir con su carrera la responsabilidad de la pérdida material. Esta sería la parte incumplida por Tarapow, que disparó el retiro voluntario de Lozada, una manera de expresar el desacuerdo por el aval que dio la conducción de la Armada a la continuidad de Tarapow en la fuerza que debería ser supervisada por Nilda Garré. Evaluaciones aún no oficializadas indican que poner en servicio el buque polar le costará al país más de 100 millones de dólares.
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El siniestro se declaró cerca de las 22, aquel 10 de abril, aparentemente en el compartimiento de generadores de la nave, por motivos aún desconocidos y que son materia de la investigación sumaria de la Marina. La orden de evacuación fue dada una hora y media más tarde, cuando el comandante de la nave evaluó que el fuego no podía ser dominado y ponía en peligro a la tripulación. En ese momento, según relatos de un periodista del diario «La Nación» (estaba a bordo) dados a conocer en una emisora porteña, «el capitán Lozada, superior de Tarapow, le pide que por favor baje a las balsas de rescate y abandone el buque.» «El capitán en tono cordial le dice que no, que nunca se iría de su barco», comentó el testigo. «Lozada -prosigue el periodista- da como finalizada la discusión y le da un abrazo, en donde le pega dos trompadas en el abdomen para poder reducirlo y llevarlo a la balsa. El capitán no cede, y es ahí cuando en plena discusión, Tarapow saca un cuchillo (n.r.: navaja marinera), típico de marinero y amenaza con cortarse la yugular si continúa con el reclamo.»
El hecho, que podría ser una anécdota más de la triste experiencia del incendio, revela a ojos de los uniformados una inconducta -la desobediencia- que quedó tapada por la masiva adhesión al acto de arrojo de permanecer a bordo.
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