Roma, en modo pausa. Así, seguramente, percibirá y dejará el viajero por estos días a Roma. Como si no hubiera ido. Como si se hubiera equivocado de destino. Una estrategia de la memoria para conservar el recuerdo romántico de una ciudad bella, de la que impresiona en una primera visita su hermosura, su mezcla particular de ciudad moderna y antigua, en una convivencia perfecta. Mejor guardar esa imagen en la retina. Y no la de la Roma de estos últimos días. Inanimada. Como una maqueta olvidada a su suerte.
¿Se ve el coronavirus en la calle? No. ¿Se escucha? No. ¿Se siente su amenaza? Sí. Es precisamente esa ausencia de personas y sonidos, la calma que parece presagiar a la tormenta. Porque las calles están muy vacías. Y no es un modo de decir: vacías. El Metro fantasma, las calles despobladas, los restaurantes sin comensales y todo monumento histórico cerrado. Roma chiuso.
En ese entorno tiene uno la sensación de estar bajo una amenaza incierta. ¿Es el Metro una trampa? ¿Por eso no hay nadie? ¿Es el peatón que uno cruza en una calle algo más que un peatón? ¿Tiene algo malo la comida que uno se está llevando a la a boca en un restaurante casi vacío? ¿Hay agentes encubiertos de coronavirus de formato invisible en las calles? Si a la gente que se sienta a tomar un café de a dos la hacen sentar en una mesa de cuatro y dispuestas en diagonal y no de frente, porque las normas del distanciamiento social así lo determinan, ¿están más a salvo del virus?...
Escapada
Unas pocas horas bastan. La paranoia acecha. Y ese es el enemigo del que parece que uno, que no quiere dar el brazo a torcer, no puede escapar. Ese es el enemigo silencioso. Y del que no se puede huir a menos que sea en avión. Y, ojo, que puede ser el último avión por un tiempo incierto.
Arrivederci esa Roma que no es Roma. Roma no está. Italia no está. No la ve por estos días el visitante que ya la conoce.
De estadísticas sobre contagiados y muertos, responsabilidad o falta de ella de las autoridades, culpas y otras cifras sobre el coronavirus ya dan cuenta en demasía las noticias. Eso es una cosa. Y otra, completamente distinta, es la percepción individual.
Estas líneas que seguramente acompañen la crónica del día sobre El tema de estos días se escriben en un avión, que sacó a esta cronista de allí. Casi huyendo. Se siente alivio. Pero también se advierte que eso que se está dejando atrás no puede ser Roma.
Se puso en cuarentena a una ciudad que ya estaba en cuarentena. Porque el visitante que fue estos últimos días no la vio. Roma estaba vedada para los sentidos. Bajo barbijos contaminados y alcoholes en gel. No era Roma.
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