¿Por qué tomamos lo que tomamos los argentinos?

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Con el vino como bandera, hoy está en pleno auge la cultura del vermouth, del gin y de las cervezas "no-industriales", en todos los caso con excelentes representantes "Made in Argentina".

Los argentinos somos inclasificables, Argentina es inclasificable. Y el tema del consumo de bebidas alcohólicas, no es la excepción a la regla.

En el mundo del vino hace casi ya cinco décadas se habla del Viejo y Nuevo Mundo. Los representantes del “Viejo Mundo” serían básicamente los países europeos: Italia, Francia, España, Grecia, Alemania, Austria, etc.

Los representantes del “Nuevo Mundo” serían (seríamos) Argentina, Chile, Sudáfrica, Nueva Zelanda, Australia, Estados Unidos. Escribo “seríamos” porque me parece una aseveración un poco alejada de la verdad. Argentina produce vino desde mediados del 1500 cuando fue introducida desde España, Perú y Chile por distintas etapas de la conquista española.

O sea, estamos hablando de un país cuya vitivinicultura está por cumplir 500 años. Trescientos años más que su independencia como Nación.

Los argentinos tomábamos mucho vino argentino, mucho antes de ser argentinos. Y si a esto le sumamos que durante fines del siglo XIX y comienzos del siglo XX recibimos la inmigración de distintos países europeos, entonces tenemos un combo especial y único.

Como resultado obtuvimos esta mezcla increíble de ser un pueblo de rasgos netamente italianos, que gesticula al habla español criollo y bebe vinos principalmente de origen francés.

En toda América Latina siempre se dice que los mexicanos vienen de los aztecas y los mayas, los peruanos vienen de los Incas, los chilenos vienen de los mapuches y los araucanos y los argentinos, bueno, los argentinos venimos de los barcos. Y en esos barcos vinieron personas que trajeron sus gustos y tradiciones, trajeron sus memorias, trajeron sus técnicas de vinificación, sus recetas de vermouth, sus cervezas, sus sidras y la lista sería interminable.

Argentina fue durante décadas el principal consumidor de vino del mundo junto a Francia, por eso nunca fue importante exportar nuestros vinos, nos los tomábamos nosotros. Hasta mediados de los fatídicos años setenta, en Argentina se consumían unos 90 litros de vino por habitante, mientras en Francia el consumo era apenas mayor por un par de litros.

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Con el advenimiento de la “modernidad” se perdió el almuerzo en familia, la siesta reparadora, y el vino fue reemplazado por las odiosas “bebidas lights” o aguas saborizadas, considera Martín Pérez Cambet (foto).

Con el advenimiento de la “modernidad” se perdió el almuerzo en familia, la siesta reparadora, y el vino fue reemplazado por las odiosas “bebidas lights” o aguas saborizadas, considera Martín Pérez Cambet (foto).

Con el advenimiento de la “modernidad” se perdió el almuerzo en familia, la siesta reparadora, y el vino fue reemplazado por las odiosas “bebidas lights” o aguas saborizadas. Hoy el vino en el almuerzo está casi reservado para unos pocos, muy pocos.

Así es que hoy estamos (datos covid-19) en unos 20 litros por habitante. Claro que esta caída abismal del consumo hizo que las bodegas reaccionaran y ofrecieran cada vez vinos de mejor calidad. Lo podríamos graficar como una perfecta X donde de izquierda a derecha se ve el desplome del consumo de vino, al mismo tiempo en la otra línea se expresa el notable ascenso en la calidad.

Hay menos oportunidad de consumo (con la cena, o solo para el fin de semana) entonces se compra algo mejor, más caro.

Muchos de los vinos que tomaban nuestros abuelos y/o padres, hoy serían prácticamente defectuosos para nosotros. Ya sea por su excesiva dulzura, ya sea por oxidación, o por falta de color y personalidad.

Desde mediados de la década de los ochenta y principalmente en los noventa, Argentina realizó todas las modificaciones necesarias, en infraestructura y capacitación, trayendo maquinaria de primera línea, y conocimiento de la mano de consultores externos como Michael Roland, Paul Hobbs, Atilio Pagli, etc.

Así es que descubrimos que teníamos el malbec, que era algo único, que solo nosotros disfrutábamos de sus virtudes, pero sin saberlo.

Desde entonces ya pasaron casi 30 años, el malbec es nuestro principal embajador en el mundo. La triple M. Maradona, Messi y Malbec.

Volviendo al comienzo, Argentina no es ni del Nuevo Mundo, ni del Viejo Mundo. Argentina es Argentina. Los mejores vinos que tomaban nuestros abuelos eran de “corte”, o blends (en inglés), o assamblages (en francés). Cada bodega tenia su vino, con sus características. En las etiquetas prácticamente no se nombraban las uvas que componían el vino. Tal como fue, es y será en las zonas más tradicionales de Francia, Italia, o España. Pero todo cambió en “los noventa”. Y nunca más Argentina volvió a ser la misma.

Hoy conocemos, disfrutamos y exportamos el malbec, el cabernet sauvignon, el merlot, el pinot noir, y hasta el enigmático cabernet franc.

En vinos blancos podemos nombrar al chardonnay, el sauvignon blanc y por supuesto nuestro torrontés.

Es importante notar que sacando el torrontés (que merece una nota aparte), todas las uvas (o cepas, o varietales) que nombramos, son de origen francés.

O sea, en un país de habla hispana, con origen inmigratorio muy marcado de Italia, la élite de las uvas son francesas. Si. Es así. Eso es Argentina.

Y si, todo esto le sumamos que hoy está en pleno auge la cultura del vermouth, del gin y de las Cervezas “no-industriales”, en todos los caso con excelentes representantes “Made in Argentina”, da como resultado que los Argentinos somos inclasificables. Somos una unión de culturas y para-culturas. Y estamos día a día aprendiendo a disfrutar cada vez más de lo que podemos hacer en estas tierras del lejano sur y también a compartirlas con el mundo.

Por Martín Pérez Cambet, de Dartley Family Wines

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