Hay restaurantes que nacen con una idea muy clara: una cocina, un chef, un menú. Y hay otros que, desde el primer día, parecen pensados para transformarse. Avío pertenece a esa segunda categoría. En apenas unos meses desde su apertura, el espacio de la esquina de Lavalleja y Honduras, en Palermo, dejó de ser solamente un restaurante para convertirse en un lugar donde la gastronomía cambia de forma según la hora del día y donde siempre hay una nueva excusa para volver.
Por la mañana funciona como cafetería de especialidad y panadería; al mediodía recibe a quienes buscan una comida relajada y aparecen los bagels, los huevos en distintas versiones y los almuerzos informales. Cuando cae la noche, las luces bajan apenas su intensidad y el salón cambia otra vez de registro. La cocina toma el protagonismo y despliega una carta que viaja sin prejuicios por distintas cocinas del mundo, mientras la cava, la barra y el café de especialidad invitan a extender la sobremesa. Además, suma una agenda de pop ups en la que reciben a cocineros, productores y especialistas a intervenir el espacio con propuestas que van desde degustaciones de quesos, hasta banquetes temáticos alrededor del café. Más que agregar eventos al calendario, la iniciativa termina de definir la personalidad del proyecto: Avío no quiere ser un restaurante estático, sino un espacio gastronómico en permanente movimiento.
Esa idea también está presente en su nombre. "Avío" era la palabra que usaba Lina, la abuela paraguaya de uno de los socios, para referirse a la vianda que preparaba cada mañana antes de ir a la escuela. En el ámbito rural, el avío era la provisión que acompañaba a quienes debían pasar largas jornadas lejos de sus casas. El restaurante recupera ese concepto de alimento como compañía y lo traslada a una propuesta contemporánea donde la cocina vuelve a entenderse como un gesto de hospitalidad más que como un simple servicio.
Lejos de ocultar el pasado del lugar, el proyecto decidió integrarlo. Avío funciona en un antiguo taller mecánico y conserva muchos de sus elementos originales. La vieja fosa permanece bajo un piso de vidrio iluminado; las cajoneras metálicas donde alguna vez se guardaron herramientas hoy almacenan cubiertos y utensilios. No hay nostalgia ni escenografía industrial forzada: la arquitectura convive naturalmente con la ambientación, donde predominan la luz tenue y un salón pensado para que la conversación tenga el mismo protagonismo que la comida.
Al frente de las hornallas está Federico Prieu, un cocinero con un recorrido poco habitual y que podría convertirse en el centro de cualquier presentación: pasó por cocinas de distintos países, luego fue el chef en giras de Pearl Jam y, antes de regresar a Buenos Aires, trabajó durante años como Kitchen Manager del Cirque du Soleil, donde tuvo que contemplar a las innumerables colectividades que integran el staff. En Avío esa experiencia es el punto de partida de una cocina sin fronteras.
Avío: cocina internacional con una cava federal y una amplia oferta de amaros
La carta cambia con cada estación y no responde a una única tradición culinaria. Con espíritu ecléctico en un mismo recorrido pueden convivir un hummus inspirado en Medio Oriente, un karaage japonés, arancini italianos, un ceviche peruano o un Dan Dan de influencia china, además durante el invierno incorpora platos de olla que recuperan una dimensión más doméstica y que evoca a la infancia. Lo que aparece en la propuesta es una mirada muy personal, donde cada preparación encuentra su lugar porque dialoga con las demás desde el producto, la técnica y el equilibrio de sabores. Es una carta pensada para despertar la curiosidad sin perder de vista algo esencial: el placer de comer.
La experiencia es acompañada por la bebida. Avío eligió armar una cava que propone una selección federal y reúne proyectos de pequeños productores de distintas regiones vitivinícolas argentinas, bodegas tradicionales y, además, algunas referencias extranjeras. La carta está organizada para facilitar el recorrido por cepas y estilos, con una interesante oferta por copa que invita a experimentar distintos maridajes.
Hay otro detalle que ayuda a entender la identidad del restaurante: la presencia de una carta específica de amaros, con etiquetas nacionales e importadas, una categoría que lentamente gana espacio en las barras internacionales y que aquí ocupa un lugar protagónico.
Durante el día, en cambio, la escena cambia por completo con una propuesta de café de especialidad, panadería y pastelería, bagels, huevos en distintas versiones y sándwiches. Esa dualidad convierte a Avío en un restaurante difícil de encasillar: no es solamente un lugar para salir a cenar ni únicamente una cafetería de barrio. Es ambas cosas y algunas más.
Quizás por eso los pop ups parecen una evolución lógica. La programación incorpora proyectos que amplían la conversación gastronómica. Por ejemplo, en julio Avío recibió a las cocineras Mili Coronel y Michelle Litovsky para ofrecer una Noche Plant Based en la que armaron un menú colaborativo pensado para descubrir sabores; también presentó al frommelier Pedro Alperowicz para guiar una degustación dedicada al universo de los quesos y sus maridajes. En agosto, el jueves 13, el restaurante presentará, junto a Doppio Project, un menú de siete pasos donde el café dejará de ser únicamente una bebida para convertirse en ingrediente central de cada plato. Son propuestas que invitan a mirar la gastronomía desde otros lugares y que consolidan a Avío como un espacio abierto al intercambio entre productores, cocineros y comensales.
En una escena gastronómica donde abundan las aperturas con conceptos muy definidos y estéticas cuidadosamente calculadas, Avío parece elegir otro camino. No busca especializarse en una cocina nacional ni construir un relato alrededor de un único producto. Su apuesta consiste en ofrecer un espacio donde las ideas puedan evolucionar, y en cada cambio de estación de la carta, siempre exista una razón diferente para cruzar la puerta.
Quizás esa sea, finalmente, la mejor definición del restaurante. Igual que aquel avío que acompañaba el camino de quienes pasaban el día lejos de casa, este proyecto entiende que comer no consiste únicamente en alimentarse. También significa detenerse, compartir una mesa y dejar que una buena conversación se prolongue un rato más.