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6 de octubre 2022 - 00:00

Morricone: visita impar al fuego creativo de un genio

El documental “Ennio, el maestro”, de Giuseppe Tornatore, es uno de los mejores y más emotivos homenajes que ha recibido un músico en el cine.

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Morricone. El maestro que fue el más grande músico de cine, a su pesar.

“La música de Ennio Morricone no sólo te conmueve, te seduce y sales del cine con ella en tu cabeza. A medida que pasa el tiempo, descubres que es la banda sonora de tu propia vida” dice Bernardo Bertolucci en “Ennio, el maestro”, documental de Giuseppe Tornatore que es uno de los mejores y más emotivos homenajes que ha recibido un músico en la pantalla. Tornatore, que desde “Cinema Paradiso” (1988) nunca dejó de trabajar junto con Morricone, se proponía concluir la película para los 90 años del compositor, pero no pudo ser. Fue así que la presentó en el Festival de Venecia de 2021, un año después de la muerte del maestro, junto con un libro biográfico que trabajó, a la par del documental, a lo largo de sus últimos seis años.

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La película no sólo es la historia de una vida y de un vasto período del cine europeo (Morricone compuso más de 500 bandas de sonido); además de eso, es un retrato de sus mayores alegrías, sus temores, sus dudas y sus injustificadas vergüenzas; un recorrido íntimo por los laberintos de la imaginación de un artista impar en el acto de crear; una confesión de sus trucos, de sus actos de coraje, de sus decisiones revolucionarias e, inclusive, de algunas cobardías. “Ennio, el maestro” dura algo más de dos horas y media que no sólo no se sienten, sino que se desea más. La película genera el hechizo, para el espectador que lo conoce pero que no tenía en cuenta todo lo que había compuesto, que Morricone -tal como dice otro de los entrevistados- “inventó la música de cine”.

Paradojalmente, el compositor (y esas fueron sus injustificadas vergüenzas) durante años se sintió humillado, y quizá nunca lo superó del todo, por ser “sólo” un músico de cine y no un respetado maestro de música clásica, pese a que su obra no cinematográfica también es valiosa. Ese sentimiento no sólo provenía de su inseguridad sino de un entorno cultural, elitista y pacato, que lo miraba por encima del hombro, como su maestro Goffredo Petrassi, quien sólo tardíamente hizo su mea culpa. Y no fue el único. ¡Encima Morricone había hecho los arreglos de “Abbronzatissima”, una de los hits de principios de los 60 que usó la publicidad de un cigarrillo, así como más tarde otro cigarrillo empleó “El bueno, el malo y el feo”! Y Mina, y Gianni Morandi cantaban sus canciones, mientras su popularidad no dejaba de crecer.

A Morricone no lo confortaban los ejemplos ilustres. Los compositores “serios” que realizaron música para cine son cuantiosos, empezando por Sergei Prokofiev en su colaboración con Eisenstein, y siguiendo con Erich Wolfgang Korngold, el autor de la ópera “La ciudad muerta”, que cuando huyó de los nazis llegó a Hollywood y le puso música a las hazañas de Errol Flynn. Y Max Steiner, Miklos Rosza, Bernard Herrmann, y sus compatriotas Nino Rota y Armando Trovaioli, y el francés Georges Delerue. ¡Tantos! No obstante, década tras década, Morricone decía: “ésta es la última que escribo para cine”. Por suerte, no cumplió.

A lo largo de cinco años, el tiempo que le llevó a Tornatore completar el documental, se suceden los testimonios más heterogéneos de los cineastas y músicos con quienes colaboró. Joan Baez, para cuya voz hizo las canciones de “Sacco y Vanzetti”, de Giuliano Montaldo, brinda uno de los más emotivos: “Esta música no sólo es popular, es un himno”. Quentin Tarantino, por cuya partitura para “Los ocho más odiados” le dieron a Morricone el único Oscar (además del honorífico: en ambos casos la Academia buscaba reparar una injusticia de décadas), asegura: “Él no es uno de mis músicos ‘de cine’ favoritos. Es uno de mis músicos favoritos en el mismo sentido que lo son Mozart, Beethoven y Schubert”. Las partes consagradas a su trabajo de toda una vida con Sergio Leone, desde el inicial descubrimiento de que habían sido compañeros de escuela primaria pero no lo recordaban, y la inicial “Por un puñado de dólares” hasta el final con “Érase una vez en América”, son tan hermosas que, como se dijo antes, dejan con deseos de más. Lo mismo sus trabajos con Roland Joffé para “La misión, y con GIllo Pontecorvo.

Tornatore lo empuja a relatar algunos de sus múltiples recursos, que son asombrosos hasta en sus bloqueos. Baste un ejemplo: comisionado a componer la música de “El clan siciliano”, cuenta que, incapaz de avanzar, se le ocurrió combinar lo único que tenía, el tema principal, con un contrapunto basado en el el apellido BACH en el sistema de notación musical anglosajón, es decir: B (Si Bemol), A (La), C (Do) y H (Si natural). Lo dice sonriendo, como si confesara una travesura, como si no tuviera en cuenta que con eso logró una de las bandas de sonido más bellas del policial francés. Lo mismo con sus “cut-paste” con músicas de descarte, refritos que llevaba de un film a otro (costumbre que compartió con Rossini, por ejemplo), dando lugar a temas antológicos como el de Deborah de “Ërase una vez en América”.

“Si diez compositores distintos escriben la música para un mismo film, harán diez obras completamente distintas, y de cada caso saldrá también una película distinta. Ese es el tormento del compositor: no saber cuál es la correcta”, expresa Morricone. Lo mismo ocurre con el documental sobre una vida: sin embargo, podría asegurarse que la vía que eligió Tornatore fue la mejor. Uno sale del cine con la música de Morricone, con su alma, dentro del corazón.

“Ennio, el maestro” (Italia, 2021). Dir.: G. Tornatore. Int.: E. Morricone, N. Piovani, J. Baez, P. Metheny, B. Springsteen.

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