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4 de abril 2010 - 23:44

A diez semanas del Mundial, Sudáfrica teme por violencia racial

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Eugene Terreblanche
Diez semanas antes de que arranque el Mundial de fútbol, Sudáfrica debe afrontar otra vez malas noticias sobre la violencia y el conflicto racial en el país.

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El brutal asesinato de un líder de la extrema derecha sudafricana, Eugene Terreblanche, ha removido una vez más los cimientos de la "nación del arcoiris" multirracial.

El presidente, Jacob Zuma, se preocupa, y con razón, por las sombras que pueda arrojar este acto violento sobre el primer Mundial de fútbol que se celebra en tierra africana.

El asesinato vuelve a abrir esa vieja herida que nunca ha llegado a curar del todo en una sociedad que tan sólo hace 16 años abolió el apartheid. Y amenaza además la imagen de una Sudáfrica pacífica y reconciliada, que justo ahora pretende atraer a miles de turistas de cara a la gran fiesta deportiva en junio y julio.

Cuando dos jóvenes trabajadores mataron con un machete y un palo, según la policía, al granjero ultraderechista de 69 años, probablemente no tenían ni idea del terremoto político que podían desencadenar.

Los jóvenes atacantes, de 15 y 21 años, cerraron su disputa con Terreblanche sobre su salario de la misma forma que se solventan muchas disputas en el país: con violencia. La tasa de asesinatos en Sudáfrica es entre el 20 y el 30% más alta que en Europa occidental, una cifra similar a la de otros actos violentos.

Pero en este caso hay otro elemento que empaña la joven democracia sudafricana, ya que la sociedad sigue sufriendo la tensión interracial de forma incuestionable, a pesar de todas las políticas de reconciliación de los héroes nacionales y del premio Nobel de la Paz Nelson Mandela, cuya voz ya apenas se escucha debido a su edad.

Al menos para la oposición, el principal instigador de esta situación tiene nombre y apellido.

Poco después del asesinato del líder ultraderechista, los principales grupos opositores relacionaron los discursos "incendiarios" de Julius Malema, el secretario general de las juventudes del ANC, el partido de gobierno, con lo que fue un violento ataque de trabajadores negros contra un granjero blanco.

Malema, un importante aliado de Zuma, no sólo exige la nacionalización de la industria minera o la expropiación de tierras, sino que pide también que se vuelva a cantar la "tradicional canción combativa" del ANC, en la que se pide la muerte de los Bóer: "Kill the Boer" (Mata al -granjero- Bóer).

La semana pasada, el político sudafricano visitó Zimbabwe como invitado del ZANU-PF, el partido del presidente Robert Mugabe, quien además de dirigir con puño de hierro su país ha alentado las expropiaciones forzosas de granjeros blancos así como de empresas en manos de blancos.

Malema se ha convertido en una figura que impone miedo por los cerca de nueve millones de blancos y asiáticos en Sudáfrica. Temor a que el protegido del presidente sea el precursor de una Sudáfrica en la que los negros se apropien del poder y arruinen el país, tal como hizo Mugabe en una Zimbabwe que llegó a ser un país floreciente en el sur del continente africano.

Sudáfrica, sin embargo, sólo está pendiente desde hace meses de una cuenta atrás: el tiempo que resta para el Mundial de fútbol. La pesadilla de Zuma y de los sudafricanos sería que la imagen de su país se viera empañada justo ahora por episodios de violencia y disturbios.

No obstante, en los barrios más desfavorecidos de las ciudades hay desde hace meses un ambiente tenso y protestas violentas por las montañas de basura que no se han retirado, así como por ayudas prometidas que no llegan o la falta de servicios sociales.

El último y espectacular asesinato arroja más inseguridad. El Afrikaner Weerstands Beweging (Movimiento de Resistencia Afrikaner, AWB), que lideraba el carismático Terreblanche, ya anunció encolerizado que habrá "venganza".

La organización, con un símbolo que asemeja a la cruz gamada, ya ha mostrado en varias ocasiones que sus amenazas no se quedan en meras palabras.

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