Islamabad - «El arsenal atómico es responsabilidad única y exclusiva del Ejército, de nadie más». Zahid Malik dirige el diario « Pakistan Observer» y ha escrito la biografía de Abdul Qadeer Khan (AQ Khan, Bhopal, 1936), la persona que dotó a Pakistán de armamento atómico y que desde entonces es considerado un héroe nacional.
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Es uno de los pocos elementos de unidad en una nación cada vez más dividida -especialmente tras la muerte de Benazir Bhutto-entre las diferentes facciones políticas. Fue precisamente el padre de Benazir, Zulfikar Ali Bhutto, quien le dio absoluto control sobre el programa de enriquecimiento de uranio del país a finales de los setenta.
AQ vive desde 2004 bajo arresto domiciliario debido a las diferentes acusaciones que pesan actualmente sobre su persona por supuesta venta de secretos nucleares a Corea del Norte, Irán o Libia, entre otros países. Ocupa una lujosa casa de la capital, Islamabad, y ni Estados Unidos ni la Agencia Internacional de Energía Atómica (AIEA) tienen derecho a interrogarlo.
Es intocable, y el pueblo, literalmente, lo adora. Tanto que hasta le dedicó un monumento público en cuya inscripción de mármol se agradece al doctor haber hecho de Pakistán «un país invencible en misiles y energía nuclear».
Apoyo
La cuestión nuclear es una de las claves que explica casi por sí sola el apoyo abierto que ha venido prestando Estados Unidos a Pervez Musharraf, pese a la convulsión social que vive Pakistán.
El miedo a un posible cambio radical en el timón nacional, o a una desmembración definitiva de un país fuertemente dividido, son suficientes para justificar el respaldo a un general, ahora vestido de civil.
Pakistán podría disponer de al menos 65 cabezas atómicas repartidas a lo largo de todo el país, y el gran temor de Occidente es que alguna de ellas caiga en manos de unos movimientos extremistas que juraron Yihad (guerra santa) al Gobierno central y que controlan con absoluta autoridad zonas como la franja fronteriza con Afganistán.
«No puede haber dudas respecto a la persona con poder de decisión sobre el arsenal nuclear. Y ahora que el general dejó su cargo, es su sucesor, general Ashfaq Pervez Kiani, quien ha recogido el testigo atómico», apunta Malik.
Este sistema de control militar se instauró en 1990 para impedir que los continuos cambios de gobierno en el país afectaran a una materia considerada de «seguridad nacional».
Pakistán no firmó el Tratado de No Proliferación, y como consecuencia de ello sus instalaciones no pueden ser revisadas por la Agencia Internacional de Energía Atómica (AIEA). Islamabad se niega a suscribir el acuerdo hasta que su eterno enemigo, India, haga lo propio.
«La única central con fines bélicos es la KLR (siglas en inglés de Laboratorios de Investigación Khan), situada a 40 kilómetros de Islamabad», informa Malik. Este lugar, antes conocido como Kahuta Laboratory Research, cambió su nombre en 1996 como homenaje a AQ Khan. Según Malik, es la principal planta de enriquecimiento de uranio del país y cuenta con diez mil centrifugadoras y facilidades para la fabricación de componentes nucleares para misiles. Fue la llegada de Khan, científico e ingeniero metalúrgico nacido en India en 1975, la que revolucionó definitivamente la carrera atómica en el país y consiguió que Pakistán fabricara su primera bomba en 1989, en respuesta a la actividad nuclear india.
Pero sus conocimientos no hubieran sido suficientes sin la ayuda de China, que en los ochenta, según la organización Global Security, proporcionó a Pakistán una cabeza nuclear ligera, centrifugadoras y suficiente UF6 -un gas precursor del uranio necesario en el proceso de purificación de ese material, que tiene tanto aplicaciones civiles como militares, y que logra avanzar el proceso al usarlo en las centrifugadoras-, para que fabricara sus propias cabezas atómicas.
Fuentes cercanas al Pakistan Atomic Energy Corporation (PAEC) aseguran que Pakistán tiene actualmente en marcha «un programa de plutonio, cuya base central es la planta de agua pesada de Khushab, y otro de enriquecimiento de uranio en KLR». Ambas centrales están fuera del control del AIEA, pero Pakistán -a diferencia de Irán, que es firmante del Tratado de No Proliferación y acepta las inspecciones del organismono recibe ningún tipo de castigo ni sanción económica desde 2003, fecha en la que aceptó trabajar con Estados Unidos en la «lucha contra el terrorismo».
El argumento esgrimido por el presidente George Bush fue «la necesidad de facilitar el tránsito a la democracia en el país». Una democracia inmersa, sin embargo, en la más absoluta incertidumbre.
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