11 de diciembre 2006 - 00:00

Así fue el día que comenzó la segunda vida de Pinochet

Dos fotoshistóricas. Arriba,AugustoPinochetjunto aSalvadorAllende, el23 de agostode 1973,poco despuésde queel presidentesocialista lonombrarajefe delEjército. Abajo, elbombardeoal palaciopresidencialde LaMoneda, el11 desetiembre, eldía quecomenzó sudictadura.
Dos fotos históricas. Arriba, Augusto Pinochet junto a Salvador Allende, el 23 de agosto de 1973, poco después de que el presidente socialista lo nombrara jefe del Ejército. Abajo, el bombardeo al palacio presidencial de La Moneda, el 11 de setiembre, el día que comenzó su dictadura.
El día más importante para el general Augusto Pinochet Ugarte no era el día de su cumpleaños. Tampoco recordaba con especial unción el 25 de agosto de 1973, cuando se hizo cargo de la jefatura del Ejército chileno ante la dimisión del general Carlos Prats. Aunque llevaba la cuenta, también le era indiferente el 17 de diciembre de 1974, día en que pasó a ser presidente de la República, denominación que dejaba atrás la de presidente de la Junta Militar que gobernaba a Chile tras el golpe del martes 11 de setiembre de 1973.

El día más significativo para Pinochet fue el domingo 9 de setiembre de 1973, en el que dejó de ser un silencioso y obediente jefe militar para convertirse en el comandante del Ejército que se preparaba para derrocar el gobierno de Salvador Allende Gossens.

  • Anticipo

  • Era sabido para ese entonces que la gran mayoría de Chile esperaba un golpe militar. Ya había tenido un anticipo en junio, cuando un regimiento se sublevó y llevó sus tanques hasta La Moneda.

    Los generales Prats y Pinochet asumieron la represión de la asonada.

    Desde aquel momento hastael 11 de setiembre todo se agudizó aun más: las huelgas de los transportistas, el «lock out» empresario que paralizó Chile, el terrible desabastecimiento con sus sufridas colas para obtener productos esenciales (jabón, azúcar, papel higiénico, dentífrico), los enfrentamientos callejeros, los cacerolazos de las manifestaciones femeninas, el caos absoluto. «Chile parece un país azotado por la guerra», declararon los obispos chilenos.

    El 26 de agosto de 1973, a través del memorando reservado Nº 461 (y subsiguientes), el encargado de negocios argentino, José Alberto Del Carril, informó de un « acuerdo de diputados» en el que se declaró que «el presidente ha quebrantado gravemente la Constitución». Luego de numerosos y fundados argumentos, los diputados democristianos y nacionales abrieron las puertas del golpe al dejar al gobierno constitucional al margen de la ley.

    Frente a esta condena -y luego de fracasar un diálogo entre el presidente y la Democracia Cristina-, Salvador Allende intentó llamar a un plebiscito. No tuvo tiempo.

    El domingo 9 a la mañana, Carlos Altamirano, jefe del socialismo, pronunció un discurso violento y desafiante en el Teatro Caupolican. En la tarde varios militares vestidos de civil se citaron en la casa del comandante en jefe del Ejército. Pinochet vivía un clima festivo.

    Celebraba el cumpleaños de su « regalona» Jacqueline, la menor de sus cinco hijos.

    Concurrieron el general Gustavo Leigh, jefe de la Fuerza Aérea; el general Sergio Arellano Snack, el que urdió la conspiración dentro del Ejército, y los oficiales navales Patricio Carvajal y Sergio Huidobro.

    Sonó el timbre y Lucía Hiriart de Pinochet abrió la puerta. Condujo a los invitados al escritorio del dueño de casa. Allí se desarrollo el diálogo:

    General Leigh: Nosotros no aguantamos más. Creo que estamos en un punto en que, si no actuamos, el país va al caos... El discurso de Altamirano esta mañana confirma que esto no puede seguir. La Armada y la Fuerza Aérea vamos a actuar. No sé si tú lo harás, pero nosotros sí, aunque tengamos que hacerlo solos. La Armada está más decidida.

  • Rodeos

    Pinochet: ¿Tú sabes que esto nos puede costar la vida a nosotros y a muchos más?

    General Leigh: Por supuesto. Lo sé, pero no nos queda otra alternativa.

    Pinochet seguía con rodeos, sin responder cuál iba a ser su conducta. Se lo veía indeciso.

    Entonces Huidobro, que había llegado de la Base Naval de Valparaíso, la más importante de Chile, en representación del almirante José Toribio Merino, sacó un papel y lo acercó a la mesa. En la misiva, Merino explicaba su posición y que la Armada estaría lista para salir el martes 11. Si estaban de acuerdo, tanto Leigh como Pinochet debían firmar al dorso.

    El jefe aeronáutico firmó en el acto. Pinochet vaciló, dijo que no encontraba su sello. «Decídase, mi general. Firme», lo apuró Leigh. Pinochet sacó su lapicera, encontró su sello de comandante y firmó. A partir de ese momento comenzó a entrar en la historia.

    Del general silencioso y gris, en pocas horas no quedaría nada. Cuarenta y ocho horas más tarde, desde su puesto de comando en Pañalolen, daba instrucciones y hacía comentarios que manifestaban una personalidad desconocida. Como testigo están las grabaciones de ese martes 11 de setiembre de 1973, en las que aparece ordenando el asalto de La Moneda, el rechazo a cualquier tipo de negociación, encontrar a «los gallos» más importantes de la Unidad Popular y ofrecerle un avión a Allende para que abandone el país y en pleno vuelo tirarlo al vacío.

    El domingo 9 de setiembre de 1973 fue para Pinochet el primer día del resto de su vida. Todo lo demás es historia. Incluso la que él mismo quiso crear de esas horas años más tarde.
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