Así fue el día que comenzó la segunda vida de Pinochet
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Dos fotos
históricas. Arriba,
Augusto
Pinochet
junto a
Salvador
Allende, el
23 de agosto
de 1973,
poco después
de que
el presidente
socialista lo
nombrara
jefe del
Ejército. Abajo, el
bombardeo
al palacio
presidencial
de La
Moneda, el
11 de
setiembre, el
día que
comenzó su
dictadura.
El 26 de agosto de 1973, a través del memorando reservado Nº 461 (y subsiguientes), el encargado de negocios argentino, José Alberto Del Carril, informó de un « acuerdo de diputados» en el que se declaró que «el presidente ha quebrantado gravemente la Constitución». Luego de numerosos y fundados argumentos, los diputados democristianos y nacionales abrieron las puertas del golpe al dejar al gobierno constitucional al margen de la ley.
Frente a esta condena -y luego de fracasar un diálogo entre el presidente y la Democracia Cristina-, Salvador Allende intentó llamar a un plebiscito. No tuvo tiempo.
El domingo 9 a la mañana, Carlos Altamirano, jefe del socialismo, pronunció un discurso violento y desafiante en el Teatro Caupolican. En la tarde varios militares vestidos de civil se citaron en la casa del comandante en jefe del Ejército. Pinochet vivía un clima festivo.
Celebraba el cumpleaños de su « regalona» Jacqueline, la menor de sus cinco hijos.
Concurrieron el general Gustavo Leigh, jefe de la Fuerza Aérea; el general Sergio Arellano Snack, el que urdió la conspiración dentro del Ejército, y los oficiales navales Patricio Carvajal y Sergio Huidobro.
Sonó el timbre y Lucía Hiriart de Pinochet abrió la puerta. Condujo a los invitados al escritorio del dueño de casa. Allí se desarrollo el diálogo:
General Leigh: Nosotros no aguantamos más. Creo que estamos en un punto en que, si no actuamos, el país va al caos... El discurso de Altamirano esta mañana confirma que esto no puede seguir. La Armada y la Fuerza Aérea vamos a actuar. No sé si tú lo harás, pero nosotros sí, aunque tengamos que hacerlo solos. La Armada está más decidida.
Pinochet: ¿Tú sabes que esto nos puede costar la vida a nosotros y a muchos más?
General Leigh: Por supuesto. Lo sé, pero no nos queda otra alternativa.
Pinochet seguía con rodeos, sin responder cuál iba a ser su conducta. Se lo veía indeciso.
Entonces Huidobro, que había llegado de la Base Naval de Valparaíso, la más importante de Chile, en representación del almirante José Toribio Merino, sacó un papel y lo acercó a la mesa. En la misiva, Merino explicaba su posición y que la Armada estaría lista para salir el martes 11. Si estaban de acuerdo, tanto Leigh como Pinochet debían firmar al dorso.
El jefe aeronáutico firmó en el acto. Pinochet vaciló, dijo que no encontraba su sello. «Decídase, mi general. Firme», lo apuró Leigh. Pinochet sacó su lapicera, encontró su sello de comandante y firmó. A partir de ese momento comenzó a entrar en la historia.
Del general silencioso y gris, en pocas horas no quedaría nada. Cuarenta y ocho horas más tarde, desde su puesto de comando en Pañalolen, daba instrucciones y hacía comentarios que manifestaban una personalidad desconocida. Como testigo están las grabaciones de ese martes 11 de setiembre de 1973, en las que aparece ordenando el asalto de La Moneda, el rechazo a cualquier tipo de negociación, encontrar a «los gallos» más importantes de la Unidad Popular y ofrecerle un avión a Allende para que abandone el país y en pleno vuelo tirarlo al vacío.
El domingo 9 de setiembre de 1973 fue para Pinochet el primer día del resto de su vida. Todo lo demás es historia. Incluso la que él mismo quiso crear de esas horas años más tarde.




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