Bush, nunca tan cerca de Bin Laden
George W. Bush protagonizó la semana pasada una exitosa gira para sellar alianzas con India y Pakistán. El periodista paquistaní Ahmed Rashid, autor del libro «Los talibanes», escribió en «The Washington Post» un interesante artículo que dibuja la trama que permite al líder terrorista Osama bin Laden permanecer oculto, y cada vez más a salvo, junto a clanes pastunes en Pakistán. Dice Rashid que «quizá nunca» Bush y el jefe de Al-Qaeda estuvieron tan cerca como en los días pasados. Veamos los párrafos principales del informe.
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Los pastunes paquistaníes, por el contrario, se han vuelto más radicales de lo que eran antes del 11 de setiembre.
La nueva zona aliada de Bin Laden se extiende casi 3.200 kilómetros a lo largo de la línea pastún de Pakistán, desde Chitral, en el Norte, cerca de la frontera con China, al Sur, a través de las turbulentas zonas tribales, incluida Waziristán, hasta llegar a Zob, en la frontera con Baluchistán, y su capital provincial Queta, y luego al Sureste, hasta la frontera iraní. La región incluye todo tipo de paisajes, desde el desierto hasta las montañas cubiertas de nieve. La zona, escasamente poblada, ofrece a Bin Laden un santuario ideal.
• Túneles y cuevas
Los talibanes se asentaron en Baluchistán, de donde habían surgido antes de 1994, mientras los integrantes de Al-Qaeda se ocultaron en las zonas tribales que conocían bien. Bin Laden había construido túneles y cuevas allí para los mujahidines antisoviéticos en los años ochenta.
Lo que siguió fue un desastre: durante los 27 meses posteriores a la caída del régimen talibán, el presidente Pervez Musharraf, el más fiel aliado de Washington en la región, dio rienda suelta a los extremistas pastunes para que reinstauraran campos de entrenamiento para militantes que habían escapado de Afganistán. Estos incluían a árabes, gente de Asia Central, chechenos, cachemires, africanos, uigures y algunos llegados del este de Asia. Fue una pequeña repetición de la reunión en Afganistán después de que Bin Laden llegó allí en 1996.
Musharraf capturó a algunos miembros árabes de Al-Qaeda, pero evitó a los talibanes porque estaba convencido de que las fuerzas de la coalición encabezada por EE.UU. no se quedarían mucho tiempo en Afganistán. Quería conservar a los talibanes como opción estratégica en caso de que Afganistán se sumiera de nuevo en la guerra civil y el caos.
Distraído por Bagdad, Washington no advirtió lo que estaba ocurriendo en las regiones tribales. Cuando el ejército paquistaní entró en el sur de Waziristán en marzo de 2004, los extremistas estaban tan bien atrincherados que 250 soldados paquistaníes murieron en los primeros encuentros.
Desde entonces, los agentes políticos que dirigían las zonas tribales con una mezcla de sobornos y presión han sido sustituidos por arrogantes generales que ignoran la situación local. Actualmente, los extremistas dominan el norte y el sur de Waziristán y otras zonas tribales, mientras que los 70.000 soldados paquistaníes allí destacados se encuentran encerrados en puestos avanzados, demasiado asustados como para patrullar las montañas. Más de 100 ancianos tribales favorables al gobierno han sido asesinados a manos de extremistas por dar información a los servicios secretos de EE.UU. o Pakistán.
Mientras tanto, en el Sur, el gobierno provincial de Baluchistán está controlado por una coalición de partidos fundamentalistas favorables a los talibanes desde las elecciones de 2002. En los últimos meses, al menos 30 atentados han acabado con la vida de casi 100 personas en Afganistán, entre ellas soldados de la misión de paz de la OTAN.
Gran parte del reclutamiento (de terroristas) se realiza en una librería radical islámica, en varias mezquitas y algunas madrasas de la ciudad portuaria de Karachi, mientras el entrenamiento se desarrolla en viviendas seguras de Queta y Charman, en la provincia de Baluchistán.
Bin Laden tiene combatientes y simpatizantes por toda la zona pastún. Ningún pastún paquistaní tiene motivos para traicionar a Bin Laden, a pesar de la recompensa de 22,6 millones de euros por su cabeza. Gracias al tráfico de drogas en Afganistán y a los maletines llenos de dinero que siguen llegando de simpatizantes del Golfo Pérsico, ni Al-Qaeda ni los pastunes andan cortos de dinero.
El que el ejército paquistaní no haya ofrecido a los pastunes un mayor papel político en el marco nacional no ha inspirado ninguna lealtad entre las tribus.
Las descaminadas intervenciones de EE.UU., como el ataque con misiles que en enero acabó con la vida de mujeres y niños, hacen el resto. La reciente decisión de Washington de empezar a retirar soldados de Afganistán este año sólo ha servido para refirmar a Al-Qaeda en su creencia de que está ganando.


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