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4 de septiembre 2007 - 00:00

Camboya supera el horror de Pol Pot y es nuevo ''tigre''

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Camboya escapa al comunismo, pero no a sus horrores: una niña juega con un cráneo (izquierda), recordatorio del demencial régimen de Pol Pot (derecha).
Phnom Penh - Pol Pot prometió llevar a Camboya al año cero tras su entrada triunfal en las calles de Phnom Penh en 1975 y todavía hoy, cuando han pasado más de tres décadas de entonces, el país muestra las heridas que recuerdan que cumplió su palabra.

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Pero, en medio de la pobreza, la corrupción y el recuerdo imborrable del genocidio, los camboyanos empiezan a asistir a la transformación de un país que muchos creían hundido sin remedio. La vida ha vuelto, al fin, a los Campos de la Muerte.

La capital, Phnom Penh, vive un despegue inmobiliario que está transformando sus tranquilas calles en una bulliciosa urbe. Nuevos hoteles, centros comerciales, edificios de departamentos y oficinas confirman la bonanza de una economía que, en los últimos tres años, ha crecido una media de 11,4% anual.

El gobierno planea inaugurar la Bolsa en 2009, y el desembarco de inversores extranjeros y turistas ha cuadruplicado la inyección de divisas en tan sólo dos años. El resurgir camboyano resulta más impactante cuando se lo compara con el estado del país tras el genocidio que acabó con la vida de una cuarta parte de la población entre 1975 y 1979.

La guerra civil y la inestabilidad que siguieron al reino de terror que impuso Pol Pot impidieron a los camboyanos subirse al tren del progreso que iba a transformar Tailandia y otros tigres de la región. En su lugar, la sociedad que una vez dominó el sudeste asiático desde su reino de Angkor se hundió en un largo período de tinieblas.

La relativa estabilidad política de los últimos cinco años ha permitido sentar las bases de un crecimiento imparable que aún tiene pendiente ayudar a la población campesina, que sobrevive con niveles de desarrollo similares a los de Africa, y a los desempleados que malviven en las ciudades.

El gobierno del primer ministro Hun Sen, conocido por su corrupción y falta de tolerancia hacia la oposición, ha dejado atrás sus viejas ideas comunistas para abrir las puertas del país al comercio y la inversión extranjera.

Decenas de pequeñas islas situadas junto a la ciudad costera de Sihanoukville han sido cedidas a multinacionales extranjeras a cambio de sumas millonarias. La mayoría de ellas será transformada en hoteles, casinos y negocios turísticos.

La propia Sihanoukville reabrirá en breve un pequeño aeropuerto y un puerto industrial. «Esperamos una inyección millonaria de dinero y eso sin contar con el petróleo», dice Say Hak, el gobernador de Sihanoukville.

El reciente descubrimiento de yacimientos petrolíferos junto a la costa camboyana ha despertado el interés de las principales petroleras del mundo y promete llenar las arcas del Estado.

El Banco Mundial, que en el pasado ha vistocómo la ayuda que entregaba a Camboya desaparecía en los bolsillos de sus políticos, ya ha mostrado su temor a que el dinero no revierta en una mejora en la vida de ese 35% de la población que vive con menos de 36 céntimos de euro al día.

Las ONG destinadas en Camboya destacan que una parte importante de los nuevos edificios que se están erigiendo en la capital no es más que «un lavado de dinero procedente de la corrupción», en palabras del director de una de las asociaciones que más tiempo llevan trabajando en Phnom Penh. Los especuladores están derrumbando barrios enteros, desplazando a sus habitantes sin apenas compensación y construyendo lo que el gobierno describe como la «nueva Camboya».

Para Vimean, un veterano conductor de rickshaw de 38 años, los ricos se están haciendo cada vez más ricos y los pobres siguen igual de pobres. «Estamos mejor que hace 15 años, porque hay menos miedo y se puede salir de la capital sin que te maten. Pero cada vez es más difícil llegar a fin de mes porque todo es más caro», asegura Vimean, que gana entre 3 y 5 euros al día llevando a grupos de escolares en su triciclo motorizado.

La percepción entre los 14 millones de habitantes del país de que la ciudad es la única salida para escapar de la pobreza ha generado una masiva inmigración del campo a las urbes.

Pol Pot había soñado para Camboya justamente lo contrario. Días después de tomar el poder, ordenó la evacuación de las ciudades y la conversión de los urbanistas en campesinos.

Quienes habían estudiado, hablaban idiomas extranjeros, tenían profesiones liberales o utilizaban anteojos fueron a menudo considerados irrecuperables para la causa marxista y ejecutados.

Los Campos de la Muerte, donde fueron enterradas muchas de las víctimas de la utopía maoísta, se han convertido ahora en la mejor prueba de que Camboya quiere dejar atrás el pasado abrazando el capitalismo que tanto detestaba Pol Pot.

A la entrada de lo que hoy es destino obligado para turistas, los operarios cobran la entrada y venden guías por unos pocos dólares.

El gobierno ha cedido la explotación de las fosas comunes a una empresa privada japonesa. El recuerdo del genocidio parece imposible de borrar, pero en la nueva Camboya no es difícil encontrar a alguien dispuesto a sacarle un beneficio.

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