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14 de julio 2008 - 00:00

Desconciertan giros de Cuba y Venezuela

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Salarios que sólo aumentarán por productividad, extensión del límite de edad para acceder a la jubilación, eliminación de la gratuidad de ciertos servicios públicos, limitación de subsidios; todas políticas propias de un programa de inspiración thatcheriana. En realidad, son las medidas anunciadas el viernes ante el Parlamento por el presidente cubano Raúl Castro, en una voltereta que recuerda los clásicos «cambios de etapa» de los regímenes comunistas -siempre arbitrariamente decretados desde arriba-, tan frecuentes que, en ocasiones, apenas concluida la «concientización» de las bases sobre los lineamientos de «la etapa», ya se la daba por concluida y había que empezar a explicar la nueva. 

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El hermano de Fidel hasta adoptó un tono herético para explicar que «en el socialismo es indispensable que la asignación de recursos de los planes económicos se ajuste estrictamente a los ingresos disponibles». Y agregó: «Dicho en otras palabras: ¡Hay que virarse a la tierra!»

«Es mi deber expresarlo con franqueza, pues no sería ético crear falsas expectativas. Decir lo contrario sería engañarlos. Todos quisiéramos ir más rápido, pero es necesario actuar con realismo», dijo. «Socialismo significa justicia social e igualdad, pero igualdad de derechos, de oportunidades, no de ingresos. Igualdad no es igualitarismo. Este, en última instancia, es también una forma de explotación: la del buen trabajador por el que no lo es, o peor aun por el vago», señaló, en un texto que, dijo fue revisado y aprobado por su hermano Fidel.

Mientras los cubanos esperaban soluciones a los acuciantes problemas del transporte y el acceso a los alimentos y la vivienda, Castro anunció que, en lugar de disponer aumentos salariales, analiza autorizar el pluriempleo en la isla. Además, convocó a volver a trabajar a los docentes jubilados -cobrando a la vez por su tarea y su pensión- y lanzó un proyecto para aumentar en cinco años la edad de jubilación -60 a 65 los hombres y 55 a 60 las mujeres-, que, será sometido a consulta popular a fin de que entre en vigor en 2009.

En honor a la verdad, Raúl Castro no fue el único referente de primera línea del socialismo revolucionario que sin gritar «¡agua va!» hace un giro de 180 grados desconcertando a sus adherentes y propagandistas.

Recientemente, en un cambio de posición saludable para la paz regional, el presidente venezolano Hugo Chávez exhortó a las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC), a las que hasta entonces venía patrocinando, a liberar a todos los rehenes y a deponer las armas. Más impactante aun, las acusó de haberse convertido «en una excusa del imperio para amenazarnos». Recordemos que hace apenas unos meses, Chávez había exhortado a «darles reconocimiento, (porque las FARC) son fuerzas insurgentes que tienen un proyecto político, bolivariano».

Que Chávez reconozca hoy que en realidad las FARC son la mejor excusa para el intervencionismo extranjero, ¿en qué posición deja a todos los que se sumaron a la defensa de esa guerrilla en nombre, precisamente, del antiimperialismo? ¿En qué posición queda, por ejemplo, Rafael Correa, presidente de Ecuador -el «Rafa», para Cristina de Kirchner-, que pidió el estatus de fuerza beligerante para ese grupo?

Algunos gobiernos de la región, sin llegar al extremo de defender a las FARC, tuvieron una actitud benévola hacia la guerrilla y reservaron todas sus críticas y dureza para el gobierno colombiano. Fue el caso de los Kirchner, que también se dejaron llevar por el activismo bolivariano en ese conflicto y por lo tanto también quedaron desairados cuando Hugo Chávez recibió con honores a Alvaro Uribe y se reconcilió públicamente con él, en lo que constituyó su primera contribución a la estabilidad e integración regional.

Raúl Castro justificó sus últimas decisiones con el argumento de que el comunismo en Cuba debe ser «realista». Pero no hubo sólo eufemismos por parte de los funcionarios cubanos y del propio Raúl. También se oyeron palabras como «ajuste» y «eficiencia», propias del lenguaje del capitalismo tantas veces repudiado. De repente, de la exaltación de la igualdad se pasó a la descalificación del « igualitarismo» y de la defensa del régimen socialmente más protector -según sus defensores- a la denuncia del «paternalismo» del sistema actual.

Algunas de las medidas anunciadas por el hermano de Fidel habrán despertado la envidia de los empresarios argentinos que reiteradamente han pedido -más bien en off por miedo a las represalias- que los salarios en la Argentina se aumenten por productividad.

En cuanto a los cultores locales del socialismo cubano y de su versión siglo XXI o bolivariana, el «viraje a tierra» de sus referentes los ha dejado, de momento, sin palabras. Ahora bien, considerando la clase de respuesta que el oficialismo argentino y sus asesores intelectuales dan a los críticos de sus políticas y a las demandas de la sociedad, ¿incluirán también los Kirchner a Castro y a Chávez como miembros del poder destituyente a nivel continental?

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