El dilema de la guerra a Irak
La célebre periodista, autora de uno de los más polémicos artículos publicados tras el 11-S, "La rabia y el orgullo", reflexiona sobre el enfrentamiento que protagonizan las principales potencias de Occidente en la escena internacional y toma partido en relación con la crisis actual y la amenaza de guerra inminente en Irak. Esta es la primera parte del artículo llamado "La guerra, el orgullo y la duda".
-
Los hutíes anunciaron una ofensiva coordinada con Irán y Hezbolá contra blancos estratégicos de Israel
-
El llamado del Papa León XIV en Semana Santa contra la guerra: "No dejemos que nos paralicen"
También los franceses que habían optado por De Gaulle y los italianos del Quinto o del Octavo Ejército. (¿Saben cuántos cementerios militares aliados hay en Italia? Más de 130. Y los más grandes y los más llenos son precisamente los de los norteamericanos. Sólo en Nettuno, 10.950 tumbas. Sólo en Falciani, cerca de Florencia, 5.811... Cada vez que paso por delante y veo ese lago de cruces, me estremezco de dolor y de gratitud.) Porque en Italia también había un Frente de Liberación Nacional. Una Resistencia a la que los aliados suministraban armas y municiones.
Y lo mismo se puede decir de la Guerra de la Independencia que los colonos americanos hicieron contra Inglaterra. Y lo mismo las guerras (o las revoluciones) que tienen lugar para reencontrar la dignidad y la libertad. Yo no creo en las rápidas absoluciones, en las cómodas pacificaciones, en el perdón fácil. Y todavía creo menos en la explotación de la palabra paz, en el chantaje de la palabra paz. Cuando en nombre de la paz se cede a la prepotencia, a la violencia y a la tiranía. Cuando en nombre de la paz un pueblo se resigna al miedo y renuncia a la dignidad y a la libertad, la paz ya no es paz. Es un suicidio.
El segundo motivo es que, a pesar de ser justa como espero y legítima como deseo, esta guerra no debería tener lugar ahora. Habría tenido que desarrollarse hace un año. Es decir, cuando las ruinas de las dos torres estaban todavía humeantes, y todo el mundo civilizado se sentía norteamericano. Y si se hubiese hecho entonces, hoy los simpatizantes de Bin Laden y de Saddam Hussein no llenarían las plazas con su pacifismo de sentido único. Las estrellas de Hollywood no se habrían exhibido en el papel (en el fondo grotesco) de jefes de Estado. Y la ambigua Turquía que está volviendo a poner el velo a las mujeres no negaría el paso a los marines que se dirigen al frente Norte.
A pesar de las chicharras europeas que, junto a los palestinos, gritaban «les ha estado bien empleado a los norteamericanos», hace un año nadie negaba que los Estados Unidos habían sufrido un segundo Pearl Harbor y que, por tanto, tenían derecho a reaccionar. Más aún, a pesar de ser justa como espero y legítima como deseo, ésta es una guerra que habría tenido que desarrollarse incluso antes. Es decir, cuando Clinton era presidente y las pequeñas Pearl Harbor surgían en todo el mundo. En Somalia, por ejemplo, donde los marines en misión de paz eran asesinados y mutilados y, después, entregados a las muchedumbres enloquecidas. En Yemen, en Kenia y en otros muchos sitios. El 11-S no fue más que la brutal confirmación de una realidad ya fosilizada. La indiscutible diagnosis del médico que te pone ante la cara la radiografía y sin miramientos te dice: «Señor, señora, tiene usted un cáncer». Si Clinton hubiese pasado menos tiempo con mozas lozanas, si hubiese utilizado de una forma más responsable el Despacho Oval, quizá no hubiese tenido lugar el 11-S. Y es inútil añadir que, menos aún, el 11-S tampoco habría tenido lugar si George Bush Senior hubiese eliminado a Saddam Hussein en la Guerra del Golfo. ¿Recuerdan? En 1991, el ejército iraquí se desinfló como un balón pinchado. Se desintegró tan rápidamente que hasta yo capturé a cuatro soldados suyos. Estaba detrás de una duna del desierto saudí, sola e indefensa, cuando cuatro esqueletos indefensos y harapientos vinieron hacia mí con las manos en alto. «¡Bush!», susurraron en tono suplicante. «¡Bush!», palabra que, para ellos significaba «Tengo hambre y sed. Hágannos prisioneros, por caridad». Los cogí, los entregué al teniente y, éste, en vez de alegrarse, comenzó a gruñir: «¡Uf! Ya tenemos 50.000. ¿Le va a dar usted de comer y de beber?». Y sin embargo, los norteamericanos no llegaron a Bagdad. George Bush Senior no derrocó a Saddam. («El mandato de Naciones Unidas era liberar Kuwait y nada más.»). Y para darle las gracias, Saddam intentó hacerlo asesinar. A veces, me pregunto si esta guerra tardía no es una represalia pacientemente esperada. Una promesa filial, una venganza de tragedia shakesperiana o griega.
El tercer motivo es la forma equivocada en la que se realizó la hipotética promesa al padre. ¿Quién se atrevería a refutarlo? Desde el 11-S hasta los comienzos del pasado otoño, todo el énfasis se concentró en Bin Laden, en Al-Qaeda y en Afganistán. Saddam Hussein e Irak fueron prácticamente ignorados. Y sólo cuando quedó claro que Bin Laden gozaba de una excelente salud, porque el intento de cogerlo vivo o muerto había fallado, Bush y Powell se acordaron de su rival. Nos dijeron que Saddam Hussein era malo, que cortaba la lengua y las orejas a los enemigos, que mataba a los niños delante de sus propios padres (cierto). Que decapitaba a las prostitutas y, después, exhibía sus cabezas en las plazas (cierto). Que sus prisiones estaban repletas de presos políticos encerrados en celdas tan pequeñas como grandes, que los experimentos químicos y biológicos los realizaba sobre tales víctimas con especial predilección (cierto). Que mantenía relaciones con Al-Qaeda y que financiaba el terrorismo, premiaba a las familias de los kamikazes palestinos con 25.000 dólares a cada familia (cierto). Y por último, que jamás había renunciado a su arsenal de armas letales y que, por lo tanto, Naciones Unidas tenía que volver a enviar a los inspectores a Irak.




Dejá tu comentario