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21 de noviembre 2006 - 00:00

El veneno, una vieja arma política en Moscú

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Moscú (EFE) - La utilización de venenos contra los enemigos fue asidua a lo largo de la historia rusa, y el supuesto envenenamiento en Londres de un ex coronel de la ex KGB trae a la memoria esas prácticas.

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En la década del 30, bajo el mandato de Stalin, el profesor Grigori Mayranovski fundó un laboratorio secreto con el fin de estudiar la aplicación de venenos, al tiempo que la NKVD (predecesora de la KGB) desarrollaba investigaciones similares en un laboratorio bacteriológico encabezado por el profesor Sergei Muromtsev.

Mayranovski escribió al jefe de la NKVD, Lavrenti Beria, en 1951 desde la cárcel: «De mi mano fue aniquilada más de una decena de enemigos del poder soviético, incluidos nacionalistas de todo tipo».

Poco antes, en 1958, durante el proceso contra Beria y el «jefe de operaciones especiales» del NKVD, Pavel Sudoplatov, a quienes se acusó del envenenamiento de cuatro personas, salieron a la luz los experimentos sobre prisioneros del Gulag (campos de concentración estalinistas) para perfeccionar los venenos de los laboratorios de Mayranovski y Muromtsev.

Entre las víctimas comprobadas se encontraban el dirigente nacionalista ucraniano Shumski, deportado a la región de Saratov. Corrió la misma suerte el arzobispo uniata de los Cárpatos, Romzha, ambos en la década del 40. Según afirma en sus memorias Sudoplatov, el mismo veneno mató al diplomático sueco Raoul Wallenberg, quien salvó del Holocausto a más de 100.000 judíos.

En 1955 en el penal de Vladimir murió de «insuficiencia cardíaca aguda» el último comandante de la Berlín nazi, poco después de que fuera decidida su repatriación.

  • Igual diagnóstico

    Un año antes, en la misma prisión y con el mismo diagnóstico, falleció el mariscal hitleriano Ewald von Kleist, a quien las autoridades soviéticas no deseaban ver al frente de la Wermacht de Alemania Occidental. En el mismo período en el penal de Vladimir estaba recluido Mayranovski.

    En 1957 y 1959 fueron envenenados los dirigentes nacionalistas ucranianos Lev Rebet y Stepan Bandera, y en 1958 el KGB intentó matar con un talco radiactivo a su ex agente prófugo Nikolai Jojlov.

    El último sonado atentado en el que se vio implicada la KGB se produjo en 1980 en Londres, cuando de un pinchazo de un paraguas envenenado murió el disidente búlgaro Georgi Markov.

    En 2003, Rusia empleó una carta envenenada para aniquilar en Chechenia al saudita Jatab.
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