El 28 de febrero de 2013 quedará en los anales. Hasta ese entonces, los papas morían en su cama del Vaticano, pero el alemán Benedicto XVI, de casi 86 años, abandonó el Vaticano por sus propios medios, a bordo de un helicóptero y se trasladó a la residencia de Castel Gandolfo, a unos 30 kilómetros al sur de Roma. Fue exactamente a las 16:00 de nuestro país, en un hecho que marcó el fin del pontificado y el inicio del período de Sede Vacante.
El resto es historia conocida. Pocos minutos después de las 19:00 del 13 de marzo de 2013, bajo una incesante lluvia y en la quinta votación, el humo blanco por la chimenea de la Capilla Sixtina (tras dos fumatas negras) anunciaba la elección del nuevo Papa. Una multitud congregada en la Plaza San Pedro tuvo que esperar una hora para conocer que el designado era Jorge Bergoglio, hasta ese momento arzobispo de Buenos Aires. Tras haber aceptado su elección, ya vestido de blanco, el nuevo pontífice regresó a la Capilla Sixtina, y pasadas las 20:00, el mundo entero conoció, en boca del cardenal Jean Louis Tauran, el nombre del nuevo Papa.
Periodista.: ¿Cómo recuerda hoy ese momento? ¿Lo buscó?
Papa Francisco: Ni loco. Hay que ser chiflado para buscar una cosa así. No me di cuenta. El cónclave tiene una forma de votos que se llama depósito. Hasta que no aparezca uno que esté generando un consenso, es como tanteos. Yo tenía votos, pero eran de depósito, otros tenían más que yo. Yo me fui ese mismo día después de la votación de la mañana, no me di cuenta y volví para acá. Fue muy matemático, recuerdo que subí al quinto piso a darle al arzobispo de Cuba el discurso que yo había dicho, una cosa de dos minutos y medio en las reuniones de cónclave, pero como no lo pude fotocopiar se lo escribí a mano, una cosa breve. “Uy, qué lindo, me llevo un recuerdo del Papa”, me dijo. Yo no me di cuenta, después me acordé de todo eso. Tomo el ascensor del quinto para volver al segundo donde estaba y sube el Cardenal Errázuriz y me dice: “Ya preparaste el discurso”; yo le pregunté qué discurso y él me dijo el que tenía que decir en el balcón. No entendí nada. Llego al comedor y voy con el cardenal Sandri a buscar una mesa y me llaman de otra unos cardenales de Europa y me dicen: “Venga con nosotros así nos habla de Latinoamérica”. Era para tomar un examen, no me di cuenta.
A la salida vino corriendo el cardenal Santos Abril, el que había sido nuncio en Argentina, y me dijo: “Eminencia, una pregunta, ¿a usted le sacaron un pulmón?”, y yo le dije que no, me sacaron el lóbulo superior derecho y era por un quiste. Él me dijo: “Estas maniobras de último momento”, y ahí me di cuenta. Dormí la siesta tranquilo y al día siguiente el cardenal Ravasi me hizo acordar de una cosa del inconsciente deshonesto. Llegamos antes a la Sixtina y empecé a hablar con el Cardenal Ravasi que usaba sus libros decía yo para dar los Libros Sapienciales, ahí charlamos caminando por delante de la Sixtina y escuchamos una voz que dijo: “Van a entrar o no van a entrar”, el Cardenal me dijo: “Era su inconsciente deshonesto que no quería entrar”. Después dos cosas que quisiera mencionarlas por la persona: en la primera votación ya me di cuenta de que ya faltaban pocos votos y ahí se me acercó el cardenal Hummes, que murió hace poco, un grande, y me dijo: “No te asustes, así obra el Espíritu Santo”. Y cuando me eligieron en la segunda votación, siguieron las votaciones, aunque ya se había llegado a los dos tercios, se me acercó, me dio un abrazo y me dijo: “No te olvides de los pobres”, y de ahí el nombre Francisco.
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