4 de octubre 2006 - 00:00

Las costosas pérdidas del presidente Lula

Evo Morales
Evo Morales
Brasilia - No pudo Lula ganar en la primera vuelta como pronosticaban las encuestas, que siempre dan sorpresas aunque se las tomen como sustitutas de los misterios de Eleusis. Se quedó a un paso de esa victoria, con 48,61% de votos. Le faltó al presidente, el tornero que hoy viste a medida el mejor modisto de Brasil, ese definitivo porcentaje de votos que se llevó el sector de izquierda del electorado. Un voto que fue a Heloísa Helena (6,85%) y, en menor medida, pero no menor importancia, al ex ministro de Educación, Cristovam Buarque (2,67%). Ambos fueron expulsados del PT por oponerse a políticas escasamente sociales de Lula.

La crisis empezó en 2003, a raíz de un proyecto del gobierno Lula de reformar el sistema de la seguridad social en perjuicio de los jubilados. La oposición de la senadora Heloísa Helena y de otros tres diputados del PT provocó un terremoto interno. La crisis tuvo repercusiones internacionales y en ella intervinieron cerca de 1.000 intelectuales y representantes de la izquierda mundial, que pidieron a Lula evitar la expulsión de los disidentes.

No sirvió de nada. Lula prefirió la depuración al diálogo y los cuatro expulsados formaron un nuevo partido, el P-Sol (Partido Socialista y de la Libertad). El P-Sol puso a Helena de candidata presidencial y logró recoger el voto mayoritario de la izquierda defraudada por la política liberal de Lula y la corrupción en su gobierno.

La candidatura de Heloísa Helena fue apoyada por 358 personalidades, entre ellas Noam Chomsky y Ken Loach, en un texto en el que señalaban que, mientras Lula «siguió un típico curso social-liberal, desencantando a millones de personas que habían votado por él con la esperanza de un cambio social radical, Heloísa Helena y sus camaradas permanecen fieles al programa antiimperialista y socialista original del PT».

Razones no le faltaban. Lula abandonó gran parte de los pilares de izquierda que habían movilizado a una mayoría de brasileños en torno al PT. Optó por abrazar los criterios fondomonetaristas de anteriores gobiernos y, sobre todo, renunció a realizar las grandes transformaciones prometidas: reforma agraria, reducción de la desigualdad (la mayor en el continente más desigual del mundo) y lucha contra la miseria. El número de pobres pasó, bajo Lula, de 34,34% a 33,57%. La extrema pobreza, de 26,23% a 25,08%. Cifras ridículas para quien tenía como bandera, justamente, acabar con esa lacra.

La tenencia de la tierra es otro tema que dejó para el olvido, en un país con una extrema concentración de la propiedad. Un exiguo 2,8% de terratenientes es dueño de 56% de las tierras agrícolas, en tanto que 50% de pequeños propietarios dispone apenas de 2,5% de la superficie, pese a reunir a dos tercios de la población rural. El 1% de las fincas agrícolas ocupa 45% de la superficie útil. Hay terratenientes dueños de extensiones mayores que Bélgica, conformando Estados dentro del Estado. El resultado no se hizo esperar. El Movimiento de los Sin Tierra (MST) criticó duramente y se alejó de Lula.

Más audaz y coherente fue su política exterior. Flanqueado por la mayor generación de gobiernos de izquierda y centroizquierda de la historia latinoamericana, Lula ha apoyado las grandes iniciativas integracionistas, como el Gasoducto del Sur y el Mercosur, y se ha opuesto al Area de Libre Comercio de las Américas impulsada por EE.UU. Más duro le resultó el órdago de Evo Morales, al nacionalizar el gas y triplicar su precio. Frente a quienes le pedían confrontar al presidente aimara, Lula escogió el diálogo y la paciencia, consciente, quizás, de que era una batalla perdida.

Lula ganará en segunda vuelta, porque la izquierda se verá obligada a votarlo para evitar el triunfo de la derecha pura y dura.

(*) Augusto Zamora es profesor de Derecho Internacional y Relaciones Internacionales en la Universidad Autónoma de Madrid (a_zamora_r@ terra.es).

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