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A la luz de los resultados, la mayoría no guarda un buen recuerdo de las repetidas discusiones entre un presidente azul, Jacques Chirac, y un primer ministro rosa, el retirado Lionel Jospin, que sometieron a la opinión pública durante un lustro a una tirante relación.
Tras el estruendoso resurgimiento del líder extremista No sólo los políticos franceses tomaron nota de la importancia de esos temas para los electores, sino que todo el continente se abocó con su poderío al creciente número de pobres de Africa, Asia, Europa del Este y Latinoamérica que creen que algo recibirán del bienestar europeo si, aunque sea, van como clandestinos.
Chirac reaccionó con buenos reflejos y se presentó, a la vez que como un demócrata que honraba la tradición republicana francesa, como un hombre preocupado por la seguridad y la inmigración, aunque alejado de los extremos de Le Pen.
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