9 de febrero 2005 - 00:00

Los optimistas tendrán que esperar un tiempo

Las decepciones pasadas son tantas que habría que ser un optimista empedernido para creer que lo acordado ayer en Sharm el-Sheikh es un paso decisivo hacia la creación de un Estado palestino en un ambiente de paz.

Es cierto que ningún intento de acordar una tregua había llegado a tanto desde setiembre de 2000, cuando tras una provocativa visita del entonces candidato israelí a primer ministro, Ariel Sharon, a la Explanada de las Mezquitas de Jerusalén, comenzó la más sangrienta de las Intifadas.

Dicen que Abu Mazen despertó el 11 de setiembre de 2001 de su siesta sagrada a Yasser Arafat. «¡Hay que frenar la Intifada ya. Acaban de derrumbar las Torres Gemelas, tienes que entender que cambió el mundo!», le habría dicho el actual presidente de la AP al todopoderoso jefe palestino. Sólo consiguió unas semanas de declaraciones ambiguas.

El 12 de marzo de 2002, George W. Bush envió al general Anthony Zinni como mediador. Seis días más tarde, el vice Dick Cheney viajaba a Israel con el mismo fin. El 27 del mismo mes, un palestino disfrazado de mujer se inmoló en el restorán de un hotel del balneario de Netanya causando 29 muertos.

Entre brutales atentados de Hamas yYihad, enmarcados en el avance irrefrenable del muro, misiones israelíes que ocasionaban matanzas de civiles y nuevas colonias en Gaza y Cisjordania, una decena de intentos de tregua se fue frustrando. Mazen y Ahmed Qorei, que sucedió en octubre del 2003 al primero como primer ministro, propiciaron en los últimos años los esfuerzos que Arafat se encargó de anestesiar.

Distintas circunstancias derivaron en el «clima de paz» al que ayer se refirieron israelíes y palestinos en la cumbre de Egipto. Dos causas son las centrales: del lado palestino, la desaparición física de Arafat, anulado por Israel (justa o injustamente) como interlocutor válido para la paz. Tras asumir como presidente, Mazen ordenó algo tan simple como el despliegue de fuerzas de seguridad palestinas que colaboren en la prevención de atentados.

Del lado israelí,
pesó el avance decidido de Ariel Sharon para desmantelar colonias en Gaza y el aparente freno a la creación de nuevos asentamientos. Lo primero es, quizás, la decisión más importante desde los acuerdos de Oslo.

En este punto conviene recordar algunos de los principales temas pendientes de la relación entre ambas partes, que permiten inferir que una solución efectiva hacia la paz todavía está en pañales.

• De la paupérrima Franja de Gaza se deberán ir unos 8.400 israelíes este año. Muy pocos en comparación con los 180.000 que viven en colonias en Cisjordania, el más grande de los territorios palestinos. No hay noticias concretas sobre su mudanza.

• Jerusalén es sagrada para ambas partes, que niegan la más mínima posibilidad de ceder pretensiones sobre su soberanía. Lejos de ello, Israel avanzó recientemente sobre un plan para confiscar tierras en Jerusalén Oriental, habitada por palestinos, un proyecto que la Casa Blanca ordenó revisar.

• El serpenteante trazado del muro de separación penetra en territorio de Cisjordania. Es impensable un Estado palestino entre esas sinuosas paredes.

• El agua, recurso escaso, deberá entrar inexorablemente en un proceso de negociación.

• Aunque es imposible de concretar, Mazen indicó recientemente que no resignará el pretendido derecho de retorno de unos 4,5 millones de palestinos a la actual tierra israelí. Si retornaran, se daría el absurdo de que en Israel vivirían casi tantos palestinos como israelíes.

Por si lo descripto arriba fuera una tarea menor, lo peor es que la firma del cese el fuego de ayer fue rápidamente condicionada por la efervescente organización Hamas, el movimiento radical islamista que aporta gran parte de los atentados suicidas.

Dejá tu comentario

Te puede interesar