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20 de septiembre 2006 - 00:00

Pierde Evo el encanto hasta en la izquierda

Las esperables tribulaciones del gobierno de Evo Morales parecen hacer caer el encanto que despertó en el arco del pensamiento de la izquierda latinoamericana. Más allá del juicio que merezcan sus intenciones como presidente al nacionalizar recursos o modificar instituciones para avanzar hacia una Bolivia más igualitaria, el método de gobierno comienza a debilitarlo ante sus adversarios. Por caso, convirtió a la convención que reforma la Constitución de ese país en «originaria» derribando la legislación preexistente al punto de que se podría llegar a abolir el derecho de propiedad o la instauración de la «justicia aborigen» que incluye, como en prácticas talibanes, castigos corporales o legitimar venganzas familiares en casos de honor. En la nota que sigue, el columnista Mauricio Ochoa Urioste de la agencia «Bolpress», que suele reflejar percepciones de la izquierda de ese país, describe cómo se percibe en Bolivia esa pérdida del encanto de Evo Morales.

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Evo Morales
Ocho meses transcurrieron desde que los arquitectos de la nueva administración gubernamental diseñaran una Torre de Babel capaz de alcanzar el cielo. Evo Morales y su vicepresidente, Alvaro García Linera, se esforzaron por construir esta edificación en la mente de los ocho millones de bolivianos; sus pilares fueron la propaganda política unida a la demagogia, para sostener una imaginaria «revolución».

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La primera viga de esta construcción fue la llamada «nacionalización de los hidrocarburos», que pese a sus innegables beneficios económicos para el erario público, strictu sensu es una reforma sectorial reglamentaria de la Ley de Hidrocarburos promulgada por el ex presidente Carlos Mesa, que no expropia ninguna propiedad privada, ni mucho menos monopoliza la explotación estatal de la industria petrolera en el país. La segunda viga colocada fue la denominada «revolución agraria», que es un conjunto de normas jurídicas diseñadas por el Poder Ejecutivo, que mantienen casi inalterable la antigua ley INRA promulgada en el gobierno de Gonzalo Sánchez de Lozada, y posibilita la continuación del latifundio y otros privilegios de empresarios agrícolas y ganaderos.

Pasaron ya los primeros ocho meses, tiempo en el que la nueva administración se esforzó por difundir un espectáculo de variedades orientado a sostener la idea que el presidente Evo Morales es un «hombre revolucionario», «sí, cumple», y Bolivia vive una «revolución democrática y cultural» con un «gobierno de cambio». Ello no hubiera sido posible sin una inescrupulosa y grotesca campaña mediática con escenificaciones insólitas en la historia democrática boliviana: militares en las gasolineras de las principales ciudades del país, otros «resguardando» las refinerías; mitines animados con conjuntos musicales; letanías discursivas en las que el presidente se ufana de su anterior «vida ascética»; culto al liderazgo carismático de Evo Morales; etc.

En medio de toda esta parafernalia, panfletería y fanfarrias, Evo Morales y Alvaro García Linera aguardaban el resultado favorable de la elección de asambleístas el pasado 2 de julio, con la esperanza de que su partido junto con sus coyunturales aliados alcance 75% de la votación. No importaba, ciertamente, la condición ideológica o la coincidencia programática de sus representantes; sino el simple apoyo de la población al presidente -quien fue, en persona, el objeto de la propaganda, al grado de habérsele equiparado con el «sumus pontífice indígena originario», y más precisamente, como el «Gran Jefe de los Pueblos Originarios»- y copar las expectativas de las organizaciones sociales que buscaron poder político desde la formación del MAS.

  • Condicionado

  • Este juego no le dio el resultado que esperaba. A pesar de que el cómputo final de la Corte Nacional Electoral mostró una victoria contundente del partido oficialista en la elección de asambleístas, los números estuvieron muy lejos del porcentaje esperado. Así, Evo Morales ni el Poder Ejecutivo podrán adjudicarse mayores competencias ni poder político, al menos que tomen la decisión de asumir acciones antidemocráticas, o pacten con los «adversarios» de la derecha histórica, contra los cuales ha vertido un rosario de delaciones y calumnias.

    La propaganda y los «shows» se acabaron, y sobreviene otra vez la crisis política, sumada a acusaciones de corrupción en la administración pública, y consignas etnocéntricas, racistas y discriminatorias del partido oficialista, que en su conjunto alejan a muchos intelectuales y ciudadanos anteriormente afines a la nueva administración de gobierno.

    El presidente embiste contra Estados Unidos, el neoliberalismo y las trasnacionales, y solapadamente su gobierno somete al Estado boliviano a un Tribunal de Arbitraje Internacional con sede en Washington, negocia amistosamente con Petrobras, British Petroleum y Repsol YPF nuevos contratos petroleros, y compromete a la comunidad internacional la reducción del cultivo de hoja de coca. Todavía peor, acusa a George W. Bush de ser el «único terrorista» y a contrapelo le invita a la instalación de la Asamblea Constituyente y condecora con el Cóndor de los Andes -máxima distinción que otorga el Estado boliviano- al embajador estadounidense, David Greenlee.

  • Barniz

    La renuncia del ministro de Hidrocarburos Andrés Soliz Rada, quien según fuentes del Movimiento al Socialismo propuso la «confiscación» de los bienes de las empresas petroleras y es considerado por miembros del partido oficialista como hombre de «línea dura», sólo confirma que el nivel de decisiones en el gobierno de Evo Morales gira en torno a una élite cada vez más afín a las empresas trasnacionales y la política económica propulsada desde la década de 1980, bajo el barniz del indigenismo y de románticas añoranzas precolombinas aprendidas de su más allegado mentor, Alvaro García Linera.

    Mientras el mundo todavía suspira las «proezas» de un novelesco presidente con chompa a rayas, en Bolivia, Evo Morales no se quita todavía la máscara que lleva puesta. Como el personaje Cyrano de Bergerac -interpretado por el actor francés Gérard Depardieu- loco y exánime, no se excusa por sus dobleces y lucha a capa y espada contra todos los que no se adhieran fielmente a sus consignas, con la complicidad silenciosa de sus asesores y correligionarios. Acusa a los otros de una conspiración, de un complot, sin identificar nombres, ni fechas. ¿Estamos ante el principio del fin de la carrera política de Evo Morales y Alvaro García Linera?
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