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Una de las grandes diferencias entre el diseño de posguerra para Afganistán e Irak radica en el desplazamiento de Naciones Unidas (ONU) a la hora de organizar una nueva administración. En el caso afgano, en cambio, fue implementada la antigua receta colonialista: un presidente (interino y luego transitorio), leal a la potencia ocupante (Estados Unidos) y sin una resistencia aparente fuerte por parte de los locales. Se trató de Hamid Karzai.
De hecho, las disputas internas entre comandantes locales sobre el poder y el territorio se ha convertido en la cruda característica del período postalibán.
El 5 de diciembre de 2001, y después de 9 días de intensas negociaciones, grupos políticos opositores a los talibanes alcanzaron en la ciudad alemana de Bonn un acuerdo para conformar un gobierno interino por seis meses. Este debía sentar las bases para la realización de una asamblea nacional que nombraría a un gobierno de transición hasta las elecciones que se realizarían en el término de dos años. Los bombardeos estadounidenses continuaban.
El gabinete interino de 30 miembros había quedado encabezado por Karzai, un miembro de la etnia pashtun con cercanas relaciones con Estados Unidos y que en un principio había apoyado a los talibanes. Los tres ministerios más fuertes habían quedado en manos de la Alianza del Norte (fuerzas opuestas a los talibanes que controlaban el norte del país).
La democratización de Irak corre el riesgo de terminar frustrada como hasta ahora lo está la de Afganistán, con la abismal diferencia que en el caso afgano se trataba de derrocar a un movimiento para luego «reconstruir» y en el iraquí se trata de un Estado, cuya etapa posguerra será mucho más complicada.
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