El 28 de febrero del año 2013, el Papa Benedicto XVI renunció a dirigir el destino de 1.200 millones de católicos del mundo por sentirse "sin las fuerzas, ni mentales ni físicas” para seguir haciéndolo, y abrió las puertas a la llegada de Jorge Bergoglio como Francisco I, el primer Papa argentino.
De esta forma, el alemán Joseph Ratzinger rigió el Estado Vaticano durante tan solo ocho meses, y se marchó a una vida de contemplación y estudio hasta su fallecimiento de fines del año pasado.
Se trató del primer Sumo Pontífice en renunciar al Trono de Pedro en seis siglos, y su vida de ostracismo se vio sacudida por denuncias de pedofilia y el abuso sexual de sacerdotes de la Iglesia católica.
Ratzinger, de mirada conservadora, se opuso a la consagración de sacerdotes casados y fue un firme defensor del celibato. Igualmente, confió a sus cercanos que no se sentía con el talante de líder de la institución, y luego de exiguos 8 meses, formalizó su salida del cargo, para sumirse en un segundo plano.
Tras la dimisión, siguió llamándose "Papa Romano Pontífice emérito Benedicto XVI", viviendo en el Vaticano y vistiendo la sotana blanca papal, lo que hizo hablar de "era de dos Papas”.
Esta inesperada salida abrió las puertas de otra inesperada decisión, como fue el humo blanco que, días después, consagró a Jorge Bergoglio, arzobispo de Buenos Aires, como nuevo Papa, en este caso Francisco I.
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