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10 de noviembre 2008 - 00:00

Ultraje derivó en robo masivo

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Berlín - La «Noche de los cristales rotos» del 9 de noviembre de 1938 fue uno de los mayores robos de la historia y, al mismo tiempo, una señal de la aniquilación masiva.

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Viviendas y empresas, colecciones de arte, bibliotecas e instrumentos musicales fueron sustraídos a los judíos en el marco de la persecución. Tras el estallido de la guerra, los alemanes continuaron el saqueo en Europa del Este. Un enorme aparato administrativo se ocupaba de aprovechar el botín.

Además de los nazis, se beneficiaron los simpatizantes y funcionarios, los traficantes de arte y los museos.

Incluso décadas después de aquel robo masivo, el paradero de muchas de esas piezas sigue siendo incierto.

Decenas de miles de personas se enriquecieron en la Alemania nazi con el arte robado. Las organizaciones nacionalsocialistas se disputaban las obras, que, entre otros lugares, se iban a exponer en el Museo del Führer en Linz. La cúpula del nazismo competía por presentar a Adolf Hitler las obras robadas como regalo. Debido a la crónica falta de divisas, parte del botín artístico también se ofreció al mercado internacional del arte, sobre todo en Suiza.

Por primera vez en la historia, no sólo se robó arte, sino que también se persiguió, extorsionó y mató a sus propietarios. «Detrás de las cosas y de los objetos de valor hay personas asesinadas», escribió el historiador israelí Dan Diner en el catálogo de una exposición sobre «Robo y restitución» en el Museo Judío de Berlín.

Con la adquisición de arte y el impulso a los artistas a mediados del siglo XIX, los judíos en Alemania querían lograr una posición de seguridad en la sociedad tras siglos de discriminación. El robo por parte de los nazis de sus obras de arte fue también un intento de destruir su identidad.

El pago de indemnizaciones y las devoluciones del arte robado a los propietarios judíos y a sus herederos fueron aceptados después de 1945 sólo muy a regañadientes.

El origen de las obras de arte fue ocultado sistemáticamente tras la guerra.

Entre esas obras figura « Römische Campagna», de Lovis Corinth, cuyo destino es reflejado en una exposición en el Museo Judío de Berlín.

El cuadro se encontraba en manos de Curt Glaser, director de la Biblioteca Estatal de Arte de Berlín, que había comenzado a principios del siglo a armar su colección. Cuando en abril de 1933 fue despedido de su cargo debido a su origen judío, Glaser tuvo que dejar su vivienda oficial. Para financiar su emigración a Estados Unidos, vendió su colección.
La pintura apareció en 1945 en manos del empresario inmobiliario berlinés Conrad Doebbeke, que en la época nazi adquirió 300 obras de arte de pintores alemanes, sobre todo de propietarios judíos.

En 1949, la ciudad de Hannover adquirió unas cien pinturas, acuarelas y dibujos por 164.000 marcos. Entre ellas estaba el cuadro. La segunda esposa de Glaser reclamó la obra desde EE.UU., pero finalmente aceptó un acuerdo y una indemnización de 5.000 marcos. 

Después de que vencieron todos los plazos de las leyes de reparación, la llamada «Declaración de Washington» ofreció la posibilidad de reabrir el caso Glaser. En 2003, los herederos y el museo en Hannover acordaron una devolución. El acuerdo de Washington, al que se unió la República Federal Alemana en 1999, desató nuevos casos de disputas. La última fue en torno a «Berliner Strassenszene», de Ernst Ludwig Kirchner.

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