Estambul - La Turquía que se encontrará el papa Benedicto XVI poco o nada tiene que ver con la que vio su antecesor Juan Pablo II en 1979. La Turquía de entonces se caracterizaba por una gran inestabilidad política que condujo a una grave crisis económica. Así las cosas, el ejército se vio obligado a intervenir otra vez y se abrió un proceso de normalización democrática que no se completaría hasta muchos años después. Además, Turquía no era ni siquiera candidata a la adhesión a la Unión Europea (UE).
El contenido al que quiere acceder es exclusivo para suscriptores.
Casi dos décadas después, el país ha cambiado para bien. El próximo año vivirá dos importantísimas elecciones, unas presidenciales y otras legislativas, desde 2002 su economía está creciendo a un promedio anual de 7,5% y lleva ya 11 meses negociando su ingreso en el club comunitario. A pesar de ello, conserva muchos de los problemas de 1979 y tiene otros que han ido surgiendo desde entonces. Pero vamos por partes.
Turquía, aunque suene a tópico, es un país entre dos mundos. De hecho, 3% de su territorio está en Europa. Desde la proclamación de la República en 1923, con el líder Mustafá Kemal Ataturk al frente, ha mirado con insistencia hacia el Oeste y ha conseguido formar parte de sus principales instituciones (la OTAN, la OSCE o el Consejo de Europa).
Pero, aunque su cabeza pretenda ser occidental, su corazón es islámico, ya que casi la totalidad de su población, más de 70 millones de personas, es musulmana.
Separación
El laicismo del que tanto se hace gala en Turquía no significa un abandono de su credo ancestral, sino una estricta separación entre política y religión. Sin embargo, lo que debería ser un punto a su favor despierta no pocos recelos entre la población y muchos líderes de Europa.
Tanto dentro como fuera de sus fronteras se recuerda que el actual primer ministro, Recep Tayip Erdogan, lidera un partido islamista y que en diciembre de 1997 hizo gala de ello, arengando a sus seguidores con la siguiente frase: «Las mezquitas son nuestros cuarteles. Las cúpulas, nuestros cascos. Los minaretes, nuestras bayonetas. Y los creyentes, nuestros soldados».
El ejército, máximo garantedel secularismo e institución mejor valorada en Turquía, sospecha que detrás de su fachada conciliadora hay un plan oculto para islamizar el país. Los miedos del sector castrense se desbordaríansi Erdogan saliera elegidopresidente de la Repúblicaen el Parlamento la próxima primavera boreal, pero a día de hoy no parece que el ejército, que ya dio tres golpes de Estado, vaya a salir de sus cuarteles.
Desde Bruselas, los temores van por otro lado. Turquía es un hueso duro de roer, que adopta una postura innegociable en la mayor de las cuestiones: Chipre. La UE le ha instado repetidamente a que aplique el protocolo aduanero y abra sus puertos y aeropuertos a Nicosia, con la que no mantiene relaciones diplomáticas desde 1974, pero Ankara exige antes que se levante el aislamiento de la parte norte de la isla.
Turquía es un pueblo orgulloso, y en la mente de muchos persiste la imagen de su glorioso Imperio Otomano. Todo ello, unido a la cercanía de la cita con las urnas en 2007, hace prever un cese en las conversaciones de entrada, antes incluso del último Consejo Europeo del año en Bruselas.
El Partido de los Trabajadores del Kurdistán (PKK), liderado en la sombra por el condenado a cadena perpetua Abdulá Ocalan, declaró un alto el fuego el pasado 1 de octubre, pero los choques han continuado y nadie atisba una solución a corto plazo. Además, Ankara teme que los insurgentes kurdos aprovechen la situación de preguerra civil y el federalismo en Irak para levantarse de nuevo en armas y proclamar un Estado independiente en la frontera entre los dos países. Precisamente, la zona de mayoría kurda de Turquía y el este del país en general constituyen un mundo aparte. En la Anatolia profunda, los censos no existen, las mujeres, en su mayoría, van tapadas de los pies a la cabeza y los crímenes de honor, disfrazados muchas veces como suicidios, se suceden casi a diario.
Dejá tu comentario