Impulsado por cambios en el consumo, estética aspiracional y un déficit estructural de oferta a nivel mundial, el pistacho dejó de ser solo un sabor premium y comenzó a consolidarse como una oportunidad productiva en San Juan bajo modelos de inversión gerenciada.
Según datos de la Red Nacional de Estudio de los Pistachos en la Argentina la superficie implantada se multiplicó por cinco en los últimos cinco años y ya supera las 10.000 hectáreas.
Durante años, el pistacho ocupó en la Argentina un lugar marginal dentro del consumo masivo. Asociado a heladerías premium, pastelerías de especialidad y propuestas gourmet, era percibido como un ingrediente importado, caro y ocasional. Sin embargo, en los últimos tiempos, ese fruto seco empezó a protagonizar un fenómeno mucho más amplio que excede lo gastronómico y se proyecta sobre la economía real: el pasaje de tendencia cultural a oportunidad de inversión productiva.
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El proceso no estuvo motorizado por grandes campañas publicitarias, sino por una adopción orgánica desde abajo hacia arriba. La pastelería artesanal, el café de especialidad y el ecosistema foodie urbano fueron los primeros territorios donde el pistacho ganó visibilidad. A la par, el llamado “verde pistacho” se consolidó como código estético vinculado a bienestar, naturalidad y una sofisticación sin ostentación. Antes de ser una estrategia de marca, el pistacho ya era conversación cultural.
Ese recorrido local se inscribe dentro de un fenómeno global más amplio. De acuerdo con datos citados por la FAO y el International Nut and Dried Fruit Council (INC), el mercado mundial del pistacho viene creciendo de manera sostenida, impulsado por el consumo de frutos secos considerados funcionales y de perfil saludable. Según el informe HCM Trends Connections – Pistacho, el disparador simbólico más reciente fue la viralización del llamado chocolate Dubái en TikTok, que superó los 120 millones de visualizaciones y generó subas de precios superiores al 50% interanual en mercados mayoristas internacionales.
De la cocina al feed: cómo se construyó la pistachomanía
Las redes sociales jugaron un rol central en la expansión del fenómeno. TikTok e Instagram funcionaron como amplificadores de recetas virales, contenidos ASMR y una estética aspiracional asociada al pistacho como objeto de deseo. No hubo una figura única que detonara la tendencia, sino una suma de microcreadores, marcas pequeñas y consumidores que construyeron el relato de forma distribuida.
Según DataReportal 2024, más del 80% de los usuarios de redes sociales en la Argentina consume contenidos gastronómicos de manera habitual. En ese entorno se viralizaron chocolates rellenos, croissants, rolls, helados y bebidas con pistacho, al mismo tiempo que se consolidó una narrativa visual vinculada a diseño, lifestyle y lujo cotidiano.
A diferencia de otros mercados, en la Argentina el pistacho no desplazó sabores identitarios, sino que se fusionó con ellos. Dulce de leche con pistacho, chocolates rellenos o helados combinados muestran una lógica de consumo que no abandona su identidad, sino que absorbe lo global y lo traduce a un lenguaje local. La heladería artesanal, además, jugó un rol clave como espacio cultural: más que un comercio, funciona como ritual urbano, paseo y escena social, lo que volvió al pistacho visible en la calle y no solo en nichos gourmet.
Ese proceso tuvo impacto directo en el consumo. En 2025, el pistacho se ubicó en el cuarto lugar del ranking de sabores más pedidos en heladerías artesanales del país, según una encuesta de la Asociación de Fabricantes Artesanales de Helados y Afines (AFADHYA). Para las marcas, su adopción implicó diferenciación inmediata, posicionamiento premium sin elitismo, alta fotogenia para redes y la posibilidad de subir el ticket promedio en un contexto económico desafiante.
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La demanda mundial de pistacho crece a un ritmo promedio del 6,5% anual desde hace más de dos décadas.
Cuando la tendencia se vuelve negocio: inversión, agro y dólares
El mismo fenómeno cultural que impulsó el consumo empezó a atraer la atención de inversores.. Recientemente AgroFides anunció el lanzamiento de La Memita, un proyecto de producción gerenciada de pistachos en la provincia de San Juan, bajo un modelo de fideicomiso agrícola de largo plazo. La iniciativa contempla en esta primera etapa el desarrollo de 100 hectáreas productivas, con posibilidad de escalar, y permite la participación de inversores desde u$s30.000, con un retorno estimado de entre 14% y 20% anual en dólares una vez iniciada la cosecha.
“Detectamos una creciente demanda por inversiones alternativas ligadas a la economía real, como complemento a los instrumentos financieros tradicionales. Argentina tiene condiciones diferenciales para captar ese capital: activos productivos, producción contraestacional y capacidad de escalar proyectos con gestión profesional”, explicó Juan Ignacio Ponelli, fundador y CEO de AgroFides. “El pistacho permite integrar esos factores en una inversión de largo plazo con proyección global”, agregó.
Desde el punto de vista económico, el atractivo del cultivo se apoya en fundamentos estructurales. La demanda mundial de pistacho crece a un ritmo promedio del 6,5% anual desde hace más de dos décadas, mientras que la oferta avanza a un ritmo menor, cercano al 5% anual. Esa brecha proyecta un déficit estructural superior a las 250.000 toneladas en los próximos 10 a 15 años, un escenario que favorece la estabilidad de precios y refuerza su perfil como activo productivo de largo plazo.
A eso se suman barreras de entrada altas, tanto por requerimientos técnicos y climáticos como por el nivel de inversión inicial. En ese contexto, San Juan aparece como una región estratégica por sus condiciones agroclimáticas y la ventaja de la producción contraestacional, un factor clave para abastecer mercados internacionales.
El modelo de AgroFides apunta a inversores que buscan renta pasiva, diversificación en activos reales ligados al dólar y baja correlación con los mercados financieros tradicionales. Todo el proceso, desde la plantación hasta la comercialización, es administrado por la compañía, sin requerir dedicación por parte del inversor.
Lo cierto es que más allá de la tendencia, ahora el desafío pasa por sostener el equilibrio. Si el pistacho logra evitar la saturación y mantener valor, puede consolidarse como un cultivo con proyección real y no solo como una moda pasajera. Para productores e inversores, el tiempo dirá si el entusiasmo cultural se traduce en un negocio estable.
En ese cruce entre consumo, agro e inversión, el pistacho empieza a jugar un partido distinto: menos ligado a una moda y más a la capacidad de construir escala, previsibilidad y dólares genuinos en una economía que los necesita.
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