A diferencia de lo que pasa con textiles y neumáticos, la competencia importada no representa una amenaza para la producción nacional, aseguran los expertos. Cuál es el perfil de este tipo de consumidor.
De los viñedos de España llega el 13,6% de las botellas de vino importado en Argentina. El 52,6% viene de Chile.
El fuerte salto que registraron las importaciones de vino embotellado en la Argentina durante 2025 -con un crecimiento interanual superior al 300%- aparece, en una primera lectura, como una potencial amenaza dentro de una industria golpeada por la caída del consumo interno, la retracción de las exportaciones y el aumento de costos dolarizados.
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El contexto actual de la industria argentina induce esa interpretación. Sectores como textiles, neumáticos y acero, atraviesan un proceso de crisis agravado por la competencia importada que ingresa a precios subsidiados desde mercados asiáticos.
Sin embargo, pese a un escenario propio complicado, la actividad del sector vitivinícola, al menos por ahora, no sufre impacto negativo por el incremento de las importaciones.
Sus propios protagonistas relativizan el impacto y coinciden en un punto central: lejos de representar un peligro para la producción nacional, el ingreso de etiquetas extranjeras se posiciona como un complemento del consumo local dentro de un mercado cada vez más segmentado y orientado a nichos de alto valor.
Los datos oficiales del Instituto Nacional de Vitivinicultura (INV) muestran que en 2025 se importaron 12.934 hectolitros de vino fraccionado, lo que implica un incremento del 339,6% respecto de 2024.
Traducido a un ejemplo cotidiano, ese volumen equivale a cerca de 1,3 millones de litros de vino o a unas 970.000 de las tradicionales botellas de tres cuartos.
Para dimensionar las cifras hay que tener en cuenta que en 2025 las ventas totales de vino embotellado en el mercado interno fueron de 484.722.400 litros, según los datos del INV.
ORIGEN DE LAS IMPORTACIONES DE VINOS
Origen de las importaciones de vinos embotellados en 2025, según el INV.
El organismo también detalla que Chile concentra el 52,6% de los envíos, seguido por España con el 13,6% y otros países como Francia, Italia y Brasil en participaciones menores.
Se trata, en su mayoría, de vinos fraccionados destinados a segmentos específicos, con fuerte presencia de varietales y espumosos, lo que confirma el sesgo hacia categorías premium.
El factor “novedad” en el consumo de vinos
“Ese aumento que refleja el INV, del orden del 340% interanual, es real. Pero hay que tener en cuenta que las importaciones fueron inusualmente bajas en 2023 y 2024”, explica Ramiro Barrios, experto en comercio exterior de la industria vitivinícola y referente de la cámara Bodegas de Argentina, en diálogo con Ámbito.
“Fueron años de importaciones de menos de 3.000 hectolitros. En 2025 estamos hablando de casi 13.000 hectolitros”, agrega.
El especialista introduce, además, una perspectiva histórica que relativiza el salto reciente. “Hubo otros años de niveles de importaciones altos, como 2011 o 2017. Si se mide con respecto a esos otros años, el crecimiento de 2025 es menor, entre un 60% y un 70%”, señala.
La clave, según Barrios, está en la escala. “A pesar del aumento de 2025 podemos afirmar que la cantidad de vino importado es baja”, sostiene. Y amplía: “Otros países productores, como Brasil, Estados Unidos o Alemania, tienen una producción interna que no alcanza a cubrir toda la demanda. En Argentina, en cambio, la importación de vino no ha sido muy frecuente”.
Ese carácter excepcional responde, en gran medida, a factores estructurales. “Por un lado, por las trabas que hubo tradicionalmente para la importación, que hacían difícil pensar en traer vinos extranjeros”, explica el especialista, marcando una diferencia clave con otros mercados donde la convivencia entre producción local e importada es habitual.
El cambio reciente se vincula, según su mirada, con una combinación de mayor previsibilidad macroeconómica y transformación en los hábitos de consumo. “En estos últimos años, donde hubo una mayor estabilidad del tipo de cambio y las importaciones se han podido realizar con un poco más de normalidad, es normal que haya algún tipo de incremento en las importaciones”, afirma Barrios.
Sin embargo, el dato más contundente para dimensionar el fenómeno es su incidencia en el consumo total. “El porcentaje con respecto al consumo en el mercado doméstico es marginal. En 2025 no llegó ni a las dos décimas porcentuales. Fue de 0,17% del total”, subraya.
En ese marco, el perfil de los productos importados resulta determinante. “Las marcas y los vinos que se importan son premium y de alta gama”, detalla Barrios. Y agrega: “Compiten más por ser una novedad, por tener un origen distinto, que por precio o volumen”.
Qué buscan las bodegas extranjeras en Argentina
La misma visión comparte Santiago Galli, consultor y especialista en comercio exterior de vinos, quien describe -en diálogo con Ámbito- un mercado en plena transformación. “Las cifras de crecimiento porcentual son tan altas porque la base es muy chica. Simplemente por eso”, señala.
Para Galli, el fenómeno responde también a una estrategia de posicionamiento por parte de las bodegas internacionales. “No es que estén buscando volumen porque realmente hoy es un segmento muy, muy chico”, aclara.
“Veo que cada vez hay más bodegas que son filiales de otros países y están empezando a importar algunas cosas de afuera. Otras son bodegas que hace tiempo querían ingresar a Argentina para tener presencia porque ven que el consumo per cápita es alto, aunque no esté en su mejor momento”, explica.
Desde esta perspectiva, las importaciones aparecen más como una herramienta de diversificación que como un factor de competencia directa. “Yo no creo que el vino importado sea una amenaza para el vino argentino porque el vino argentino va a seguir dominando. La calidad es excelente. Las bodegas, la innovación, las inversiones que hay, son tremendas”, sostiene Galli.
Cuáles son las preferencias del consumidor de vino importado
El comportamiento del consumidor explica buena parte de esta dinámica. “El consumidor a veces busca replicar experienciasque tiene cuando viaja a otras regiones. Y el vino es una de las cosas más difíciles para traer en una valija”, describe. En ese sentido, la disponibilidad local de etiquetas extranjeras permite cerrar esa brecha.
Barrios coincide con esa lectura y profundiza en el perfil del público objetivo. “Los consumidores de gama media-alta y alta son personas que normalmente viajan por el mundo, que toman vinos extranjeros y que están interesados en probar otros vinos”, señala.
Galli, por su parte, propone una segmentación más precisa. “Al consumidor argentino yo lo dividiría en dos: el que es conocedor y ha viajado y sabe exactamente lo que quiere, y el que está explorando, que conoce mucho del vino argentino pero no conoce de vinos de afuera”, explica.
En ambos casos, el interés por la novedad aparece como motor de la demanda. “Veo mucho interés en probar vinos icónicos, como un Rioja, Ribera del Duero o un Chianti clásico”, detalla. Y agrega: “También noto mucha sorpresa cuando prueban espumantes como un Prosecco o un Champagne que no sean de las típicas marcas”.
El fenómeno también se apoya en cambios en la estructura de precios. “Los vinos importados están llegando a precios accesibles si uno los compara con el pasado”, afirma Galli.
“Antes llegaban etiquetas icónicas que eran premium afuera y terminaban siendo muy caras acá. Ahora se achicó la brecha entre importados buenos y vinos premium”, explica.
Ese cambio está directamente vinculado con el contexto macroeconómico. “El tipo de cambio actual claramente ayuda porque da previsibilidad”, señala.
Y detalla un aspecto operativo clave: “Los plazos de entrega, sobre todo cuando uno trae vinos de Europa o Australia, son de dos meses y medio. Más la distribución, son tiempos bastante largos”.
Ampliar la torta de consumo para poder crecer
En este escenario, el ingreso de vinos extranjeros también cumple un rol cultural. “Facilitar el acceso a etiquetas que acá no podemos conseguir es algo atractivo”, afirma Galli. Y agrega una mirada más amplia: “Hacer más atractiva la propuesta va a hacer crecer la categoría”.
Barrios refuerza esa idea desde otra perspectiva. “Es positivo que los consumidores conozcan, prueben y descubran cosas nuevas. Es parte de lo que siempre se busca”, sostiene. Y concluye: “Esto le hace muy bien al consumo del vino, porque hace crecer la competencia y beneficia al consumidor que existan otras opciones”.
Mientras rubros como textiles, acero o neumáticos enfrentan tensiones por la competencia importada, en el vino la lógica es distinta.
La combinación de una fuerte identidad local, calidad reconocida y diversidad de oferta permite que la industria absorba sin sobresaltos la apertura en este segmento.
“Son volúmenes muy pequeños, muy de nicho”, resume Barrios. Y agrega una definición que sintetiza el consenso del sector: “La producción nacional no sufre ningún tipo de riesgo por esa importación”.
En un contexto de retracción del consumo y presión sobre la rentabilidad, la aparición de nuevas etiquetas extranjeras no altera el equilibrio del mercado, pero sí introduce un factor de dinamismo. La posibilidad de ampliar la oferta, incorporar referencias internacionales y estimular la curiosidad del consumidor aparece como una oportunidad en un escenario desafiante.
“El vino es bebida nacional y es parte de nuestra cultura”, concluye Galli. “Y que aumente el consumo de vinos es muy relevante, no sólo desde el negocio sino también desde lo cultural. Tiene que ver con nuestra identidad”.
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