Hay impuestos cuya carga se ve y otros que viajan escondidos dentro del precio. Ingresos Brutos pertenece claramente al segundo grupo. El consumidor difícilmente pueda identificarlo en una factura, pero lo viene pagando desde mucho antes de llegar al mostrador.
Ingresos Brutos: el impuesto que se multiplica antes de llegar al consumidor y la posible transición hacia su sustitución
Este tributo crece más cuanto más larga es la cadena, porque cada etapa que se agrega es una posibilidad de aplicar el impuesto, a lo que es necesario sumar la incidencia de los regímenes de recaudación. Constituye la mayor fuente de recursos propios de las provincias
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Ingresos Brutos es un impuesto que se acumula desde las etapas previas hasta llegar al consumidor
El problema no es solamente cuánto recauda. Es cómo recauda.
Ingresos Brutos grava, en términos generales, la facturación de cada empresa sin reconocer como crédito el impuesto soportado en la etapa anterior. A diferencia del IVA, que busca alcanzar el valor agregado en cada eslabón, IIBB vuelve a gravar el precio completo cada vez que un producto cambia de manos.
Productor, acopiador, industrial, distribuidor, mayorista, supermercado. Cada operación puede generar nuevamente impuesto.
Ese diseño produce el conocido “efecto cascada”: dentro del precio de una etapa ya existe impuesto pagado en las anteriores y sobre ese nuevo precio vuelve a calcularse el tributo.
Por eso una alícuota nominal del 3%, 4% o 5% no indica necesariamente cuánto IIBB terminó incorporado al precio final.
La diferencia puede ilustrarse fácilmente. Supongamos una cadena con operaciones sucesivas de $100, $130, $160 y $200 y una alícuota uniforme del 3,5%. Las cuatro transacciones generarían $20,65 de impuesto. Si ese mismo 3,5% se aplicara exclusivamente sobre el valor final agregado, la carga sería $7.
El ejemplo es deliberadamente simplificado, pero permite visualizar la cuestión central: el impuesto aumenta cuanto más larga es la cadena.
Esto tiene consecuencias económicas. Una empresa verticalmente integrada puede soportar menos imposición que otra que terceriza transporte, almacenamiento, procesamiento o comercialización. El sistema tributario termina influyendo sobre cómo se organiza una empresa, aunque ambas alternativas sean igualmente eficientes.
En las cadenas agroindustriales el fenómeno resulta particularmente visible. Producción, acondicionamiento, almacenamiento, transporte, industrialización y comercialización pueden constituir operaciones distintas. Parte del impuesto soportado durante ese recorrido queda incorporado al costo del producto e incluso puede alcanzar indirectamente bienes que finalmente serán exportados.
Pero existe una segunda dimensión del problema.
El impuesto que se paga antes de deberlo
Al IIBB determinado se agregaron durante años numerosos sistemas de percepción y retención: SIRCREB sobre cuentas bancarias, retenciones de clientes, percepciones de proveedores y diferentes regímenes interjurisdiccionales.
Su finalidad es comprensible: asegurar la recaudación.
La dificultad aparece cuando esos pagos anticipados superan sistemáticamente el impuesto que posteriormente determina el contribuyente.
El último relevamiento de la Unión Industrial Argentina ofrece una dimensión del fenómeno. Sobre solamente 137 empresas encuestadas, los saldos a favor de IIBB acumulados a marzo de 2025 alcanzaban $98.579 millones, unos $719 millones promedio por empresa. La entidad señaló además que esos fondos constituyen capital de trabajo inmovilizado.
En ese escenario el saldo a favor deja de ser exclusivamente un problema tributario y pasa a ser financiero.
La empresa tiene dinero propio en poder del Fisco mientras, eventualmente, debe recurrir al sistema financiero para financiar su giro comercial.
Dicho crudamente: puede estar pagando intereses para obtener recursos mientras simultáneamente presta dinero gratuitamente al Estado.
¿Por qué no se elimina?
Porque existe otra realidad que tampoco puede ignorarse.
Ingresos Brutos constituye la columna vertebral del financiamiento propio provincial. En el primer semestre de 2025 explicó aproximadamente el 78% de la recaudación tributaria propia de las provincias.
Por eso resulta relativamente sencillo demostrar sus defectos económicos, pero mucho más difícil diseñar su sustitución.
IARAF realizó un ejercicio particularmente ilustrativo: para reemplazar íntegramente la recaudación de IIBB manteniendo constantes los recursos provinciales sería necesaria, bajo sus supuestos, una alícuota de IVA provincial cercana al 10,9%, adicional al esquema existente. Si una reducción del gasto financiara el 40% de la pérdida de recaudación, el IVA equivalente para reemplazar el restante 60% bajaría aproximadamente al 6,5%.
El dato obliga a abandonar soluciones fáciles.
Eliminar IIBB y sustituir cada peso perdido por otro impuesto puede mejorar la neutralidad económica, pero no reduce la presión tributaria.
La reforma debería trabajar simultáneamente sobre tres variables: tipo de impuesto, nivel de gasto y distribución de recursos entre Nación y provincias.
Una transición posible
No parece necesario esperar una reforma integral para comenzar.
El primer objetivo podría ser mucho más sencillo: que ningún contribuyente cumplidor acumule estructuralmente saldos a favor.
Con los niveles actuales de información electrónica, las administraciones tributarias conocen facturación, declaraciones juradas, retenciones, percepciones y movimientos bancarios. Resulta técnicamente posible ajustar automáticamente las alícuotas de recaudación cuando el sistema detecta que el contribuyente comenzará a acumular créditos fiscales.
Una segunda etapa debería reducir progresivamente IIBB sobre producción, industria y operaciones intermedias, desplazando la imposición hacia el consumo final.
Y una tercera etapa podría discutir su sustitución por alguna combinación de IVA provincial, imposición sobre ventas finales, fortalecimiento razonable de tributos patrimoniales y reducción del gasto necesario para financiar.
La cuestión no debería plantearse como una disputa entre contribuyentes y provincias.
Las provincias necesitan recursos para prestar servicios públicos. Pero la forma de obtenerlos importa.
Un buen sistema tributario debería recaudar con el menor daño posible sobre la producción, la inversión y la competitividad.
Ingresos Brutos presenta justamente el problema contrario: cuantas más veces circula económicamente un bien, más oportunidades existen para volver a gravarlo.
Quizás allí esté el principio desde el cual comenzar la discusión.
No gravar cuántas veces un producto cambia de manos, sino la capacidad contributiva o el valor generado.
Y, mientras esa reforma llega, incorporar una regla mucho más elemental: el Estado no debería recaudar anticipadamente más impuesto del que el contribuyente finalmente debe pagar.
(*) Contador público. Tributarista. Estudio Tristán y Asoc.


