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5 de noviembre 2008 - 00:00

Bernanke reparte dinero desde el helicóptero. Aún no se baja

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Es una bocanada de oxígeno. La calma retornó a los mercados. Tanto que ayer recibieron los comicios presidenciales de los EE.UU. con gran despliegue de fuegos de artificio. Saber que las ventas de automóviles se desplomaron en octubre -tras el derrumbe de setiembre- no empañó el mejor ánimo. Esta tregua es la mansedumbre por la que bregaron las autoridades de todo el mundo, sin ahorrar esfuerzos desde la debacle de Lehman Brothers, a lo largo de siete difíciles semanas. Como aconteciera con la calma pos Bear Stearns ya hasta hay quien arriesga que «lo peor de la crisis pasó». Con la misma escasez de evidencia que entonces, eso debería ser obvio, aunque ojalá que con distinta fortuna.

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Es hora también de un merecido descanso para la Reserva Federal. Ninguna institución trabajó más a fondo para enderezar, una y otra vez, la situación. Corriendo, cuando hizo falta, los propios límites convencionales de su accionar. En soledad o con estrecha colaboracióndel Tesoro y de otros bancos centrales, dentro y fuera del G-7. Que la Fed decida tomarse ese descanso, desde ya, es harina de otro costal.

Tan sólo al día siguiente de la bancarrota de Lehman, apagó el incendio de AIG -la mayor compañía de seguros; por ende, una firma completamente ajena a su jurisdicción-. Como prestamista de última instancia, la asistió de urgencia con 85 mil millones de dólares. Desactivó así (junto con otros refuerzos posteriores) el derrumbe del mercado de Credit Default Swaps (CDS). Si los trastornos causados por el estallido de un artefacto convencional quedarán grabados a fuego en la historia financiera -por caso, los pagarés incumplidos de Lehman en cartera de los fondos de money market-, qué se hubiese podido escribir si la Fed no quitaba de la santabárbara a los contratos de cobertura vendidos por AIG.

En el otro extremo del arco, siete semanas después, apagó el incendio de una probable crisis cambiaria. Para ello, no dudó en romper otro molde: se aventuró a prestar sus dólares a cambio de moneda local, más allá de la frontera del G-10. Entre otros, Brasil y México se pusieron bajo el ala del programa de swaps de la Fed con un cupo de asignación individual de 30 mil millones de dólares. Son 14 países ya los que tienen acceso. Truncar la apreciación desenfrenada de las monedas de financiación -en concreto, el dólar y el yenfue un bálsamo oportuno para moderar la vorágine de la liquidación de activos de riesgo. Y tal efecto, una pieza angular de la tregua en vigencia.

  • Resurrecciones

  • Las intervenciones apuntadas son sólo dos botones recientes de muestra. Desde que el volcán de la crisis entró en erupción, en agosto de 2007, la Fed desplegó todo el arco de maniobras de un banco central,-convencional o no. Resucitómodalidades en desuso y creó nuevas reglas ad hoc cuando hizo falta. Comenzó con un baño de liquidez y reticencia a bajar las tasas ( tratando de eludir el put de Greenspan). Pasó, a mediados de setiembre de 2007, a una reducción directa de tasas de interés que, más tarde, se tornaría agresiva. Ensayó -ante el fracaso en arrimar candidatos a la ventanilla de redescuentoscon novedosas formas de asistencia. Alquilar su propia hoja de balance fue una extensión natural. La Fed se avino a cambiar la composición de sus activos. Entregó liquidez y títulos del Tesoro y tomó a cambio los instrumentos riesgosos que los bancos necesitaban financiar. O sea prestó sus recursos de calidad (que escaseaban) contra garantías de dudoso pelaje. Cuando ocurrió el salvataje de Bear Stearns, habilitó el acceso de los bancos de inversión a su red de asistencia. E inauguró -en una operación de naturaleza cuasi fiscal- su primer vehículo especial de inversión donde alojó la cartera explosiva de Bear Stearns (fondeado con mil millones de dólares de JP Morgan Chase y casi 29 mil millones de redescuentos propios). No sólo los bancos de inversión, también compañías de seguros como AIG y las agencias patrocinadas por el gobierno fueron autorizadas a repostar en la Fed.

    Después de Lehman, el tamaño de la hoja de balance de la Fed, literalmente, explotó. El crédito se paralizó. Desde los pagarés empresarios hasta la plaza interbancaria. Si la tensión no desbordó fue porque se puso el problema al hombro. Sin titubeos.

    Después de Lehman, Ben Bernanke justificó su mote. Se trepó resuelto al helicóptero; ya van ocho semanas, y no se bajó. Cuando la crisis irrumpió en agosto de 2007, los activos de la Fed sumaban 855 mil millones de dólares. Cuando comenzó 2008, con la relajación de la política monetaria, habían crecido a 908 mil millones de dólares. Al 10 de setiembre último, cinco días antes del final de Lehman, se mantenían en 906 mil millones de dólares (a pesar de que las tasas cortas ya habían sido podadas a 2%). Desde entonces, menos de dos meses después, la Fed dobló el volumen de sus activos y aun así no logró compensar el daño real provocado por el descontrol de la crisis. Bernanke comandó un aumento de más de un billón de dólares en su balance: se pasó de 906 mil millones a 1,95 billones de dólares. No todo se explica por crédito interno. Los swaps cambiarios crecieron en 443 mil millones de dólares; el remanente -604 mil millones de dólares- sí obedece a un incremento de activos domésticos. Incluyendo los 145 mil millones de dólares de pagarés corporativos que descansan en el segundo vehículo de inversión que adorna las vitrinas de la Fed.

    Quien piense que esta explosión es inflacionaria, debería pedir una segunda opinión. Que consulte en General Motors como es que habiendo caído 39% el precio de la nafta al surtidor en el último trimestre, las ventas de octubre se precipitaron 45% (año contra año).

    ¿Qué hará la Fed mientras dure la tregua? ¿Tocará tierra el helicóptero de Bernanke? Después de todo, ya cumplió con el mandato de Milton Friedman. Esto es evitar, a toda costa, la contracción de la oferta monetaria. Convendría, sin embargo, no apostar por un temprano retiro a cuarteles de invierno. Más allá de la mejoría ostensible de todos los indicadores del mercado monetario -los diferenciales de tasas de interés, el volumen de colocaciones netas de pagarés o el propio costo de los CDS bancarios-, la Fed tratará de tomar partido de una coyuntura benigna -cuya vigencia nadie puede garantizar- para machacar con su receta. Tomando en cuenta la ampliación estacional de la ventanilla TAF ( pensada para resolver eventuales cuellos de botella en la liquidez de fin de año) su hoja de balance bien podría acercarse a los 3 billones de dólares cuando comience 2009. Richard Fisher, el titular de la Fed de Dallas, ayer, convalidó esa cifra. No son tiempos de dejar las tareas a medio hacer.

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