China ¿la bondadosa?

Opiniones

China es el prestamista bilateral más grande de África. La característica saliente es el vínculo para con la explotación de los recursos naturales.

El gobierno de China, el prestamista bilateral más grande de África, confirmó la condonación de la deuda de 17 países del continente por 23 préstamos sin intereses que vencían a finales de 2021. Como si fuera poco, redireccionó 10.000 millones de dólares de sus reservas del Fondo Monetario Internacional a las naciones del continente. Ello no es una novedad: desde el año 2000 hasta la actualidad, China otorgó más de 200 mil millones de dólares en préstamos a los gobiernos africanos y sus empresas estatales, la mayoría a través de líneas de crédito y financiación para el desarrollo.

Aunque los detalles del alivio anunciado no se conocen – tampoco el monto o los países beneficiarios -, el precedente nos dice que seguramente el gigante asiático examinará caso por caso y diseñará estrategias específicas con cada país. La reducción de la deuda, el aplazamiento de los pagos del préstamo, el refinanciamiento y la reestructuración de la deuda, son políticas comúnmente utilizadas por el gobierno chino hacia la región: solo para citar un ejemplo, en 2018 China acordó una reestructuración de la deuda con Etiopía, incluido el préstamo de 4 mil millones de dólares para el ferrocarril Addis-Djibouti, extendiendo los plazos de reembolso a 20 años.

La situación no parece requerir un análisis complejo: hace años la intención de China es que África considere a Beijing como su socio de desarrollo estratégico de largo plazo, la potencia a la cual acudir para obtener inversiones y generar dinámicas de acumulación de capital.

Para China, África posee dos ejes principales de interés, los cuales se encuentran intrínsecamente concatenados. Por un lado, el continente desempeña un papel importante en la Ruta de la Seda, un proyecto mundial de infraestructuras para interconectar los países en desarrollo y desplazar el centro de la economía mundial hacia el este. Bajo este marco, se encuentran beneficiadas áreas tan diversas como la comercial, la sanidad, la infraestructura, y diversas industrias manufactureras y de servicios. En este aspecto, con mayor o menor ‘efecto derrame’, el objetivo chino se encuentra cubierto.

Sin embargo, la característica saliente es el vínculo para con la explotación de los recursos naturales. El comercio, los préstamos y las inversiones chinas en África, se encuentran firmemente articulados por el eje estratégico chino de garantizarse el abastecimiento de alimentos, materias primas y combustibles.

A ello debemos adicionarle metas secundarias, de baja rentabilidad económica de corto plazo, pero de relevante gesto político para estrechar lazos con la región y, sobre todo, desplazar otros actores estatales: desde la inmigración china con la consecuente implantación de población y los vínculos con la metrópoli; el desarrollo socio-económico a través de créditos y préstamos preferenciales para la construcción de Hospitales o la provisión de insumos y entrenamiento a los agricultores de África; el ‘reconocimiento de marca país’ - por ejemplo con la cancelación de deuda para 15 países africanos por valor de 114 millones de dólares durante la pandemia en 2020 -; o mismo el apoyo militar – con todas las implicancias geopolíticas y el dinamismo de la industria de la defensa que ello conlleva -, en la lucha (“en apoyo a la paz y la seguridad de África”) contra el terrorismo. Por supuesto, siempre desde una ‘perspectiva africana’.

En este sentido, el presidente chino, Xi Jinping, insistió en que la inversión china no conlleva compromisos políticos, sino que busca el desarrollo del continente: "Prometemos que no habrá ninguna interferencia en los asuntos internos de los países africanos, ninguna imposición, ningún compromiso político, ninguna búsqueda de beneficios políticos egoístas".

Por supuesto, este es un tiro por elevación a todos los diversos modos de ‘imperialismo occidental’. Aunque más directo fue el Ministro de Relaciones Exteriores, Wang Yi, quien puntualizó que espera que África, junto a China puedan actuar juntas “especialmente frente a las diversas formas de prácticas hegemónicas y de intimidación para salvaguardar, de este modo, la equidad y la justicia internacionales”.

Es que China no tiene relaciones de subordinación semicolonial sobre otros países, además de carecer de los atributos de hegemonía cultural con los que los estadounidenses y europeos introdujeron en el pasado elementos ‘consensuales’ en su dominación sobre regiones como la africana. Por ende, el llamado Consenso de Beijing suele ser presentado como ‘más amigable’ que el Consenso de Washington. Y aquí hay una verdad irrefutable: los Bancos de desarrollo chino no imponen condicionalidades políticas como las instituciones financieras internacionales, como es el caso del FMI o el Banco Mundial.

Por supuesto, lejos podríamos estar de afirmar que China es un “actor benevolente”, ya que el ‘perdón de la deuda’ implica la asunción de otros compromisos: por ejemplo, la firma de contratos a cambio de la concesión de derechos de explotación de materias primas. Por otro lado, África importa ingentes cantidades de manufacturas y bienes de capital, generando un déficit comercial de difícil reversión. A ello hay que agregarle que las inversiones chinas están en su mayor parte orientadas a la producción y transporte de esos productos. Y si además le adicionamos que los préstamos se encuentran destinados, en buena medida, a financiar esas inversiones o empresas que compran productos chinos, el combo de beneficios para China es envidiable.

Eso lo sabe Estados Unidos y lo grita a los cuatro vientos cada vez que puede atacar a su rival geoestratégico oriental – aunque con una discursiva quirúrgica, para no herir más de lo que están las susceptibilidades chinas que puedan hacer tambalear el sistema financiero internacional -: “Los países africanos deben tener cuidado con estas inversiones para no perder su soberanía, el control de sus propias infraestructuras y de sus recursos".

Es que, desde el lado occidental de la resurgida cortina de hierro, insisten en que la relación reproduce el esquema decimonónico de intercambio de materias primas por industria y de inversiones en la infraestructura vinculada con la explotación de los recursos primarios. Y estas inversiones se caracterizan por la escasa transferencia tecnológica y la coacción para la contratación de empresas chinas para llevar adelante estos proyectos (además de proveer los insumos y materiales), la obligación de comprar productos chinos, o la participación de las empresas chinas como adjudicatarias en los proyectos, reforzando el desplazamiento industrial de la región, y acentuando el proceso de reprimarización.

Por supuesto – y esto es algo que no es políticamente correcto mencionarlo -, la responsabilidad de esta situación no es, por cierto, completamente de China, sino también de los gobiernos africanos que no aprovechan los recursos para articularlos con un sólido programa de industrialización endógeno, negociar transferencia de tecnología, o exigir asociaciones de los capitales chinos con empresas locales. Después de todo, eso es lo que hicieron los países asiáticos que crecieron en décadas pasadas, y lo que hacen los chinos hoy. Sin embargo, hay que sincerarse: no es fácil discutir con el ‘papá que todo lo puede’ y, sobre todo, ‘el que da el dinero que se necesita’.

En el mientras tanto, China se limita a responder en base a la reivindicación de su defensa del multilateralismo frente al unilateralismo y proteccionismo que ‘emana occidente’, asegurando que las relaciones que mantiene con África son un modelo de cooperación Sur-Sur. Ese marco teórico centro - periferia que las democracias capitalistas del norte potenciaron, y ahora aborrecen bajo el actual escenario sistémico complejizado de ‘guerra fría’ bipolar.

En este aspecto, Beijing se ha comprometido a aumentar el comercio con África y ha llegado a acuerdos con 12 países del continente para eliminar los aranceles del 98% de los productos que exportan a China. Más aún: los chinos sacan a relucir las estadísticas, el dato cuantitativo irrefutable: los responsables de la gran mayoría de la deuda en la que están atrapados los países del sur son los gobiernos occidentales, las instituciones financieras, los bancos y los fondos buitre. Y no China.

Y así podríamos continuar infinitamente: dentro del entorno de las ciencias sociales, podemos buscar permanentes reposicionamientos, golpes bajos de uno y otro lado, con la flexibilidad y las verdades relativas que una ‘ciencia no exacta’ nos permite. Sobre todo, en este mundo donde la historia la escriben los que ganan; y como ya sabemos, principalmente bajo el discurso hegemónico de los medios de comunicación occidentales, los cuales todavía dominan nuestras latitudes.

Podríamos entonces finalizar sobre cómo conviene posicionarnos ante este contexto no menor; o siendo más concisos, qué política de Estado deberíamos tener para proyectarnos bajo una consistente y beneficiosa lógica global. Podríamos pensar que el pragmatismo, el análisis quirúrgico y, sobre todo, la acción inteligente, serían las mayores virtudes que deberíamos tener en nuestra ya complicada ‘tercera posición’. Parece fácil, pero no lo es. Sobre todo, mientras nuestras miserias domésticas nos siguen obstaculizando el poder comprender la relevancia estratégica de un mundo dinámico que sigue girando.

Economista y Doctor en Relaciones Internacionales. Twitter: @KornblumPablo

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