Opiniones

¿Adiós al paradigma chileno?

Para los liberales argentinos Chile representaba un éxito posible, para los progresistas el símbolo de la desigualdad. El dilema que enfrentan los trasandinos: qué hacer con el modelo.

Mientras en el debate presidencial José Luis Espert enumeraba los países que Argentina tenía que copiar, en Chile se instauraba un segundo toque de queda después de once muertos y el presidente Sebastián Piñera aseguraba que su país estaba “en guerra”. Tanques, soldados, gases lacrimógenos y palos en las calles. Espert diluyó el -antes hegemónico- ejemplo chileno mezclándolo con varios otros países.

Aun cuando la derecha local se haga la distraída, la clase media argentina está observando a los caceloreros de Las Condes en medio del caos: no más jubilación privada, no más salud privada, no más abusos, no más aumentos.

La coyuntura chilena nos habla de un presidente que asumió sólo para detener las reformas de Michelle Bachelet. La impositiva, la previsional y la educativa. Y no sólo eso: convirtió a la primera en exenciones impositivas por u$s800 millones para el 1% más rico. Para peor, la ministra de Educación enfrenta en juicio político por cajonear la aplicación de la Ley que recortaba el negocio de la educación universitaria. Y el poder ejecutivo también ató la aprobación del aumento de jubilaciones (que viene con la reforma) a que le aprueben el recorte de impuestos para el 1%.

Cuando el 6 de octubre, por segunda vez en el año, se volvió a subir el pasaje de subte, los ministros del gabinete de millonarios de la coalición gobernante parecía que competían por cuál hacía las declaraciones más frívolas e hirientes, del estilo “el aumento son dos pizzas” que hizo un ex ministro de Hacienda de Cambiemos, también millonario.

Rápido de reflejos, Andrónico Luksic, el hombre más rico de Chile (con un patrimonio que es el doble del de Paolo Rocca) salió a despegarse y a criticar a toda la dirigencia. El microclima de las élites trasandinas voló por el aire.

Y el ejemplo del modelo chileno para el resto de la región arde. Pronto será cenizas.

Tanto los liberales como la centro-izquierda argentina han convertido a lo sucedido económicamente en Chile desde 1973 en una caricatura. Ambos bandos silenciaron características clave de ese país. Veamos algunos ejemplos.

¿Qué decidió ignorar la centroizquierda local?

Primero que nada que son los mismos chilenos los que dicen que en su país se vive mejor que hace cincuenta años: una encuesta de Pew Research refleja que ese es el único país de Latinoamérica en el que la mayoría de sus habitantes piensan eso. Y Argentina es donde más se asegura exactamente lo contrario.

Después, la intelectualidad de izquierda chilena acepta que el modelo tiene varios éxitos importantes. El autor del aclamado libro de 1997 “Chile actual, anatomía de un mito”, el sociólogo Tomás Moulian, ha moderado su posición, incluso aceptando que había sido muy pesimista en sus posiciones.

Por último, las mismas estadísticas del Banco Mundial muestran que la desigualdad del otro lado de la cordillera baja sostenidamente década tras década, y se acerca a la desigualdad argentina, que crece. La pobreza tiene la misma tendencia, nuevamente al contrario de nuestro país. Y Chile posee el mejor índice de desarrollo humano de la región.

¿Qué se olvidan los liberales argentinos sobre el ejemplo chileno?

Principalmente que el Estado trasandino le impone límites al saqueo de parte del empresariado. En Argentina ese límite no existe porque los dirigentes liberales son satélites de esa corporación.

Los festivales de endeudamiento de las tres experiencias aperturistas argentinas (Martínez de Hoz, CEMA y Macri) demuestran que no se aprendió nada de las crisis de deuda. En Chile tuvieron la primera experiencia, aprendieron, y el endeudamiento estatal se mantiene siempre muy bajo.

La empresa que explota el mayor recurso natural de Chile, CODELCO, nunca fue privatizada ni hay ningún proyecto en ese sentido. Esta es una de las razones por la que los impuestos se pueden mantener bajos: el Estado chileno tiene buena parte del ingreso del cobre. Muy diferente a lo que hicieron los economistas cavallistas y del CEMA con YPF.

Las administradoras privadas de pensión chilenas siempre estuvieron en los directorios de las empresas donde son accionistas. Las AFJP argentinas, nunca. Acá nadie defendía a los cotizantes cuando se realizaban fraudes con los fondos. Y, después de la estatización del sistema, cuando la ANSES comenzó a nombrar directores, los liberales gritaron que era una intromisión en las empresas (como si trabajadores y jubilados no pudiesen tener voto en las compañías en las que son accionistas).

Por último, el relato de que las reformas pinochetistas desde 1973 fueron las que transformaron Chile hasta convertirlo en el país con más ingreso per cápita de la región es absolutamente falso. Esa primera política económica de Pinochet provocó en 1982 la peor destrucción de riqueza de todo el subcontinente. Ese año, por la crisis de deuda latinoamericana, la región cayó en promedio 4%. Chile cayó 14%.

Lamentablemente, el ejemplo del modelo económico chileno no sobrevivió al binarismo mediocrizante de la discusión política argentina.

Ahora que finalmente ese proyecto queda descartado, podemos decir que hemos aprendido poco y nada de los aciertos y errores de lo que hicieron del otro lado de la cordillera.

Lo que subyace en el estallido chileno es el miedo a cambiar el modelo y perderlo todo. Saben que ese modelo modernizó el país, pero también que los hace vivir constantemente ajustados y peor endeudados, con miedo a enfermarse por los costos de la salud y con no poder acceder a la educación superior.

La derecha chilena seguirá machacando con que cualquier reforma hará que el Jenga se derrumbe. Que es todo o nada. O se toleran los duros costos del sistema o se retrocede cincuenta años. Adiós consumo, adiós estabilidad, adiós modernidad.

La centroizquierda, por su parte, quedó paralizada por el estallido y -otra vez- dividida en cómo restaurar el orden.

Y la ultraderecha de José Antonio Kast aliada a las Fuerzas Armadas avanza casilleros.

Para Chile, el sueño terminó. La pesadilla recién empieza.

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