Uno de los autores que nunca pierden vigencia en la Argentina sigue siendo Marcelo Diamand. Este lúcido empresario e ingeniero de origen polaco supo encontrar las palabras para describir uno de los - sino el- talón de Aquiles del tan anhelado desarrollo argentino. Lo que supo denominar como “la estructura productiva desequilibrada” (1973, Doctrinas económicas, desarrollo e independencia) refería fundamentalmente a la constante demanda insatisfecha de dólares de la economía, aquello que en términos técnicos es nombrado como déficit de cuenta corriente y causante de crisis de balanza de pagos.
La estructura productiva (y social) endeudada
¿A qué se enfrenta la nueva administración? A una estructura productiva desequilibrada, por supuesto, pero también endeudada y con una misma situación desde el punto de vista social.
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¿Por qué puede afirmarse que se trata de una percepción que no pierde vigencia? Para entenderlo, es necesario prestar atención al discurso de varios de los integrantes del Gobierno, pero sobre todo al del ministro de Desarrollo Productivo, Matías Kulfas. Veremos así como los argumentos de Diamand son hoy parte de las herramientas que el equipo de Alberto Fernández entiende útiles para trazar un sendero de desarrollo a mediano plazo.
Dicho discurso se puede ver en las constantes referencias a la escasez de dólares que sufre la Argentina como uno de los nudos estructurales a resolver. Diamand explicó muy bien como el proceso de industrialización y transformación de la matriz productiva que se inició en 1930 (por poner una fecha arbitraria) cargaba con una contradicción central: un sector proveedor de divisas y competitivo, que no requiere de mano de obra intensiva, y un sector demandante de divisas y menos competitivo, pero que genera trabajo formales y mejores salarios reales. Los dos sectores que en su momento describió este autor no eran otros que el agropecuario y el industrial, respectivamente. De esta manera, identificaba el proceso de desarrollo industrial argentino como trunco, pues las diferentes ramas de la industria necesitaban de bienes intermedios y de capital importados para finalizar la producción. Dicha dependencia tecnológica y de insumos generaba una baja competitividad y, a su vez, empujaba a consumir los dólares obtenidos vía exportación del otro sector de la economía. Esto ocurría por los salarios reales al alza o por la canalización de las reservas para favorecer la importación. Así, el aparente ciclo virtuoso de crecimiento llegaba por su propia dinámica a un estrangulamiento que desembocaba en una crisis de balanza de pagos y la incubación de una devaluación.
Este cuadro de situación, pese a ser el de una Argentina del pasado, presenta similitudes y continuidades muy fuertes con el presente. El atraso tecnológico continuo, la desregulación financiera en procesos de endeudamiento externo y la apertura sectorial en sucesivas etapas han profundizado el desequilibrio estructural, con reiterados cracks macroeconómicos. Ahora bien, una de las más importantes cualidades del presente tienen que ver con los efectos que ha dejado la experiencia de los 25 años de valorización financiera (1976-2001), como los ha descrito Eduardo Basualdo. Este proceso ha traído como consecuencias la retirada parcial del Estado en la garantía de bienes públicos de calidad (salud, educación, servicios públicos), la caída en desgracia de distintos sectores productivos, un crecimiento notable de la informalidad en el mercado laboral y una pérdida notable de poder adquisitivo del conjunto de trabajadores y trabajadoras. Gran parte de estos rasgos de la nueva estructura social y económica, marcada por la desintegración del tejido y los lazos sociales (a partir de la heterogeneización de sus condiciones de vida), tuvo como piedra angular al endeudamiento externo que produjo la preeminencia de las finanzas sobre la actividad real. Lo cual lleva a una premisa importante: a la carencia de dólares para sostener un modelo de desarrollo identificada por Diamand, se le sumó la obligación de pagar volúmenes de deuda en moneda extranjera insostenibles.
Sin embargo, en el 2015, si bien persistía la inconsistencia estructural del desequilibrio, el gobierno de Cambiemos se encontró con un ratio deuda/PBI del 40%. Dicho de otra manera, se topó con una Argentina que, más allá de sus persistentes falencias históricas, había dejado atrás el problema del endeudamiento. Dicha ventaja, sea ya por impericia o por haber aplicado el modelo (de especulación y fuga de capitales) a conciencia, fue desaprovechado, dejando al país nuevamente ante una reestructuración de la deuda y con el FMI como auditor de su devenir. Con la salvedad de que hoy hay un contexto distinto al del pasado: gran cantidad de ciudadanos excluidos del mercado laboral formal, salarios y jubilaciones deprimidos, sectores asfixiados y una población crédito-dependiente. Ejemplos de esto fueron los créditos ANSES que muchos jubilados y pensionados utilizaron para cubrir sus necesidades básicas, los créditos UVA que han llevado a sus deudores a dedicarse exclusivamente a su pago (para no declararlos morosos) o la dependencia de los sectores más vulnerables del endeudamiento con las financieras de los barrios. Una suerte de derrame del endeudamiento.
Entonces, ¿a qué se enfrenta la nueva administración? A una estructura productiva desequilibrada, por supuesto, pero también endeudada y con una misma situación desde el punto de vista social. Es por esa razón, en gran parte, que hoy Argentina roza o supera el 40% de pobreza por ingresos, presenta dos dígitos de indigencia y carencia de acceso a bienes y servicios públicos básicos. Esto último ha quedado evidenciado más que nunca con la actual crisis sanitaria del Covid-19, que aunque imprevisible, demuestra la necesidad de volver a entender el presupuesto en áreas como Salud como una inversión. La tarea no será fácil. De todas formas, es conocida la tesis de que en toda crisis, nacen oportunidades.
(*) Sociólogo (UBA) e Investigador.




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