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19 de mayo 2005 - 00:00

¿Cuál es el techo de los precios?

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b) el aumento de precios de los bienes transables en el exterior, cuyos valores vienen determinados en dólares, en los mercados mundiales y no son afectados por nuestras decisiones;

c) las autorizaciones de ajustes a las tarifas que se mantuvieran por debajo de los valores sostenibles a largo plazo, por decisiones gubernamentales, como está sucediendo con servicios públicos. Esos tres cambios de precios relativos elevan los índices de precios.

El poder adquisitivo de los salarios del personal registrado había caído a marzo 2005, según el INDEC, 7% respecto de diciembre 2001, el peor y últimomes de la convertibilidad, deflacionados por el índice de precios al consumidor. Para los trabajadores no registrados la caída era de 28%. Si los asalariados intentaran comprar bienes de la canasta de precios mayoristas su poder adquisitivo se pulverizaría aun más y, por ello, esos consumos les resultan prohibitivos. La demanda interna por habitante, en 2004, era similar a la de 2001, en términos reales, y 14% inferior a la de 1998. Por supuesto, en dólares, cada argentino gastó la mitad que en 2001. Mientras tanto, el mundo sigue andando y los demás habitantes del planeta vieron crecer su ingreso real promedio en 30% respecto del de los argentinos.

Porque sólo se realizan las actividades cuyos beneficios compensan los gastos, esfuerzos y riesgos incurridos. A mayor ámbito de incertidumbre,más numerosas las ocupaciones que dejan de concitar interés y permanecen sin atender. Las alteraciones de las reglas de juego producidas entre 2001 y 2002 dañaron a muchos que confiaron en nuestras autoridades, sistema político y jurídico. Pero los más afectados fueron los más débiles, dejados de la mano por sus presuntos protectores. La desocupación y caída de la producción de los artículos destinados a nuestra gente fueron una consecuencia.

Por el mecanismo descrito, al solidificarse la confianza aumentan la demanda y los incentivos a trabajar e invertir, impulsando los precios internos y los ingresos. Por eso, los países prósperos suelen ser caros. Recordemos el «deme dos», de nuestras bonanzas pasadas.

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