CUENTOS DE LA PANDEMIA XI: "Como luciérnagas en el pulmón de manzana"

Opiniones

Gritos, mensajes, llamadas, escaleras y pasillos alborotados. Un desbarajuste en el edificio y todos se quedan sin luz. Los vecinos se asoman por el pulmón de manzana. ¿Qué puede pasar?

CUENTOS DE LA PANDEMIA es una sección de Ambito.com donde se publican cuentos breves, historias, relatos, crónicas o ensayos de ficción, vinculados a la pandemia del coronavirus Covid-19.

Hace cuatro años que vivo en un departamento interno, sin salida a ninguna calle. Las ventanas dan solamente a un considerable pulmón de edificio. Algo tan triste como oscuro. ¿O por lo oscuro suele ser triste?. Quizá los de arriba de todo no tengan tanto problema, pero la luz nunca baja demasiado al primer piso. Se pierde en esa fuga arquitectónica que veo desde mi ventana cuando quiero mirar al cielo. Por tales motivos, las ventanas no eran los lugares más frecuentados de mi casa. Hasta que un día no tuve otro exterior posible.

Ni plazas, ni amigos, ni bares, ni canchas, ni cines. No más brisas, no más lluvias. Nada que no me fuera al menos soportable. Pero lo realmente trágico llegó el fin de semana que nos quedamos sin luz.

El desbarajuste en el edificio se dio de inmediato. Gritos, mensajes, llamadas, escaleras y pasillos alborotados. Y no era para menos, lo único bueno de habitar un edificio viejo es que al menos tenía gas para cocinar. Pero la noche del viernes fue tan calurosa que hasta parecía chiste. No tuve más remedio que abrir todas las ventanas y colgar medio torso desnudo para sentir algún alivio, aunque no lo conseguí: empecé a sentir olor a cigarrillo y me enderecé. Pude ver como la chica de enfrente estaba fumando en su ventana. Pero no estaba solo.

- ¿Te molesta?

- Un poco, pero fumá tranquila, ¿qué se puede hacer, sino?

- Nada -dijo el señor de mi derecha-. No se puede hacer nada. Yo jugaba al tutti frutti con mi hija por videollamada, hasta que me quedé sin batería, agregó.

- Qué suerte, yo estoy desde ayer sin batería, dijo el vecino de arriba de la fumadora.

- Bueno, tampoco es para que salgamos todos a fumar acá en el pulmón, aportó la señora de mi izquierda. Ya era un problema cuando alguno hacía pescado, añadió.

- Ah, bueno… Lo que faltaba es que se quejaran los de arriba, increpó la chica de abajo

- A mí me caen cigarrillos, papelitos, pepapelotes, hasta una vez me cayeron preservativos, por favor...

En un abrir y cerrar de ojos teníamos una vecindad en pugna en medio del pulmón de edificio. Reclamos cruzados, indicios, sospechas, la chica fumando. Yo me dejé caer nuevamente adonde estaba antes que empezara todo esto. Intento respirar algo dentro de ese cilindro de concreto. No tuve éxito.

De pronto, algo me sacó nuevamente del letargo. Pero esta vez no fue a mí solo. Casi tímidamente, comenzó a escucharse el rasgueo de una guitarra. La mirada de todos me confirma que la música viene del departamento de arriba al mío. Entonces, todos hicieron silencio por un rato en aquella calurosa noche sin luz. Creo que yo era el único que no llegaba a ver a quien tocaba. Sin embargo, empecé a marcar el tempo de la música con palmas. Poco a poco el resto de mis vecinos (algunos con dificultad) se fueron sumando en ese aplauso rítmico hasta convertir el interior del edificio en algo parecido a una velada musical con amigos.

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Cuentos de la Pandemia XI:

Cuentos de la Pandemia XI: "Como luciérnagas en el pulmón de manzana" (ilustración de Sandra Piterman)

Me asomé al exterior y por un momento pude ser testigo de un bellísimo paisaje de velas en fuga al cielo oscuro, distribuidas en las distintas ventanas del pulmón. No faltó mucho para que algunos empezaran a pedir temas.

El que se animaba cantaba, algunas palmas se mantenían. Algunos vecinos desaparecían para luego volver con alguna bebida en la mano, algún cigarrillo encendido (la señora de la izquierda hacía caras, acotaba). La del patio de abajo se trajo unas reposeras y se sentaron con su marido. Luego de los aplausos y chiflidos, la música fue cediendo lugar a charlas más amenas. Hablé un poco con cada uno, nos acercamos. ¡Hasta con la señora del olfato sensible!.

La chica de enfrente no fumaba más, pero contemplaba algunas conversaciones. Sin darnos cuenta habían pasado ya un par de horas. Algunos se retiraron para no volver. Otros saludaron al despedirse. Yo me aprendí varios nombres y los departamentos dónde vivía cada uno. El músico no había cruzado mucha palabra, que yo me haya enterado. Me asomé sobre el vacío y tiré al aire un “buenas noches”. Para mi sorpresa obtuve varias respuestas.

La noche siguiente seguíamos sin luz. Pobre de los que tuvieran la heladera llena (nunca fue mi caso). Miraba por mi ventana a la espera de que algo suceda en todo esto. Me encontré con otras miradas que ya estaban esperando de antes. De a poco, el pulmón se iluminó de velas que dibujaban sombras con temblor constante. Surgieron algunas charlas. Esta vez, por alguna razón, había varios con una copa de vino.

El joven de arriba de la fumadora empezó a aplaudir pidiendo que vuelva el músico. No tardamos en seguirle el ruedo, aplaudiendo. Entonces, empezamos a escuchar nuevamente la guitarra a la que le siguieron festejos varios. Tampoco me faltaba el vino esa noche y mis charlas lo atestiguaban. Sin darnos cuenta, terminamos arrastrados por el señor de la derecha a un tutti frutti vecinal, cada uno desde su ventana. El vino no lo hizo nada fácil, la verdad. Pero después de haberlo jugado creo que nadie debería privarse de intentarlo. Es de esas cosas tan divertidas que solo pueden suceder una vez.

Al poco tiempo, con el servicio de luz de regreso, nos encontramos más o menos organizados para hacer algunas compras vecinales. O pulmonares, como le gustaba decir al señor de la derecha. Y pensar que hasta hace poco lo único que sabía de él era que se tomaba el ascensor por un piso. No lo juzgo, lo he hecho. Pero a diario ya hablaba de un problema de voluntad. Luego me enteré que era diabético. No sé si los diabéticos tienen tanto problema con las escaleras, pero me sonó convincente. En fin, un vecino por semana hacía las compras de su piso y nos íbamos rotando. Pero en mi piso resultaba que tenía la señora de los olores y al diabético. Así que con la fumadora nos teníamos que turnar.

En una época el hombre del Segundo C (el de arriba de la fumadora) intentó cruzar unas sogas entre ventanas para pasarnos las compras a través de canastas. Pero la mujer del patio de abajo puso el grito en el cielo y tuvimos que desistir.

Así fueron transcurriendo los días. Armamos un grupo de whatsapp que servía más que nada para las compras y alguna cuestión con la administración o el encargado. También algún chiste, cargadas de equipos de fútbol, chicanas de grieta. Así fue que me enteré que el músico de arriba en realidad era una chica bastante tímida, a la que le había costado horrores ponerse a tocar aquella vez. El señor de la derecha propuso hacer noches de velas una vez cada tanto y quedamos en discutirlo en el grupo, ya que era más cómodo que andarnos gritando por el ancho pulmón, a pesar que ese gritería tenía su mística.

Pasaron los días y no era raro que una noche cualquiera empezaran a hablarse desde las ventanas, o comenzaran a aplaudir para ver si surgía algo de música. Yo por mi parte empecé a dejar la ventana abierta, incluso con el frío de estos días de pandemia, para estar atento a lo que sucediera. Solo cerraba del todo cuando me ponía a freír pescado.

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