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26 de diciembre 2007 - 00:00

EE.UU.: boom de consumo aleja recesión

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Para Bill Gross, la recesión ya comenzó en los EE.UU., y este mes. Pero el consumidor no conoce la teoría, ni comparte la idea. Si bien las encuestas de confianza lo retratan deprimido (según coinciden el Conference Board y la Universidad de Michigan), la voluntad de gastar no ceja. Contra todo pronóstico, su despliegue fue arrollador en noviembre. Y Gross (quien maneja los destinos de Pimco, el principal administrador de portafolios de bonos en el mundo) tendrá que armarse de paciencia antes de ver que su vaticinio se cumpla. Deberá esperar con ilustre compañía.

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Después de todo, el mercado de renta fija fue el primero en emitir un presagio sombrío. Su mejor oráculo, la inversión de la curva de rendimientos (esto es, la realidad infrecuente de tasas cortas más elevadas que las de largo plazo) se pronunció a mediados de 2006. El eclipse de tasas rigió imperturbable durante un año completo. A esta altura, pues, la economía ya debería haber mordido el polvo de la recesión.

No fue así. Aunque tampoco zafó de los peligros: con el sistema financiero herido y una contracción del crédito en ciernes, el prolongado aterrizaje suave está más acorralado que nunca. ¿Crisis hipotecaria? ¿ Corrosión del patrimonio por el hundimiento de los precios de la vivienda? Houdini no se hubiera deslizado más rápido de sus ataduras. En plena turbulencia, el consumidor aumentó su gasto nominal 0,4% en octubre y un notable 1,1% en noviembre. Del incremento citado, los mayores precios en energía y alimentos absorbieron una tajada no desdeñable. Empero, el gasto real se las arregló para avanzar 0,1% y 0,5%, respectivamente. Si se coteja el último bimestre con las cifras de julio-agosto, el consumo privado trepó 4,8% anualizado en términos reales. Demasiado ágil para las redes de una trampa recesiva.

Si diciembre fuese calmo (y repitiera los valores del mes previo), el consumo del cuarto trimestre anotaría un salto de 3%. Para la contabilidad nacional sumaría una contribución de 2 puntos al crecimiento del PBI. No debe sorprender entonces que los pronósticos de un trimestre raquítico o en rojo (que prevalecían diez días atrás) hayan sido revisados al alza. Incorporando el consabido aporte del sector externo y un consumo lozano, las expectativas de recesión deberán rolar para 2008. Será su enésima postergación pero, vale consignar, no es la tozudez lo que obliga a mantenerlas vigentes. En efecto, la efervescencia del consumo no es sólo ajena a todo cálculo hecho de antemano sino muy complicada de sostener en el tiempo. Para ello, las familias deberían apalancarse aún más, redoblar su grado de endeudamiento. Puede parecer deseable, tal vez; pero no muy factible.

La marcha del ingreso personal denota los síntomas de fatiga esperables de una azarosa travesía. En los dos últimos meses, la renta disponible corrió a la zaga de una inflación en ascenso. En octubre, el consumo real aumentó 0,2% a pesar de un retroceso similar en el ingreso real. La proeza de noviembre, difícilmente repetible, consistió en que el gasto no se arredrara -avanzando otro 0,5%- pese a que la renta volviera a caer. Esta vez, 0,3%. Si el fantasma de la recesión se batió en retirada, en buena medida, fue obra de una decisión menos sabia que audaz: quemar ahorros -más de cien mil millones de dólares corrientes en un bimestre- antes que moderar el tren de vida.

Pero tal impulso, en los últimos tiempos, ha sido más la excepción que la regla. La tasa de ahorro personal de noviembre (0,5% negativa) luce como una aberración. Y un regreso a la norma debe contemplarse. No sólo por la desaceleración de los ingresos, sino también por la erosión que acecha al patrimonio de las familias; el otro motor, importante aunque oculto en segundo plano, de la expansión incesante del consumo. La caída del precio de los inmuebles y las obligaciones hipotecarias en ascenso ya carcomen el valor de la propiedad en vivienda (neta de deuda) desde abril-junio. Las otras fuentes que aún se acumulan generosas, la riqueza financiera y los ingresos laborales, no están, por cierto, libres de bemoles. Hay que tachar la recesión del almanaque de 2007, pero no conviene olvidarse de consignarla (entre signos de interrogación) en la agenda del Año Nuevo.

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