El futuro del Mercosur
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Multitud de establecimientos industriales sucumbieron ante la avalancha de importaciones competitivas de todo origen, estimuladas por el desfase cambiario. Fue así que las divergencias estructurales entre la economía argentina y la economía brasileña se acentuaron, exacerbadas además por las magnas devaluaciones monetarias del Brasil, para el sostén de su economía en expansión.
Como corolario de ello, no debe extrañar entonces el predominante impulso del Brasil en el comercio intrazonal del Mercosur, con la comprensible intención de convertirse en la potencia industrial hegemónica, relegando a sus asociados en ese proyecto de integración a ser, predominantemente, abastecedores de materias primas.
No es conveniente para los intereses de nuestro país aceptar esa opción. La Argentina necesita imperiosamente reconvertir su economía en esta década hasta ser una nación industrial de primer orden, productora de manufacturas de alta calidad a precios competitivos en los mercados internacionales, dentro y fuera del Mercosur, sin descuidar el desarrollo de sus eficientes y competitivas actividades agrícolas y extractivas y de sus industrias derivadas y complementarias. Esta es la condición «sine qua non» para que nuestra nación pueda ser capaz de ofrecer suficientes oportunidades de empleo «productivo» a su población activa en progresivo ascenso, que además debe ser debidamente capacitada y adiestrada para ese cometido mediante un programa educativo intensivo. Esta opción se ha tornado imperiosa.
Al presente, dificulta la inserción de la Argentina en el Mercosur, el que no se hayan cumplido dos condiciones esenciales para asegurar el equilibrio del intercambio en ese proceso de integración espacial: (1) la constitución de un sistema de « coordinación y convergencia» de las políticas de los países participantes, conducente a un equilibrio dinámico del intercambio comercial; (2) la incompleta constitución de las necesarias instituciones supranacionales para regir un ordenamiento jurídicoinstitucional que consagre esos propósitos. Si estas dos condiciones no se cumplen, el Mercosur quedaría quizás expuesto a nuevas tensiones en el futuro, que pueden malograr sus propósitos, con efectos económicos y sociales «asimétricos» que al presente se derraman en las economías participantes, en beneficio de algunos países y en desmedro de otros.
Para que se restablezca la armonía deben existir varias instituciones supranacionales rectoras. Una «comisión del Mercosur» con funciones ejecutivas análogas a las de la Comisión Europea, un Tribunal de Justicia con plenas facultades para dirimir los conflictos entre las naciones y sus participantes en el comercio, una «comisión de coordinación y convergencia de políticas», donde se convengan las comunes políticas económicas, sociales, fiscales y de balance de pagos de los países asociados y donde se concierten las tasas «reales» de cambio y de interés, así como las comunes tasas de tributación y de contribuciones sociales y homogéneos sistemas de financiación de las inversiones productivas, de la producción y de las exportaciones.
Para procurar el cumplimiento de las reglas establecidas por las antedichas instituciones, es menester que exista también, como en la Unión Europea, una Corte de Auditores y, llegado el momento, cuando se convenga una posible integración financiera, la existencia de una autoridad monetaria central del Mercosur, para establecer reglas comunes para las instituciones financieras que participen en ella.
He sostenido durante años que la cuestión esencial por dilucidar en toda integración espacial reside en la simetría en el derrame de los costos y beneficios sociales entre las distintas naciones participantes. Hace medio siglo, el eminente matemático e innovador de la moderna teoría de los juegos de estrategia, el Premio Nobel profesor J.F. Nash, en su concepción del equilibrio de un sistema de cooperación, demostró que, en cualquier convenio de cooperación, la cuestión fundamental a dilucidar no es si un determinado resultado conjunto es mejor, en suma para todos, que la no cooperación, sino si ésta posibilita o no una justa distribución de los beneficios derivados de ella. Considero que cuando esta condición no se cumple, aquellos que padezcan una inequitativa participación en los costos y beneficios, experimentarán una sensación de «deprivación relativa» que conspirará contra la viabilidad del acuerdo de cooperación mismo. A su vez, el prominenteprofesor Amartya Sen, Premio Nobel de Economía, en su clásico enfoque ético de la economía, explicó extensamente la tesis de Nash, aplicada a una integración económica espacial.
En este sentido, en las tratativas políticas celebradas para el desarrollo del Mercosur no se ha aprovechado en toda su extensión la experiencia de la Unión Europea en esta materia. Mediante cuidadosos estudios decidieron conceder facilidades económicas a aquellas naciones (e.g. Grecia y Portugal) que denotaban algún retraso en su desarrollo con respecto a los restantes países participantes. Con inteligencia entendieron la significación política de la tesis de Nash.
Preservar un sistema de integración regional de asimetrías en la distribución de sus costos y beneficios, tiene que ver con la dimensión y estructura productiva diferencial de las economías que se integran, así como con los disímiles sistemas de promoción económica que adoptan las naciones participantes y su acceso a economías de producción en escala, tal como se plantea entre Brasil y la Argentina. Esta es la situación que merece ser armonizada cuanto antes, para que no fracase el Mercosur.
(*) Académico, director del Instituto de Etica y Política Económica de la Academia Nacional de Ciencias Morales y Políticas.




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