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7 de octubre 2008 - 00:00

El otro crash del 29

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Ahora abundan las explicaciones de la crisis. Opinólogos, cronistas, dirigentes y supuestos expertos cubren los medios con sus eruditas razones acerca de por qué se llegó a ella, qué es lo que andaba mal y desde hace mucho -aunque no decían lo mismo antes- y qué medidas hay que tomar para salir de ella.

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Otros la han aprovechado para contarnos -o hacernos el cuento- de que esto es el fin del capitalismo, que lo que se necesitaba era más control estatal, que la culpa de todo reside en el (siempre perverso) sistema financiero, que el mundo ya no será igual y que, incluso, deberá asemejarse al modelo basado en la economía real (profesora Kirchner dixit).

¿Qué es lo que tiene en común esta gente? Que todos ellos compartían hace 15 meses el mismo género de optimismo y entusiasmo acerca de la marcha de la economía que condujo a la crisis.

  • Combinación

  • El origen del problema es el mismo que en el mítico crash del 29: el juego combinado de la psicología humana con los fundamentos técnicos. Las dos crisis tienen mucho más en común que una mera coincidencia numérica -curiosamente, en ambos casos, los mayores derrumbes del mercado se produjeron en un día 29-.

    A los crashes los anteceden largos ciclos alcistas -en el caso actual, siete décadas de crecimiento sostenidoque en períodos inmediatamente previos pueden caracterizarse de exuberancia. Los elevados valores que alcanzan los activos llevan a incrementar el apetito inversor, lo que realimenta el alza.

    La inminencia de la presente crisis se había hecho evidente hacia principios del año pasado. Así lo dejaba en claro la reversión de la curva de rendimientos en EE.UU. -los bonos del Tesoro a largo plazo pagaban menos tasa que los cortos- como también el alza desbocada de los activos financieros por encima de la suba estremecedora de los activos físicos que los respaldaban. Pero la euforia irracional impedía a todos, aquí y allá, receptar nuestra advertencia.

    Es común que en los crashes las finanzas y los banqueros carguen siempre con las acusaciones de especulación, corrupción y expoliación. Ello se debe a dos fenómenos que caracterizan la etapa de sostenido crecimiento que precede al estallido: el apalancamiento y la proliferación de vehículos novedosos de financiamiento e inversión.

    ¿Y la novedad del subprime, los fondos de inversión y de cobertura, y los vehículos estructurados (SIV) y otros derivados? Todos ellos cumplieron básicamente el mismo papel que la «novedades» de aquellos años: la securitización hipotecaria, los pools, los trusts y los holdings, y las operaciones de futuros. Pero de la misma forma que apalancan, cuando llega la desconfianza revierten el proceso y potencian el deterioro.

  • Rasgos comunes

    Los rasgos esenciales de las crisis son comunes a todas, desde la de 1720 a la actual, porque obedecen siempre a una reacción psicosocial frente a percepciones comunes -y no siempre conscientes- sobre la salud de los fundamentos económicos. Incluso la convicción de que «nos hallamos en una crisis enteramente nueva, propia de la nueva era tecnológica que transitamos» también se dio en el pasado. Lo mismo puede decirse de los períodos de prosperidad. Fue así que en la última década, como setenta años antes, proliferaron las fusiones, lo que requirió más y nuevas emisiones de títulos para financiarlas. La misma resistencia a reconocer el fin de fiesta tiene poco de original.

  • Consecuencias

    Por estas tierras, y en la reciente antesala del derrumbe de las materias primas, los avenidos catedráticos del crecimiento sobre la base de la economía real quieren decir: sin créditoincineraban su capital político en un frustrado intento de devorarse con retenciones móviles la ensoñación de la suba permanente. Pues bien, dejando de lado las tan hastiantes como insignificantes cátedras atrileras, ¿qué consecuencias son esperables del presente cataclismo?

  • La caída de los mercados bursátiles anticipa una recesión. Todo salvataje puede, en el mejor de los casos, evitar nuevas quiebras de entidades bancarias. Pero no puede dar marcha atrás con la exorbitante destrucción de riqueza que ya aconteció y que acarreará pérdidas adicionales.

  • Las consecuencias golpearán a todos los mercados. Menos crédito implica vivir al contado, lo que a su vez implica menos demanda, menos precios, menos ingresos. Los mercados se arbitran: los bienes durables y de consumo no pueden sostenerse en los mismos precios cuando los valores de los bienes raíces se desploman.

  • Las consecuencias golpearán a todos los países. No hay compartimentos estancos. La menor demanda de los hogares estadounidenses y europeos afectará directamente a sus proveedores. ¿Qué ocurre con la Argentina? Nuestro rol es el de furgones de cola en el convoy: colocamos nuestro excedente comercial en todos los vagones que anteceden y en la misma locomotora. Un freno brusco de esta última (Estados Unidos) puede provocar contusiones y descarrilamientos al resto del pasaje.

  • La prudencia y la austeridad son la norma para estas etapas. No son tiempos para buscar ganar. Los riesgos son inconmensurables, las ganancias modestas y lentas. El propósito debe ser proteger lo que se tiene. No hay juego de suma cero: nadie gana lo que pierden otros. Es el mundo entero el que se empobrece.

  • La liquidez es vital; el endeudamiento, un serio riesgo. En un mundo empobrecido, el dinero manda. Disponiendo de cash se podrá acceder a importantes descuentos. Pero la estampida de los riesgos crediticios puede convertir en mandatorio operar al contado. Cuando los valores de los activos que se usan como garantías caen, el crédito desaparece. Las tasas tendrán un recorrido inevitablemente alcista mientras que las garantías o los bienes adquiridos con los fondos tomados pueden sufrir bajas severas, como les ocurre hoy a los deudores hipotecarios estadounidenses.

  • Los activos de refugio pueden variar con el tiempo. Hoy los ahorristas del mundo entero han privilegiado el dólar, los bonos del Tesoro norteamericano y el oro como reserva de valor para resguardar sus patrimonios. Pero la marcha de la crisis, la fuerte emisión de deuda y medios de pago y el ya enorme endeudamiento de partida de los EE.UU. echan sombras sobre la fortaleza del dólar y su solidez financiera en el futuro.

  • A la Argentina, la crisis le pega de varias formas. Golpeará los precios y los volúmenes de las exportaciones y acentuará un enfriamiento que comenzó antes de estallar la rebelión del campo. Con la caída de los granos, el gobierno quedará obligado a reducir las alícuotas de los derechos de exportación. El aislamiento financiero de la Argentina nos privó de inversiones, pero no nos inmuniza de la destrucción global de riqueza y actividad. Una previsible caída en términos reales de la recaudación debido a la menor actividad y la suba del gasto a manos de los crecientes subsidios podrían empujarnos a una crisis fiscal. Los menores ingresos de divisas comerciales y financieras y el deterioro de la solvencia fiscal pueden precipitar una desvalorización brusca del peso.

  • El argumento optimistade los stocks reducidos -extendido en el ámbito de los cereales y oleaginosasno es válido en las actuales circunstancias. Para los nuevos volúmenes demandados, lo que antes era insuficiente hoy puede ser sobreabundante. Al menos a los actuales precios.

  • En las actuales circunstancias es como mínimo irresponsable hablar de una presunta «excelente oportunidad de inversión ante los valores ridículos alcanzados» por acciones, bonos u otros instrumentos. Comentarios como ése se escuchan con frecuencia en los medios locales e internacionales. También se oían luego de la caída fuerte de los mercados hacia fin de enero. Fue así que muchos incautos se tentaron con papeles de entidades financieras que perdieron casi la totalidad de su valor. Actitudes similares se vieron en el plano local mientras se derrumbaban los bonos soberanos.

  • No estamos ante el fin de los tiempos; pero tampoco la salida está a la vuelta del fin de semana. La recesión en que está entrando el mundo durará varios meses. La crisis actual, de la misma forma que su antecesora del 29, comenzó un año antes del crash que pasará a la historia. Llevará seguramente al menos dos años recuperar vitalidad.

    Los períodos bajistas limpian la economía, devuelven congruencia a los valores y restablecen equilibrios. Son, en alguna medida, naturales. La forma traumática en que se precipitan -los crashes-son, a la vez, inevitables. Pinchar una burbuja puede ser fácil pero desinflarla de a poco es una tarea de la cual no hay precedentes.
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