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7 de noviembre 2008 - 00:00

El parate es pronunciado: el desafío es resucitar crédito

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Fue el día de los bancos centrales de Europa. Y no desaprovecharon su turno. El Banco de Inglaterra despachó una rebaja de un punto y medio en sus tasas de corto plazo. Acumula una reducción de dos puntos completos desde la incursión relámpago, coordinada con sus principales colegas del mundo, del 8 de octubre. El tipo de interés oficial de Londres quedó en 3%. Trascartón, el Banco Central Europeo -más urgido que de costumbre pero sin extraviar su sobriedad- mochó medio punto a su umbral de referencia. Con el otro medio que se llevó un mes atrás, la reducción acumula un punto. Así, la tasa refi para la zona del euro se ubica en 3,25%. Fuera de agenda, el Banco Nacional de Suiza blandió la misma espada para cortar medio punto a su tasa objetivo y, de paso, subrayó el carácter concertado de la intervención. El banco central helvético es el único que no enfoca al mercado overnight (24 horas) como blanco y le apunta de lleno a la tasa libor a tres meses. Tras la poda, aspira a que dicho tipo de interés, en francos suizos, se coloque en 2%, a mitad de camino dentro del rango estipulado de 1,50%-2,50%.

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Estados Unidos, Europa, China y Japón. El mensaje unificado es contundente: no queda banco central que no participe del frenesí bajista de las tasas de interés. Ninguno descarta la necesidad de practicar nuevos recortes. Todos intuyen que la faena dista de concluir. La Reserva Federal, el primero que apostó fuerte a estabilizar un shock deflacionario de activos cuando todavía la inflación minorista flameaba en lo alto del mástil, cortó en octubre sus tasas a la mitad: las arrió de 2% a 1%. Sólo Japón ostenta un nivel inferior y aun así usó la guadaña, la semana previa, para pasar de 0,50% a 0,30%. A un tris de regresar al infierno de la tasa cero. Pero evitando todavía poner un pie en un terreno tan familiar como resbaladizo.

La crisis financiera es una tormenta global. Que castiga todos los rincones. La crisis de la economía real, a partir de la dislocación del crédito de setiembre y octubre, es una catástrofe que ya rivaliza en magnitud. Esta segunda percepción es la que movilizó la artillería concentrada de los bancos centrales (y la que promete enhebrar una importante sucesión de iniciativas fiscales de estímulo en el G-10). Está claro que la política monetaria, en soledad, no dará abasto.

  • Confirmación

  • Un parate abrupto y pronunciado se confirma a medida que fluyen las oleadas de indicadores de empleo, actividad y gasto de todas partes del mundo. De su mano, hasta la inflación cayó a plomo. No sólo los precios volátiles de las materias primas. Y en un país como Gran Bretaña, donde todavía los registros se resisten a mostrarlo -la inflación minorista a setiembre acusa, por arrastre, un avance de 5,2% en el último año- el Banco Central no se concede el lujo de sentarse a esperar. Más bien, jugó a fondo: sorprendió con una estocada de un punto y medio. De no tomarse la medida, aduce el comunicado oficial, existiría un riesgo «sustancial» de que la inflación cayera, en el mediano plazo, por debajo del objetivo de 2% anual.

    No sólo el escenario económico está sujeto a revisión por los acontecimientos desafortunados de setiembre y octubre. La precaria estabilización que sobrevino a instancias de los planes oficiales de capitalización bancaria -liderados por Gordon Brown y Henry Paulson- dista de haber completado sus objetivos. La normal irrigación de crédito al sector privado no se consigue restablecer. El propio Banco de Inglaterra así lo reconoce. «A pesar de las medidas adoptadas alrededor del globo para proveer liquidez al sistema bancario y recapitalizar a los bancos, el crédito a empresas y hogares permanece restringido», dice con diplomacia. «Cortado» sería el adjetivo cabal.

    Los indicadores del mercado monetario -tanto en los EE.UU. como en Europa- reflejan una mejoría. La situación de los bancos confirma un desahogo con respecto a la asfixia de pocas semanas atrás. Pero, ya se dijo en su momento, la capitalización y las garantías públicas (así como la inyección masiva de liquidez) pueden recuperar la posición de los bancos, pero nada garantiza que sean utilizadas para levantar el otro puente que derrumbó el huracán: la conexión crediticia entre las entidades y el sector privado de empresas y particulares. Una muy sensibilizada aversión al riesgo hace que los bancos, hasta que la tormenta no aclare por completo, no quieran arriesgar nuevas tajadas de su capital. No son sólo las hipotecas las que quitan el sueño. Y he aquí una trampa circular. Con una recesión profunda en el horizonte, los problemas de cobranza se agravarán. Con su reticencia a prestar, mucho más. Nada grafica mejor la doble tenaza que la caída vertical de la venta de automóviles en los EE.UU.

    Desde la bancarrota de Lehman, a mediados de septiembre, la Fed dobló su volumen de crédito. A fines de octubre, la parte del león -un salto de más de 600 mil millones de dólares en un mes y medio- financió un aumento del crédito interno. Así logró estabilizar el mercado monetario, pero no pudo evitar el estropicio en los mercados reales. Una de las razones es muy evidente: los bancos están sentados sobre 420 mil millones de dólares que conservan líquidos -en sus cuentas en el propio Banco Central- como estrategia de resguardo. En tiempos pacíficos, no precisaban más de 8 mil millones de dólares para tales menesteres. De ahí que la Fed de Bernanke haya resuelto prestarles directamente a las empresas; a través de un vehículo especial de inversión, creado al único efecto de adquirir pagarés y otras obligaciones corporativas de corto plazo. En ese plano, la Fed se vistió con las ropas de un banco comercial más. En rigor, no es uno más: es el único decidido a prestar.

    Salta a la vista, pues, que la baja de tasas es la faena más sencilla en la agenda de los bancos centrales. Pero, a esta altura de la crisis, no cabe esperar milagros. Reconstruir el crédito es el verdadero desafío que tienen por delante.

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