Probablemente usted, al igual que todos, se despierte por las mañanas, se tome un café o un mate, revise las noticias, el tránsito antes de salir a trabajar y siga el resto de la jornada tomando decisiones para hacer su día a día más ameno. Estas elecciones, muchas veces realizadas de manera inconsciente, no serían de mayor interés si no fuera porque definen la continuidad o el fin de una empresa/producto en el mercado.
Piense en el café de la mañana y en la cantidad de opciones que existen en la góndola del supermercado, ¿qué hacen las empresas que compiten para que usted compre una marca específica y no otra? Intentan darle más y mejor café por el mismo precio, muchas veces cambian la etiqueta, el frasco y muchos otros aspectos que pueden determinar nuestra elección. Pero seamos sinceros: apenas exista una mejor alternativa que nos genere mayor satisfacción, cambiaremos nuestra compra y ese café será cosa del pasado.
Pero, ¿acaso estamos eligiendo tomar un café, o en el fondo queremos algo, sea lo que sea, que nos despierte por las mañanas? Esta elección cambia de forma tajante el panorama de los productos que están a nuestro alcance, ya que con este prisma los productores de café no compiten entre sí, sino que van a tener que pensar en competidores tan simples como la yerba mate, o tan complejos como las máquinas que preparan al café listo para ingerir o un "personal trainer" que nos despierte, así como cualquier otro producto o servicio que logre satisfacer la misma demanda del cliente, exista o no en la actualidad.
Este cambio de visión radical sobre la manera en la cual las empresas perciben lo que el cliente quiere y lo que pueden ofrecerle fue una de las grandes discusiones que planteó el profesor de Harvard, Clayton Christensen, quien falleció el 23 de enero de este año y dejó un legado inmenso para los interesados en el mundo de la innovación disruptiva.
Christensen, junto con los grandes exponentes de esta visión, nos hicieron mirar el mundo de una manera totalmente distinta, abriéndonos los ojos frente a teorías vetustas que, para lamentarse, siguen enseñándose en universidades de todos los ámbitos como si fueran verdades reveladas. El profesor, en vez de plantear la competencia en mercados y nichos, replantea el paradigma de la competencia hacia cualquier experiencia que pueda resolver el problema que esté teniendo un cliente en un determinado momento, forzando a empresas tradicionales a replantear enteramente su existencia, desde productos tradicionales hacia "experiencias de usuario" de punta a punta. El mismísimo Reed Hastings, CEO de Netflix, confiesa abiertamente que la competencia de su plataforma es todo aquello que la gente use para pasar el tiempo, desde un libro, hasta estar durmiendo. Resulta tan ambicioso como terrorífico.
Estos cambios que planteó Christensen son el origen de muchas de las propuestas que hoy dejan a las empresas y empresarios tradicionales en la más completa confusión, como cuando Toyota anunció que abandonaba su rol como fabricante de automóviles para ser una empresa de transporte, viendo el advenimiento de Uber, Cabify u otras compañías que resuelven la problemática de las personas de trasladarse de un punto a otro de manera segura.
La economía del presente, "digital", "4.0" o como quieran llamarla, junto con las enseñanzas del profesor Christensen, sin duda nos auguran un futuro apasionante que, como en toda la historia de la humanidad, dejará a los más preparados en pie y a muchos otros tratando de entender lo que ocurre. No basta con entender hacia dónde vamos, sino cómo abrazar el cambio que la nueva economía propone. Para ello, debemos adaptarnos como ciudadanos, estudiantes, profesores y sociedad como un todo.
Nota del autor: este artículo se escribió en homenaje a la memoria de Clayton Christensen, de un docente a otro.
(*) Docente de la Licenciatura en Analítica Empresarial y Social del ITBA