9 de junio 2024 - 00:00

Equilibrios y desequilibrios en la Argentina de Javier Milei

En mayo se produjo un cimbronazo financiero, con subas en los dólares paralelos y el riesgo país. Sin duda lo que está en juego es la sustentabilidad de la política económica.

La ciudadanía votó un recambio político, un ajuste sobre la casta, un plan antiinflacionario y no un programa libertario.
La ciudadanía votó un recambio político, un ajuste sobre la casta, un plan antiinflacionario y no un programa libertario.
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El país vivió una importante corrección cambiaria en mayo y luego dos semanas donde el riesgo país subió 250 puntos. Un síntoma de desequilibrios algunos estructurales e históricos, otros coyunturales y recientes.

Una mirada convencional atribuiría la evolución del mercado a factores exclusivamente económicos, focalizando sobre si la principal razón del deterioro en el precio de los activos es de índole fiscal o externa.

Una de las dimensiones principales: la condición necesaria de la sustentabilidad, es la sustentabilidad política, que alimenta otras dimensiones de naturaleza productiva, social, fiscal, externa, monetaria y financiera.

La sustentabilidad política en un país requiere de equilibrio. Repasemos la definición de equilibrio de la Real Academia Española. Tiene dos acepciones.

  • Estado de un cuerpo cuando fuerzas encontradas que obran en él se compensan destruyéndose mutuamente.
  • Situación de un cuerpo que, a pesar de tener poca base de sustentación, se mantiene sin caerse.

Está claro que la primera definición expresa nuestro drama nacional. La destrucción mutua que en este caso no compensa e impide el desarrollo nacional.

La segunda definición refleja la evolución de nuestra economía. Poca base de sustentación para mantener un crecimiento sostenido y estable. Lo que puede arrastrar al gobierno y al país en una crisis peor a 2001.

La sustentabilidad política se apoya en la capacidad de imponer una política que de previsibilidad a los agentes económicos o el logro de acuerdos. Claramente un gobierno en minoría necesita acuerdos no solo para la sanción de las leyes sino para acumular legitimidad social en las políticas a aplicarse.

Si hay algo que no ha reflejado el país en las últimas décadas es equilibrio. En la actualidad, desde el Presidente, que estas semanas dio los peores ejemplos de desequilibrio, para abajo, es clave recuperar el equilibrio para evitar exacerbar enfrentamientos.

Es necesario un equilibrio emocional de la dirigencia, especialmente de quien conduce el país y un equilibrio político para un funcionamiento adecuado de las instituciones, condición necesaria para un plan económico que pueda cumplir objetivos políticos y sociales de mediano plazo.

Sería muy grave que ese desequilibrio amplifique el desequilibrio emocional y material de un pueblo que sufre penurias. Así las conductas de los actores son centrales para mejorar las expectativas, más allá de las medidas técnicas que se adopten.

No conduce al equilibrio social licuar ingresos o no distribuir la comida en un país que duplicó su indigencia en 2024.

La Cámara de Diputados dio un ejemplo de equilibrio al votar una movilidad jubilatoria que recompone parcialmente los ingresos de quienes reciben prestaciones, balanceando una mejor fórmula con las posibilidades del contexto económico.

No es de equilibrio en el corto plazo ni una recomposición total de ingresos, pero tampoco una licuación como la que cristalizaba la movilidad que establece el DNU con la fórmula que estableció el Poder Ejecutivo.

Lo único que no puede esperar es garantizar prestaciones alimentarias. Si no se producirán los mayores desequilibrios, si la gente hace lo que sea como señaló el Presidente, incluso más allá de la legalidad, para no morirse de hambre. No solo es una cuestión, ética y legal es una cuestión de seguridad nacional. Objetivo imposible sin seguridad alimentaria.

Para terminar con la indigencia y en relación a equilibrios políticos hay que discutir racionalmente entre los sectores políticos, económicos y sociales, acuerdos que garanticen que empresas y ciudadanos contribuyan según su capacidad. Un modelo económico equilibrado promueve incentivos que se concilian con una mejor distribución de ingresos y riqueza para garantizar crecimiento estable y equidad.

Hasta el propio FMI planteó la necesidad de asegurar la gobernabilidad, cohesión social y mejorar el apoyo a los sectores vulnerables para establecer un programa que sea viable.

Es necesaria una reforma tributaria integral que garantice una mayor recaudación, reduciendo impuestos a los sectores productivos y medios, gravando a los sectores de alto patrimonio, eliminando exenciones injustas y combatiendo la evasión. Como se está implementando en el mundo desarrollado. Argentina es un país con recursos, mal administrados y distribuidos.

La reforma tributaria que se propone votar, tiene muchos componentes que promueven una mayor desigualdad, como la eliminación del Impuesto a los Bienes Personales y un blanqueo demasiado generoso.

Un programa económico de “equilibrio” no puede ser una polarización facciosa e injusta de una parcialidad, que no recoge el espíritu del voto. La ciudadanía votó un recambio político, un ajuste sobre la casta, un plan antiinflacionario y no un programa libertario.

El pueblo no votó “destruir el Estado”. Ningún odio genera equilibrio ni sustentabilidad. El equilibrio en su etimología “igual nivel” es similar a “equidad”. Se pueden discutir los caminos para lograrlo, pero una sociedad deja de ser civilización si el odio y la destrucción son elementos de la praxis política.

Un estado eficiente es clave para un país gobernable, que pueda crecer con equidad social. El país necesita, estadistas, gestores de lo político, un Estado que brinde buena salud, educación y seguridad. La ley de la selva no garantiza inversiones, salvo una rapiña de corto, cuanto mucho de mediano plazo.

Ciertamente el país presenta desequilibrios económicos. No son nuevos pero las políticas de Milei profundizan tanto los desequilibrios macro como los desequilibrios sociales.

Eso se expresa en un aumento de la deuda pública consolidada en 2024, desequilibrios externos disimulados por medidas coyunturales y una situación fiscal que se deteriorará por la recesión y la baja de la inflación.

Lo primero hay que ordenar lo político y terminar con discursos de odio para reforzar la institucionalidad, además de construir un mejor Estado. Con ello un verdadero plan económico que garantice equilibrio externo, fiscal, productivo, social, monetario y financiero. En el próximo artículo analizaremos la desafiante dinámica fiscal y externa que hay que resolver desde la racionalidad política. Con buena gestión para que haya pan y se sufra menos el penoso circo.

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